Connie de Vos estaba sentada sobre sus manos. Era 2006, su primera estancia en la aldea balinesa de Bengkala, y cada noche llegaban visitas a su casa, sentadas en el suelo del patio delantero, comiendo caramelos de sabor a fruta o durián y bebiendo té. Ahora había unas ocho o diez personas, con las manos revoloteando entre las sombras, charlando en kata kolok, la lengua de signos local: ¿Dónde es la próxima ceremonia? ¿Cuándo es el próximo funeral? ¿Quién acaba de morir?
El kata kolok surgió en Bengkala hace unos 120 años y tiene algunas características especiales, como sacar la lengua para añadir ‘no’ o ‘not’ a un verbo. Y a diferencia de la lengua de signos estadounidense (ASL), en la que las personas mueven la boca en silencio mientras signan, aquí también se dan suaves chasquidos con los labios, que producen un leve sonido de estallido, para indicar que una acción ha terminado.
“Si pasas por la aldea a las seis, la gente empieza a bañarse, preparándose para la cena —recuerda De Vos—. Se oye este sonido —pah pah pah— por toda la aldea.”
Por entonces, De Vos era estudiante de posgrado en el Instituto Max Planck de Psicolingüística y había llegado a Bengkala para ser la primera lingüista en describir la gramática del kata kolok y catalogar todos sus signos. Según cuenta, en ese momento la lengua estaba “bastante intacta”, pues había surgido en una comunidad aislada con un número relativamente alto de personas sordas. Como otras ‘lenguas de signos de aldea’ similares que empezaban a identificarse en los años 2000, era un material de investigación muy valioso. Sabía que ser la primera en describirla sería un gran logro.
Pero estudiar cualquier fenómeno corre el riesgo de alterarlo. Los arqueólogos saben que respirar dentro de una tumba antigua puede aumentar su humedad, mientras que los zoólogos que atraen a chimpancés salvajes con comida deben esperar que no alteren la política de la manada.
Las lenguas muy jóvenes ofrecen la oportunidad de ver cómo surgen y evolucionan las lenguas y, por tanto, cómo pudo ser el origen de todas las lenguas. Pero algunos lingüistas se han preguntado hasta qué punto estas circunstancias son realmente puras. Temen que estudiar una de estas lenguas de signos, que quizá solo tenga un puñado de usuarios, introduzca una influencia externa que pueda alterar su desarrollo.
Por eso, De Vos estuvo sentada sobre sus manos —sin usar deliberadamente signos de otras lenguas— mientras estuvo en Bengkala. Si existía alguna posibilidad de que hubiera cambiado el curso del kata kolok, su investigación tendría menos validez, y su relevancia para comprender la evolución natural de las lenguas disminuiría. El único problema es que proteger una lengua como el kata kolok en aras del beneficio científico quizá no redunde realmente en el mejor interés de la comunidad que la utiliza.

“Cada una de estas comunidades es como un experimento natural. Con nuestros cerebros humanos modernos, si ahora mismo se desarrollara una lengua, ¿cómo sería?”, se pregunta De Vos, que hoy es profesora adjunta de lingüística en la Universidad Radboud de los Países Bajos. “Tenemos la oportunidad de ver que se producen múltiples casos de esto, y eso es realmente valioso.”
Desde Ban Khor, una lengua de signos de Tailandia, hasta Adamorobe, en Ghana, los lingüistas han descrito unas dos docenas de estas lenguas y sospechan que existen muchas más. Reciben diversos nombres. Algunos investigadores las llaman lenguas ‘jóvenes’ o ‘emergentes’, sobre todo cuando el interés se centra en su evolución. Otros las denominan lenguas de signos ‘de aldea’ o ‘micro’, lo que refleja el tamaño y el aislamiento de las comunidades en las que surgen. Un término menos frecuente, pero no menos acertado, es el de lenguas de signos ‘compartidas’, porque suelen ser utilizadas tanto por personas sordas como oyentes.
Tienden a surgir en comunidades aisladas geográfica o culturalmente, con una prevalencia inusualmente alta de sordera, a menudo debido a matrimonios entre primos. En estos lugares, la educación formal no suele estar disponible y no hay acceso a la lengua de signos nacional, por lo que, durante años o décadas, las personas han inventado signos y maneras de combinarlos.
