Es una prueba icónica de fuerza de voluntad: se sienta a un niño frente a un malvavisco y se le dice que puede quedarse con el malvavisco que tiene delante ahora o con dos si espera. Después, se sale de la habitación y se observa qué hace el niño.
Algunos niños esperan pacientemente a que el adulto regrese para obtener su recompensa. Otros intentan esperar, pero finalmente sucumben a comerse la deliciosa golosina. ¿Cuál es la diferencia entre los dos grupos de niños?
A comienzos de la década de 1960, Walter Mischel llevó a cabo una serie de estas pruebas, conocidas popularmente como la “Marshmallow Tests”, en la escuela infantil Bing Nursery School de la Universidad de Stanford, para estudiar la tentación y el autocontrol. Hubo otras variantes de la prueba, en las que se ofrecían a los niños palitos de pretzel, caramelos de menta o fichas de póker de colores. Las pruebas también se replicaron en otros entornos, incluido el South Bronx, donde los niños sufren altos niveles de estrés y pobreza, y en un programa de tratamiento residencial para jóvenes con alto riesgo de agresividad/externalización y depresión/aislamiento. Joachim de Posada, coautor del libro Don’t Eat the Marshmallow… Yet!, también realizó la prueba en Colombia. Los resultados fueron coherentes. Algunos niños podían esperar y otros no.
Los niños que lograban alejar la golosina de sí, apartar la vista de ella o distraerse de otra forma tenían más éxito en la espera. Esto es importante porque apunta a una de las razones por las que el autocontrol puede resultar tan difícil: nuestro cerebro humano ha evolucionado para funcionar con dos sistemas, uno primitivo y emocional de respuesta, y otro regulador y racional. El sistema límbico responde de inmediato con emoción, mientras que el sistema ejecutivo, situado en la corteza prefrontal, es reflexivo y nos permite controlar la atención y pensar en el futuro. En realidad, el autocontrol es una batalla entre estas dos áreas del cerebro.
Por tanto, la clave es moderar lo que Mischel llama el ‘sistema caliente’, que es emocional, y dar el liderazgo al ‘sistema frío’, que es racional. La distracción resulta muy útil para moderar el sistema caliente. Las personas también pueden utilizar “planes de si-entonces”. Por ejemplo, los niños pueden aprender que ‘si tienen deberes, entonces deben apagar sus dispositivos móviles’. Los adultos pueden proponerse que ‘si sienten que les sube la ira al volante, entonces deben detenerse a un lado y contar hasta diez’.
Esto requiere comprender qué nos hace perder el control. Algunos niños pueden mostrar autocontrol en clase, pero no en el recreo. Algunos adultos pueden sentir más estrés cuando se les excluye socialmente que cuando tienen poco tiempo. El autocontrol depende mucho del contexto. Una vez identificados los puntos críticos, se pueden aplicar habilidades de afrontamiento como la distracción, los planes de si-entonces y la reducción del estrés.
Años después, Mischel y su equipo hicieron un seguimiento de los niños de las pruebas originales del malvavisco y descubrieron que quienes habían sabido esperar por la segunda golosina de pequeños también obtuvieron puntuaciones más altas en el SAT en la escuela secundaria, eran menos propensos a consumir drogas y tenían un índice de masa corporal más bajo (IMC) 30 años después de su primera prueba del malvavisco. Las cosas buenas sí llegan a quienes esperan.
Publicado en colaboración con Banco Mundial
Autora: Roxanne Bauer es consultora del Departamento de Comunicaciones Operativas de las Relaciones Externas y Corporativas del Banco Mundial (ECROC). Tiene varios años de experiencia en investigación, desarrollo internacional y comunicación y divulgación.
Imagen: niños sentados durante una asamblea matutina en una escuela de la aldea de Ralegan Siddhi, ubicada en el distrito de Ahmednagar, a unos 250 km (155 millas) al sureste de Mumbai, el 17 de junio de 2011. REUTERS/Danish Siddiqui.

