No deberían faltar modelos inspiradores para las niñas que sueñan con una carrera científica. Las mujeres han sido responsables de algunos de los avances científicos más importantes que dieron forma al mundo moderno, desde Marie Curie y sus descubrimientos sobre la radiación, hasta Grace Hopper y su revolucionario trabajo en programación informática, y Barbara McClintock y su enfoque pionero de la genética.
Pero, con demasiada frecuencia, sus historias no tratan solo de las dificultades que afrontaron al resolver algunos de los problemas más complejos de la ciencia, sino también de superar obstáculos sociales y profesionales por el mero hecho de ser mujeres. Y muchas de esas barreras siguen afectando hoy a las mujeres que trabajan y estudian en ciencias.
En todo el mundo, el 72 % de quienes investigan científicamente son hombres. Solo uno de cada cinco países alcanza lo que se considera «paridad de género»: las mujeres representan entre el 45 % y el 55 % de las personas investigadoras. Y solo en un puñado de países las mujeres que trabajan en ciencias superan en número a los hombres, con claras variaciones regionales.
En la UE, el 41 % de los científicos e ingenieros son mujeres. Sin embargo, las mujeres superan en número a los hombres en esas profesiones en Lituania, Bulgaria, Letonia, Portugal y Dinamarca, así como en Noruega, que no pertenece a la UE.
Pero menos de un tercio de las personas investigadoras son mujeres en Hungría, Luxemburgo, Finlandia y, quizá lo más sorprendente, Alemania, que está encabezada por una destacada científica, la canciller Angela Merkel.
En el conjunto de Europa, los hombres predominaban en la industria manufacturera de alta y media-alta tecnología: el 83 % de los científicos e ingenieros de esos sectores son hombres, frente al 55 % en los servicios científicos.
En Asia, las mujeres constituyen la mayoría de las personas investigadoras en Azerbaiyán, Tailandia, Kazajistán, Georgia, Armenia y Kuwait.
En América, Bolivia, Venezuela, Trinidad y Tobago, Guatemala, Argentina y Panamá tienen más de un 50 % de investigadoras, al igual que Nueva Zelanda y Túnez.
Entonces, ¿qué tienen de especial estos países?
En algunos, sobre todo en Europa del Este y Asia Central, la paridad de género en la ciencia es un legado de su pertenencia a la Unión Soviética y su bloque de países satélite, donde se fomentaba activamente la participación femenina en la ciencia, a menudo en centros financiados por el Gobierno. Otros, como los países nórdicos, lideran el mundo en igualdad de género gracias a ambiciosas políticas sociales y de bienestar que ayudan a las mujeres en el ámbito laboral.
En todo el mundo, las mujeres tienden a trabajar más en el sector público, mientras que incluso en países con paridad de género, como Letonia y Argentina, los hombres están sobrerrepresentados en el sector privado, donde los salarios suelen ser más altos.
Las mujeres también están mejor representadas en el sector de la salud que en la ingeniería y las tecnologías de la información, por lo que los países con mayor presencia de investigación médica tienden a tener un mejor equilibrio entre mujeres y hombres.
En todo el mundo se observa el fenómeno de la «tubería con fugas», que supone una pérdida de talento. A las niñas les atraen las ciencias durante la etapa escolar y, de hecho, constituyen la mayoría de quienes se gradúan en ciencias con una licenciatura. Incluso en el nivel de máster, las mujeres son mayoría.
Pero el número cae drásticamente en el nivel de doctorado, y la brecha se amplía aún más entre quienes se dedican a la investigación.
Incluso cuando tienen empleo, las mujeres suelen encontrarse con importantes techos de cristal. En el Reino Unido, por ejemplo, la proporción de mujeres en puestos directivos en ciencia y tecnología es de apenas el 13 %. El mismo fenómeno se da en el ámbito académico. Un estudio concluyó que, mientras el 61 % de los estudiantes de posgrado en biociencias eran mujeres, solo el 15 % del profesorado lo era. También hay indicios de que las mujeres suelen recibir menos fondos para subvenciones de investigación y les resulta más difícil conseguir capital de riesgo para empresas emergentes de ciencia y tecnología.
Algunas mujeres se desaniman a seguir una carrera científica por la dificultad de conciliar el trabajo con la vida familiar, aunque, como en muchas otras profesiones, estos problemas pueden abordarse con cambios en las políticas y en las prácticas laborales. Pero los estereotipos culturales más arraigados también desempeñan un papel importante. UNESCO ha señalado un «sesgo persistente según el cual las mujeres no pueden desempeñarse tan bien como los hombres», que se perpetúa a sí mismo y a menudo influye en la percepción que las mujeres tienen de sus propias capacidades y logros.
Pero estos estereotipos pueden superarse. En India ha aumentado considerablemente el número de mujeres que estudian y trabajan en ingeniería, una disciplina que antes se consideraba «masculina». A menudo, los padres animan a sus hijas a estudiar ingeniería por las buenas perspectivas laborales y porque la perciben como un ámbito más «amigable» que la informática. El papel de las ingenieras indias —las «mujeres cohete de ISRO»— en el programa espacial del país ha recibido amplio reconocimiento.
Aumentar el número de mujeres en la ciencia no consiste únicamente en aprovechar el mejor talento para afrontar los desafíos de la humanidad. La ciencia suele ser la base de carreras bien remuneradas que refuerzan la seguridad económica de las mujeres y, a su vez, les dan mayor voz social y política. Y, como deja claro el Informe Global sobre la Brecha de Género, los beneficios que esto puede aportar los comparte toda la sociedad, sea cual sea el género de cada persona.

