El talento —para las matemáticas, la ciencia, la música, el deporte, las finanzas o cualquier otro ámbito— se distribuye por igual en todo el mundo, incluso en sus niveles más excepcionales. La oportunidad, sin embargo, no. Esto deja un margen considerable para aprovechar el talento infrautilizado si logramos que la oportunidad sea transferible y que se asocie con el talento de maneras menos aleatorias.
Lo he vivido en carne propia. En la década de 1970, mi familia emigró de la Unión Soviética a Estados Unidos. Las escuelas soviéticas a las que asistí eran bastante buenas (y las escuelas rusas siguen siéndolo, especialmente en matemáticas y ciencias), pero las oportunidades eran escasas, sobre todo en el tipo de informática y finanzas que pude estudiar en Estados Unidos.
Creo que hoy, por primera vez en la historia de la humanidad, la tecnología puede brindarnos las herramientas para igualar de forma eficaz las oportunidades en todo el planeta y liberar un mundo de talento. Pese a las oportunidades que han abierto estas herramientas y la tecnología móvil, su implantación no se ha producido de manera uniforme en el mundo.
La compleja combinación de factores que define la oportunidad no es fácil de desglosar ni de optimizar. Tomemos como indicador aproximado de la oportunidad la movilidad económica, es decir, la capacidad de un individuo o grupo para ascender en la escala económica. Un informe reciente del Banco Mundial, que abarca 148 países, señala que, aunque las brechas de género se han ido reduciendo, sobre todo en los países de ingreso alto, la movilidad se ha estancado durante los últimos 30 años, con las peores tasas en el mundo en desarrollo, especialmente en el sur de Asia y África, densamente poblados. El Banco Mundial presenta una explicación compleja para ello que pone de relieve las carencias educativas y la persistencia del bajo rendimiento a lo largo de generaciones. En otras palabras, la movilidad a través de la educación es especialmente difícil si los padres y abuelos no pudieron pasar mucho tiempo en la escuela.
Mientras que las economías más desarrolladas se benefician tanto de instituciones educativas superiores como de una amplia oportunidad económica, gran parte del resto del mundo cuenta con una de las dos o, con demasiada frecuencia, con ninguna. La buena noticia es que la tendencia general parece estar mejorando a nivel mundial, según los índices de desarrollo humano de las Naciones Unidas: en 2018, de 189 países, la ONU clasificó a 59 en el grupo de desarrollo muy alto y a 38 en el grupo más bajo. En 2010, esas cifras fueron de 46 y 49, respectivamente. Se trata de un progreso significativo, aunque poco rápido. Pero es un progreso frágil, vulnerable a todo, desde la inestabilidad política y económica hasta el cambio climático.
La ONU mide tres dimensiones en sus índices de desarrollo humano: la salud (o esperanza de vida), el nivel de vida (o producto nacional bruto) y la educación (aproximadamente, los años medios de escolarización). Noruega, el país mejor clasificado por la ONU, registró una media de 12,6 años de escolarización en 2017. Rusia, que ocupó el puesto 49 en el índice general, se situó algo por debajo, con 12 años, mientras que Nigeria, en el puesto 157, tenía una media casi un 50 % inferior: 6,2 años. En general, los 47 países menos desarrollados presentaban las tasas de educación más bajas y las de fecundidad más altas.
Además, considere una medida de libertad económica elaborada por la Heritage Foundation. El índice de este centro de análisis con sede en Washington abarca 180 países y ha aumentado durante seis años consecutivos, pero Heritage describe la economía mundial en su conjunto como solo moderadamente libre. Aunque unos 96 países se consideran libres, mayormente libres o moderadamente libres, 84 son mayormente no libres o reprimidos. En resumen: las economías calificadas como libres o mayormente libres disfrutan de ingresos el doble que los del resto de países.
Todo esto ilustra los desafíos a los que se enfrentan miles de millones de jóvenes. El otro lado de la ecuación, sin embargo, está lleno de potencial, porque la cantidad de talento crece exponencialmente con la población mundial. Piense en el tiempo no simplemente como una medida cronológica, sino en términos de número de vidas humanas: estadísticas demográficas de la ONU nos indican que se tardaron aproximadamente 200 000 años en alcanzar los mil millones de personas en la Tierra, en 1804; 123 años en llegar al siguiente mil millones; 33 años para el tercer mil millones; y 14 años para alcanzar el cuarto, en 1974. Hoy en día hay unos 7.700 millones de personas.
Estos crecientes grupos de talento, si reciben una formación adecuada, seguirán buscando oportunidades para prosperar y poner sus capacidades al servicio de la sociedad. Un indicador de una economía que reúne una diversidad de talentos creativos es la proporción de personas a las que se conceden patentes. En Estados Unidos, el número de patentes ha crecido de forma constante durante décadas, pero aún más rápidamente crecen el número y el porcentaje de patentes estadounidenses concedidas a residentes extranjeros. En 1950, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos concedió 43 039 patentes, y alrededor del 10 % se destinó a residentes extranjeros. En 2015, se concedieron unas 298 407 patentes, el 57 % de ellas a residentes extranjeros. Los datos de la National Science Foundation sugieren un patrón similar en los doctorados de investigación en Estados Unidos: los doctorados en ciencia y tecnología aumentaron un promedio del 3,3 % anual entre 1957 y 2016, cuando los titulares de visados extranjeros obtuvieron el 27 % de ellos, un 39 % más desde 2006.
Son estadísticas contundentes, pero solo miden a personas que ya están formadas y que pueden permitirse viajar a Estados Unidos, pagar la matrícula de las instituciones académicas estadounidenses y conseguir empleo en empresas o centros de investigación de ese país. Eso no es más que una pequeña parte del talento que sabemos que existe. Es hora de aprovechar esas reservas de talento inexploradas y crecientes, facilitando el acceso a la educación y a las oportunidades.
No basta con llevar internet a regiones que nunca han tenido acceso. Hay que crear programas y plataformas que pongan recursos y oportunidades específicas directamente al alcance de personas de todo el mundo.
En WorldQuant desarrollamos plataformas que nos permiten aprovechar el talento en ámbitos a los que nunca habríamos llegado. Al margen de la empresa, fundé WorldQuant University, una organización sin ánimo de lucro que ofrece a estudiantes de todo el mundo un máster en línea en ingeniería financiera, así como un módulo en el que pueden aprender ciencia de datos. WQU no cobra matrícula, lo que permite a quienes tienen el interés y el talento, pero quizá no la oportunidad, ampliar sus competencias en áreas muy demandadas hoy en día.
Pero las organizaciones que se esfuerzan por conectar el talento con la oportunidad no pueden hacerlo solas. Detrás de todo esto hay un argumento convincente a favor de las ventajas, e incluso de la necesidad, de globalizar la oportunidad. Para afrontar los complejos desafíos que enfrenta la humanidad, necesitamos a todas las personas talentosas que podamos encontrar, a cada Mozart y cada Einstein, y necesitamos a muchas de ellas.