Utilizadas por tan pocas personas, estas frágiles lenguas están en peligro desde el momento en que aparecen. Siempre hay alguien con más riqueza y poder que está deseando deshacerse de ellas o pedir a los signantes que usen otra lengua en su lugar. A veces, esas fuerzas poderosas son asociaciones de personas sordas que menosprecian todo lo rural y remoto.
Y como los signantes no siempre coinciden en qué significa cada signo o cómo usarlo, estas lenguas pueden parecer inestables y a medio hacer. Sin embargo, son indudablemente lenguas en sí mismas, ya que los signantes las han usado toda su vida para la comunicación cotidiana.
Los estudios sobre estas lenguas ya han revolucionado lo que se pensaba sobre las lenguas de signos. Por ejemplo, se suponía que todas las lenguas de signos, grandes o pequeñas, usan el espacio alrededor del cuerpo para representar el tiempo de la misma manera. El pasado se sitúa detrás del cuerpo del signante, el presente justo delante y el futuro más adelante. Pero las lenguas de signos de aldea a menudo hacen las cosas de otro modo: el kata kolok, por ejemplo, no tiene una línea temporal en absoluto.
De Vos se apresura a señalar que los hablantes de kata kolok siguen pensando y hablando del futuro y del pasado. Simplemente no existen estructuras lingüísticas específicas para referirse a ellos, salvo, por ejemplo, aludir a acontecimientos que todos los hablantes conocen.
El estudio de las lenguas de signos de aldea revela con claridad mucho sobre lo que hace únicas a las lenguas de signos. Pero, como la mayoría de estas lenguas de signos de aldea parecen tener solo entre 30 y 40 años, tiempo suficiente para tres generaciones de evolución, también ofrecen la extraordinaria oportunidad de presenciar el nacimiento de una lengua en tiempo real. Los investigadores pueden seguir cómo las estructuras lingüísticas, como el orden de las palabras, surgen y cambian desde la primera generación hasta las siguientes. ¿Son estos cambios innatos a nuestras capacidades lingüísticas humanas o provienen de otra parte?
La posibilidad de responder a estas preguntas ha despertado el interés de los lingüistas por las lenguas de signos de aldea, y resulta difícil resistirse al atractivo de ‘descubrir’ una nueva lengua.
Dado lo mucho que está en juego y el potencial de ejercer una influencia no deseada sobre estas frágiles lenguas, los investigadores llevan años debatiendo sobre cómo abordarlas.

Cuando Judy Kegl, profesora de lingüística en la Universidad del Sur de Maine, se topó por primera vez con lo que más tarde se llamaría lengua de signos nicaragüense (o ISN, por Idioma de Señas de Nicaragua) a mediados de los años ochenta, no había precedentes que seguir.
Esta lengua se había creado hacia 1980, cuando estudiantes sordos de una escuela de la capital, Managua, utilizaron su intuición lingüística para reunir los signos que traían de casa.
Desde el principio, cuenta Kegl, no usó ASL en sus interacciones con los estudiantes. “Me esforcé por usar solo gestos. Al usar gestos y no ASL, los estudiantes me enseñaron; asumieron de verdad el papel de enseñarme. Si hubiera llegado usando ASL, eso no habría ocurrido. Si no hubieran visto que mi objetivo era aprender su lengua, quizá no me habrían acogido bajo su ala.”
No era su objetivo preservar la lengua, sino garantizar que su desarrollo fuera el mismo que habría sido si ella no hubiera estado allí. Haciendo referencia a Star Trek, Kegl cuenta que seguía una política de ‘directiva principal’: “No llegas e influyes en las decisiones culturales de otros con tu propio criterio sobre lo que hay que hacer.”
Si las personas adoptaban signos de ASL por su cuenta, ella no se lo impediría. Pero si iba a producirse una contaminación, dice, “no vendría de nosotros”.
Personas ajenas al campo han discrepado de este enfoque, sugiriendo que sería preferible integrar activamente a estas comunidades en la cultura sorda más amplia, incluso enseñando a las personas lenguas de signos más consolidadas. Tras la publicación en 1999 de un perfil de la lengua de signos nicaragüense emergente en el que se destacaba el trabajo de Kegl, Felicia Ackerman, profesora de filosofía de la Universidad de Brown, escribió una crítica feroz.
“Evidentemente, [Kegl] preferiría acabar con las perspectivas de vida de estos niños, dejándolos incapaces de comunicarse con el mundo exterior”, escribió Ackerman. (Le pregunté a Ackerman si había cambiado de opinión; no respondió.)
