La comunidad internacional tiene hasta 2030 para garantizar la educación primaria a todos los niños del planeta. Pero, para alcanzar este objetivo, hará falta más dinero para apoyar a los niños con discapacidad en los países en desarrollo, una población vulnerable que con demasiada frecuencia queda excluida de las aulas.
Ali Moussa y Mahmoud cursan sexto grado en Zanzíbar. Ambos niños casi no pueden ver y utilizan grabadoras y máquinas de escritura braille para leer. Pero, gracias a su escuela y a su docente, pueden seguir el ritmo de sus compañeros en la escuela primaria ordinaria a la que asisten.
A pesar de las evidentes dificultades, Ali Moussa y Mahmoud tienen la suerte de que su comunidad haya acogido la educación inclusiva: el concepto pedagógico según el cual los niños, con independencia de sus capacidades y orígenes, deben aprender juntos. En la mayoría de los países en desarrollo, los educadores ni siquiera saben cuántos niños con discapacidad no van a la escuela, y mucho menos qué podrían necesitar en el aula quienes sí asisten.
Hasta 150 millones de niños viven con una discapacidad; en los países de ingresos bajos y medianos bajos, alrededor del 40 % no asiste a la escuela primaria (la cifra aumenta al 55 % en el primer ciclo de secundaria). Sin embargo, los datos sobre discapacidad son notoriamente deficientes, y las cifras reales podrían ser mucho mayores. Por ejemplo, una investigación reciente de la Alianza Mundial para la Educación (GPE) concluyó que menos del 5 % de los niños con discapacidad de 51 países del África subsahariana y Asia meridional están matriculados en la escuela primaria.
Incluso cuando los niños con discapacidad sí van a la escuela, a menudo quedan excluidos del aprendizaje porque el currículo no está adaptado a sus necesidades o el personal no está preparado para apoyarlos. Muchos niños con discapacidad también sufren estigma, acoso y violencia. Los niños con discapacidad intelectual son quienes más sufren, mientras que las niñas con discapacidad son especialmente vulnerables al abuso sexual y emocional.
La buena noticia es que es posible corregir estas deficiencias, y podemos empezar por definir mejor el problema.
En sentido literal, el aprendizaje «inclusivo» significa no separar a los niños con discapacidad en escuelas o aulas especiales. Los niños con discapacidad deben aprender junto a sus compañeros en entornos «ordinarios». Para lograrlo, las escuelas deben ser accesibles, los docentes deben recibir formación y los estudiantes deben tener acceso a materiales y dispositivos de aprendizaje adecuados, como lentes correctoras, audífonos y máquinas de escritura braille.
Pero la inclusión no consiste solo en eliminar barreras físicas; también implica realizar cambios más profundos y sistémicos para dar cabida a todos los estudiantes, con independencia de sus capacidades físicas o intelectuales, género, origen étnico o idioma. Para alcanzar este nivel de integración, hacen falta reformas sociales y culturales importantes que cuestionen el estigma y las prácticas discriminatorias que tan a menudo frenan a los niños con discapacidad.
Muchos gobiernos ya han respaldado estos objetivos al suscribir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, que nos comprometen a todos a ofrecer una «educación inclusiva, equitativa y de calidad» a todos los niños para 2030. La educación inclusiva también se considera cada vez más una vía necesaria para mejorar los resultados económicos, reducir los costos de asistencia social y promover la cohesión social.
Aun así, queda mucho por hacer. Para empezar, los niños y adultos con discapacidad deben participar en los debates sobre las políticas relativas a su aprendizaje. Cuando las familias, los docentes, las escuelas y los gobiernos planifican la ampliación de la educación inclusiva, hay que escuchar las necesidades de los propios estudiantes. Una oportunidad para hacerlo llegará el 24 de julio, cuando el Gobierno británico copresida la primera Cumbre Mundial sobre Discapacidad en Londres, concebida en parte para destacar la importancia de la educación inclusiva en los países de ingresos bajos y medianos.
En segundo lugar, hacen falta mejores datos para que quienes planifican la educación sepan con precisión cuántos niños con discapacidad no van a la escuela, por qué faltan y qué obstáculos al aprendizaje afrontan. Solo con una comprensión más profunda de los desafíos podremos superar la exclusión educativa.
Por último, la educación inclusiva debe incorporarse a los procesos de planificación y presupuestación gubernamentales. El liderazgo político será esencial para que los sistemas escolares de los países en desarrollo puedan llegar a atender las necesidades de todos los estudiantes con discapacidad.
En la GPE, trabajamos con 67 países en desarrollo para afrontar estos desafíos; una de nuestras principales prioridades es garantizar que las necesidades de los niños con discapacidad se tengan en cuenta en la planificación educativa y que esos planes cuenten con financiación suficiente. Hoy, aproximadamente la mitad de los países asociados a la GPE tienen leyes nacionales sobre discapacidad, y más de un tercio cuenta con políticas de educación inclusiva o está elaborándolas.
Desde 2012, la GPE ha asignado aproximadamente 440 millones de dólares para apoyar la educación inclusiva. Además, el 30 % de nuestras subvenciones está vinculado a avances en equidad, eficiencia y resultados de aprendizaje, también para los estudiantes con discapacidad. Nuestro nuevo Intercambio de conocimientos e informacióntambién apoyará la investigación, los datos y la formación para ayudar a los educadores a desarrollar estrategias de educación más inclusivas.
Como pueden atestiguar estudiantes como Ali Moussa y Mahmoud, los países en desarrollo han trabajado arduamente para ofrecer a más estudiantes con discapacidad la oportunidad de asistir a la escuela. Pero millones de jóvenes vulnerables siguen al margen. Debemos trabajar entre sectores para impulsar el cambio, y sabemos que la participación activa y la labor de promoción de la sociedad civil son esenciales. Junto con los gobiernos, los educadores, los donantes y otros socios, podemos ayudar a cerrar la brecha y lograr una educación para todos.

