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Los avances en neurociencia nos enseñan que los padres y cuidadores, los profesionales de la salud y de la educación inicial, los gobiernos y las sociedades pueden moldear para bien la estructura cerebral de cada niño al enriquecer y proteger su entorno, desde el momento de la concepción hasta que cumplen cinco años.
En términos neurocientíficos, el desarrollo cerebral óptimo de los niños equivale a que se conecten 1.000 neuronas cada segundo. Estas conexiones neuronales conforman la arquitectura del pensamiento, el aprendizaje, la salud, la memoria y la capacidad de sentir empatía de un niño, así como muchos otros componentes vitales que le ayudan a llevar una buena vida. El hecho de que no tengamos que depender únicamente del ADN de un niño para determinar su salud, crecimiento y felicidad, qué tan bien aprenderá en la escuela o incluso cuánto ganará al llegar a la edad adulta constituye una oportunidad extraordinaria y una gran responsabilidad.
Como madre de dos niños que se encuentran ahora en plena etapa de máximo desarrollo cerebral, siento sin duda el peso de esta inmensa oportunidad y responsabilidad, algo que, estoy segura, comparten muchos padres y cuidadores de todo el mundo. Cuando miro a mis hijos, me pregunto: ¿estoy haciendo todo lo que puedo para ayudar a que sus cerebros se desarrollen con fuerza? ¿Les doy suficiente amor, protección y nutrición para un desarrollo óptimo? ¿Contribuyen mis acciones positivamente a sus experiencias y, en última instancia, a su desarrollo cognitivo, social y emocional? Creo que sí, y tengo la suerte de estar en una posición que me permite brindarles estos elementos fundamentales para el desarrollo de la primera infancia.

Fundamental para el crecimiento
Pero hoy, millones de niños pequeños pasarán sus primeros años privados del amor, la buena alimentación, la protección y el juego que sus cerebros necesitan con tanta urgencia. La falta de estimulación, seguridad y cuidados afectuosos, que puede inhibir las conexiones neuronales, no es culpa del niño y, a menudo, tampoco de sus padres o cuidadores. Ni mucho menos. De hecho, es un problema social. Se sabe y se valora demasiado poco lo que aportan los elementos sencillos del desarrollo de la primera infancia, absolutamente fundamentales para el crecimiento, no solo de cada niño y su familia, sino también de economías enteras. Además, aún no hemos comprendido plenamente el posible costo de la inacción para las generaciones futuras.
Invertir en el desarrollo de la primera infancia es una de las formas más rentables de aumentar el capital humano. Un crecimiento limitado en los niños pequeños puede traducirse en un menor nivel educativo, menores ingresos en la edad adulta y enfermedades crónicas. Un estudio mostró que los niños desfavorecidos que recibieron apoyo de programas de desarrollo de la primera infancia ganaron un 25 % más en la edad adulta que los niños desfavorecidos que no recibieron apoyo: llegaron a ganar tanto como sus pares más favorecidos.
Una solución consiste en brindar a las madres y los padres primerizos y futuros los conocimientos, las oportunidades y el tiempo que necesitan para ser los padres que pueden llegar a ser. El sector privado debe invertir ahora en su fuerza laboral para garantizar que la próxima generación de trabajadores cuente con las habilidades y la capacidad cerebral necesarias para el empleo. Además, al priorizar la inversión financiera en programas que apoyan el desarrollo de la primera infancia, el sector privado asegurará el futuro de su fuerza laboral.
Es hora de actuar según la ciencia
Otra solución consiste en invertir en las familias más excluidas y vulnerables para brindarles el apoyo que necesitan para ofrecer a los niños protección, cuidados afectuosos y entornos enriquecedores, y ayudarlas a romper los ciclos intergeneracionales de pobreza y privación. Apoyar a los padres y cuidadores más vulnerables puede tener un costo relativamente bajo: desde apenas 50 centavos por persona al año si los programas de cuidados y apoyo a la crianza se incorporan a los servicios de salud existentes.
Durante el tiempo que tardará en leer este artículo, el cerebro de un niño pequeño que recibe cuidados podría haber formado 600.000 conexiones neuronales.
Ahora se necesita un movimiento por la primera infancia. Los gobiernos y el sector privado deben invertir en políticas que apoyen a los padres y les proporcionen los recursos y el tiempo que necesitan para amar, cuidar y proteger a sus hijos pequeños. Necesitamos invertir en programas de cuidados y apoyo a la crianza. Por último, necesitamos que los padres comprendan que tienen derecho al tiempo y los conocimientos que necesitan para criar niños felices, sanos y creativos.
Ahora sabemos, más que nunca, que existen maneras de dar al cerebro de cada bebé que nace la oportunidad de desarrollarse hasta alcanzar su capacidad óptima y de ofrecer a cada niño la posibilidad de llegar a todo su potencial cognitivo, emocional y lingüístico. Es hora de actuar según la ciencia y mejorar la vida y el futuro de las generaciones venideras.
Shakira participa en la Reunión Anual de Davos para recibir el Premio Crystal 2017 por su liderazgo en el avance de la educación de la primera infancia.