Para algunos lingüistas, la idea de que una lengua surgiera de la nada resultaba demasiado ordenada: daba munición a teorías controvertidas sobre capacidades humanas innatas que parecían demasiado convenientes. Los críticos respondieron preguntándose si pudo haber existido algún contacto temprano e invisible entre la primera generación de signantes nicaragüenses y otras lenguas de signos. Para evitar tales sospechas, lingüistas posteriores, como Connie de Vos, también se atuvieron al estricto enfoque de la ‘directiva principal’.
De Vos sabía que Bengkala no estaba tan aislada como otros lugares y quería evitar cualquier indicio de posible contaminación. Había llegado conociendo la lengua de signos internacional, la lengua de signos británica y la lengua de signos neerlandesa, y no quería que se le escaparan sin darse cuenta fragmentos de esas lenguas.
“Estuve sentada sobre mis manos durante los primeros meses, hasta que sentí que estaba preparada para no usar demasiados de mis propios signos —dice—. Intentaba no influir demasiado en ellos.” Temía que la gente pudiera adoptar sus signos sin querer y que, después, no pudiera afirmar que se trataba de la evolución natural del kata kolok.
Esta no es la única manera de construir un relato de origen puro: una alternativa es encontrar una lengua de signos de aldea utilizada en una comunidad realmente aislada.
En 2012, Rabia Ergin, una joven estudiante turca, asistía a una clase de posgrado en la Universidad de Tufts. Había llegado a Estados Unidos para estudiar sintaxis turca, pero todo estaba a punto de cambiar. Ella y sus compañeros debatían sobre el signo doméstico: colecciones improvisadas de gestos inventados por personas sordas y sus familias. ¿Podía considerarse lengua el signo doméstico, aunque no tuviera reglas estables para formular una pregunta o indicar un verbo?
Ergin no entendía cuál era el problema. Contó a los demás que sus familiares sordos, en Turquía, habían inventado una lengua de signos que todos en su aldea usaban para comunicarse con ellos.
A sus compañeros se les cayó la mandíbula.
Ergin había descrito con naturalidad una lengua de signos de aldea en una comunidad aislada de la que nadie más había oído hablar antes.
Poco después, cambió de línea de investigación para centrarse en esta lengua de signos, a la que bautizó como lengua de signos de Taurus Central, o CTSL. “El hecho de que yo forme parte de esta comunidad, de que me criara con esta lengua, es lo que le da electricidad a la historia”, me dice Ergin.
Cuando Ergin llegó para hacer su investigación, la CTSL se encontraba en su tercera generación, que había añadido nuevas estructuras a la lengua, incluidas formas más fijas de indicar la acción. Fue una época excepcional y apasionante: podía ver cómo una lengua crecía y cambiaba y, dado que las generaciones anteriores de signantes seguían vivas, podía rastrear su evolución a lo largo del tiempo.
Sigue siendo una lengua joven, pero ella no cree que eso la haga más vulnerable a su presencia. Dice que no es que los signantes de la CTSL, especialmente los de las generaciones mayores, fueran más propensos a, por ejemplo, adoptar una construcción de línea temporal de otra lengua. Ve a la gente usar la CTSL para todo, sin esforzarse en absoluto por hacerse entender. “La lengua funciona perfectamente”, afirma.
Al mismo tiempo, la lengua es tan flexible que cada persona tiene su propia versión de la CTSL, lo que significa que algunos aspectos de la lengua son compartidos mientras que otros se improvisan sobre la marcha. También significa que los signantes modifican lo que hacen.
Así pues, aunque la CTSL surgió en circunstancias aisladas, ahora está experimentando cambios rápidos.
Ergin, que ahora trabaja en el Instituto Max Planck de Psicolingüística, ha seguido a una familia de cinco miembros, todos ellos sordos y signantes de CTSL, que se trasladó hace un par de años a la ciudad vecina de Anamur. Como consecuencia de ese cambio, su forma de signar refleja el contacto que han tenido con la lengua de signos turca y ya no signan como el grupo central de la CTSL de la aldea. Una prima de Ergin conoció a un hombre sordo de otro pueblo y se casaron; ahora su CTSL está cambiando.
“Por eso he intentado reunir tantos datos como he podido antes de que sea demasiado tarde”, añade Ergin.

Ha surgido otra estrategia que aborda las lenguas de signos de aldea de una forma completamente nueva. Ulrike Zeshan, de la Universidad de Central Lancashire en el Reino Unido, fue la primera lingüista en tratarlas sin diferencia alguna respecto de lenguas de signos como ASL. Según esta estrategia, las lenguas de signos de aldea no tienen un estatus especial; no se consideran semilenguas embrionarias que haya que observar o proteger hasta que maduren: pueden compararse de inmediato con otras lenguas de signos.
Solo después de este cambio de perspectiva fue posible constatar que algunos supuestos ‘universales’ de las lenguas de signos estaban ausentes en las lenguas de signos de aldea y, por tanto, no eran universales después de todo. Por ejemplo, algo que todos daban por universal era convertir el espacio frente al cuerpo en un escenario y usar las manos como marionetas. En la oración ‘La vaca cruzó la carretera delante del coche’, la mayoría de las lenguas de signos tendrían una ‘vaca’, una ‘carretera’ y un ‘coche’ interactuando frente al cuerpo del hablante.
Pero en algunas lenguas de signos de aldea, el hablante no es un titiritero que se sitúa fuera de la acción. En una lengua de signos ghanesa, la vaca, la carretera y el coche se describirían desde la perspectiva del hablante. Así pues, los lingüistas tuvieron que ampliar su idea de lo que es posible en una lengua de signos.
Aun así, los lingüistas debían comportarse de forma responsable. Hace unos años, Zeshan y algunos colegas decidieron escribir un artículo académico lleno de consejos para los investigadores que pudieran topar con una lengua de signos de aldea.
Pero tropezaron con un obstáculo cuando consideraron las responsabilidades éticas de los investigadores con las comunidades. ¿Qué beneficio aportaría el interés investigador por una lengua de signos de aldea? ¿Deberían alertar a las autoridades? ¿Y si las autoridades enviaban audífonos u otra intervención tecnológica? ¿Obligarían a los aldeanos a adoptar una lengua de signos nacional? Desde una visión del mundo Sorda, tales respuestas se consideran profundamente ofensivas, porque vulneran la autonomía corporal de las personas y amenazan la lengua local.
“No logramos ponernos de acuerdo sobre la forma ética de proceder”, afirma Zeshan. Finalmente, el equipo dejó de trabajar en el artículo.
¿Significa eso que la ciencia se perderá las lenguas no descritas? Así es, reconoce, pero en su opinión las preocupaciones éticas pesan más que los costes para el conocimiento científico. “En cierto sentido, es peor para tu conciencia, a corto plazo, si puedes ser responsable de una mala intervención [en lugar de] ser responsable de que algo nunca se haga”, afirma.
Sin directrices éticas explícitas que deban seguir los lingüistas o antropólogos, estos tienen que decidir por sí mismos cómo gestionar sus interacciones con otras lenguas.
Pero a medida que el estudio de las lenguas de signos de aldea ha madurado, los investigadores han descubierto que su impacto individual en una lengua puede ser menor de lo que temen. A veces lo descubren solo después de cometer un error.

En 2012, Lina Hou y Kate Mesh investigaban la lengua de signos chatino, una lengua de signos de aldea utilizada en dos pequeñas comunidades de Oaxaca, México. Hou, hoy profesora adjunta de lingüística en la Universidad de California en Santa Bárbara, es sorda; Mesh, que trabaja ahora en la Universidad de Haifa, en Israel, no lo es, pero ambas son signantes de ASL.
“Al principio nos limitábamos a escribirnos entre nosotras para evitar usar ASL en la comunidad —dice Mesh—, pero se nos escapaba. Mucho.”
No podían ocultarlo: los signantes adultos de la comunidad notaron de inmediato los signos extranjeros.
¿Cómo reaccionaron? “Les parecían divertidos —recuerda Mesh—”, pero dice que nunca usaron esos signos salvo para hablar de lo que habían hecho las dos investigadoras. Así que ella y Hou se relajaron con los adultos, lo que facilitó la comunicación y no afectó a la forma de signar chatino.
Sin querer, introdujo otros aspectos de ASL en su manera de signar chatino. Un día, hablaba con un signante sobre un concurso de baloncesto en la aldea, en el que el premio en metálico procedía de aportaciones que pagaban los participantes.
“¿Pagan todos?”, preguntó Mesh. Aunque usó signos chatinos, los combinó con la gramática del ASL, signando el verbo ‘pagar’ dos veces, en dos lugares distintos frente a su cuerpo, para indicar que pagaban varias personas.
Como los signantes chatinos no tienen este tipo de construcción, el hombre con el que hablaba llamó a su mujer, también signante, y le mostró lo que había hecho Mesh. Le gustó, dijo. Pero Mesh afirma que nunca volvió a verle signar así, ni con el verbo ‘pagar’ ni con ningún otro verbo. Para Mesh, esto demuestra lo impermeables que pueden ser los signantes.
Toda lengua tiene lagunas, señala Marie Coppola, lingüista de la Universidad de Connecticut. Incluso las grandes lenguas habladas, como el inglés, el italiano o el chino, hacen algunas cosas muy bien y otras no en absoluto. Los términos de parentesco en inglés, por ejemplo, no son muy sofisticados, y en internet siempre circula una lista de conceptos útiles para los que el inglés no tiene palabra.
En la mayoría de los casos, las personas que usan esas lenguas quizá ni siquiera reconozcan lo que sus lenguas no les permiten hacer, y los signantes de las lenguas de signos pequeñas no son distintos. “Lo único que saben es que tienen malentendidos, pero eso es toda su vida —dice Coppola—. No tienen nada con qué compararlo.”
Los adultos son especialmente reacios al cambio, incluso ante soluciones externas a los problemas de comunicación a los que se enfrentan. Esto se debe probablemente, en parte, a la dificultad de aprender nuevos patrones gramaticales a medida que envejecemos, aunque aprender vocabulario nuevo supone un obstáculo menor.
Pero si, como descubrió Mesh, los extraños individuales tienen poca influencia sobre las lenguas de signos emergentes, las tendencias sociales y culturales amplias sin duda sí la tienen. A medida que las comunidades antes aisladas se conectan más, los hablantes adaptan sus lenguas de signos, y algunos incluso pueden dejar de usarlas o transmitirlas.
Y las condiciones de la vida contemporánea son cada vez más hostiles para las lenguas pequeñas. Cuando Connie de Vos regresó a Bengkala en 2012, solo seis años después de su primera visita, muchas cosas habían cambiado. Cada año llegan ahora varios cientos de turistas para conocer la aldea de los signantes, y pagan la comida y el alojamiento o hacen donaciones a la aldea.
Esta nueva riqueza significa que todos en Bengkala tienen una motocicleta, que muchos usan para trabajar más lejos de la aldea; también significa que los jóvenes tienen más probabilidades de casarse con mujeres de fuera de la comunidad que antes. Algunos niños sordos empezaron a asistir a una escuela donde aprendían BISINDO, la lengua de signos nacional de Indonesia. Es difícil ver cómo una sola investigadora podría haber tenido una influencia comparable a la de los cambios derivados del turismo. Irónicamente, muchos de estos turistas son sordos.
¿Sobrevivirá el kata kolok? La historia del lenguaje humano está llena de variedades únicas que surgen, prosperan y luego se marchitan. El ejemplo de otra lengua de signos de aldea demuestra que, para algunas, el aislamiento del mundo exterior garantiza su supervivencia, y que harán falta nuevas estrategias activas para mantenerlas vivas cuando ese aislamiento desaparezca.

Uiko Yano es usuaria de por vida de la lengua de signos de Miyakubo, que surgió en la isla japonesa de Ehime-Oshima hacia los años veinte o treinta del siglo pasado. Yano, estudiante de posgrado en la Universidad Tecnológica de Tsukuba, es también la primera lingüista que estudia esta lengua desde una perspectiva científica.
Dice que un documental de televisión sobre el kata kolok le recordó a su tierra, porque allí todos también signan. “Es una comunidad en la que no importa si eres sordo u oyente, todos signan de forma natural, y eso es bastante raro”, me explica a través de un intérprete.
Los creadores de la lengua de signos de Miyakubo fueron un grupo de unas 15 personas que trabajaban en barcos de pesca. Por ese motivo, la lengua nunca desarrolló un sistema de numerales que pudiera expresar cifras exactas por encima de 30 o 40, ni cifras redondas por encima de 200. Yano le preguntó a su padre: “¿Cómo dirías 225?”
“Diríamos más de 200”, le respondió.
“Pero si tuvieras 223 botellas de zumo —preguntó ella—, ¿cómo lo dirías?”
“¿Y para qué necesitaría alguien tantas botellas de zumo?”, respondió él.
A lo largo de los años, él y sus hermanos, todos sordos, han sido contactados por asociaciones de personas sordas de la parte continental de Japón, pero, según cuenta Yano, los han rechazado.
“No nos interesa arreglar nuestra lengua de signos ni que nos digan que cometemos errores en nuestra propia lengua —le dijo su padre—. Si nos ajustáramos a sus estándares, no podríamos hablar con nuestros abuelos.”
Durante décadas, la única forma de llegar al continente era un ferri que funcionaba varias veces al día, y la gente se reunía para esperarlo, hablando y signando.
Luego, en 2004, se inauguró un puente de Ehime-Oshima al continente y el servicio de ferri se suspendió. Más personas tuvieron acceso a internet en ordenadores y después en teléfonos inteligentes. Aumentaron los matrimonios con personas de otras islas.
Aunque esto significó que la población de la isla, de unas 7.000 personas, quedó en conjunto más conectada, las personas sordas que usaban la lengua de signos de Miyakubo se aislaron más. Sin ferri no había ocasión de encontrarse e intercambiar información; internet redujo la necesidad de pedirse ayuda unos a otros; y cuando las personas oyentes se marcharon de la isla por trabajo, disminuyó el número total de signantes en ella.
Hoy quedan unas 15 personas sordas en la isla. Yano suele llevar a amigos de Tokio para presentarles el lugar donde creció, pero eso entristece a su tía, que tiene setenta y tantos años. “Cuando te miro, me siento sola”, le dijo a Yano, que le preguntó por qué.
“Porque cuando vienen personas de Tokio… acabamos teniendo que signar como ellas y ayudarlas a entender”, respondió.
El mundo exterior irrumpe en su mundo pacífico y aislado. «Antes podíamos hablar y entendernos con libertad, así que podíamos compartir todos los placeres y penas de la vida. Hoy en día, nadie conoce la lengua de signos. Hay muchos signos nuevos para mí, así que ni siquiera sé lo que otras personas sordas están diciendo».
Cuando pensamos en una persona joven, pensamos en alguien influenciable y no totalmente responsable de sí mismo. Las lenguas de signos jóvenes no son así. Las utilizan personas prácticas, apegadas a lo que conocen y que viven su vida. Con frecuencia, las preocupaciones de los lingüistas sobre influir indebidamente en una lengua de signos emergente tienen que ver con la lengua como objeto de interés científico, y están menos relacionadas con las experiencias de quienes la utilizan.
Pero todas las lenguas humanas evolucionan a medida que las personas entran en contacto unas con otras a través del comercio, el trabajo, el juego y el matrimonio. Palabras e incluso patrones gramaticales pueden pasar de una lengua a otra. A medida que la aldea global se hace cada vez más pequeña, los lingüistas están aprendiendo a seguir el ritmo de los cambios acelerados que influyen en las lenguas que estudian y que también contribuyen a su desarrollo.
Mirando hacia atrás, Connie de Vos admite que quizá reaccionó exageradamente al no signar durante aquellas primeras noches en el patio.
Más adelante, habló directamente con las personas sobre las influencias externas que podían cambiar su lengua de signos. «Se trata más de informarles y de sensibilizarles», afirma. Hay personas sordas en todo el mundo, les decía, y se comunican de forma distinta a como lo haces tú, y me interesa descubrir las diferencias.
Con el tiempo, ayudó a crear una escuela donde los niños se educan en kata kolok.
«Quizá fui demasiado cautelosa al principio», afirma, aunque también atribuye a su compromiso de trabajar inicialmente solo en kata kolok el hecho de haber tenido acceso a historias locales que de otro modo quizá no habría conocido.
Una de esas historias era un relato de origen sobre por qué hay tanta sordera en Bengkala. Una pareja desesperada por tener un hijo hizo ofrendas en un cementerio de bebés y fetos, y un fantasma que vivía allí les concedió su deseo. El fantasma era sordo, y por eso el niño también lo era.
Las lenguas de signos jóvenes necesitan con urgencia personas jóvenes que las signen. En la isla de Ehime-Oshima, el sobrino oyente de Yano es el usuario más joven de la lengua de signos de Miyakubo. Ella no quiere que sea el último y sigue tratando de encontrar la manera de ayudar a que la lengua sobreviva.
«¿Siente que tiene alguna responsabilidad con la lengua?», le pregunto.
Hace una pausa y luego comienza a signar. «En la isla, la gente no piensa mucho en la lengua de signos de Miyakubo», dice a través del intérprete. «En la superficie, no tiene nada de especial, pero en nuestro corazón una parte de nosotros sabe que es especial, y de verdad queremos conservarla y no dejarla morir».

