La educación es clave para responder a la crisis de refugiados. He aquí por qué

Children attend a school inside a Rohingya refugee camp outside Kyaukpyu in Rakhine state, Myanmar May 17, 2017. Picture Taken May 17, 2017. REUTERS/Soe Zeya Tun - RC14FEEB9490
Image: REUTERS/Soe Zeya Tun
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La creciente crisis mundial de refugiados no se reduce a cifras. También es una cuestión de tiempo.

Hay 17,2 millones de refugiados bajo el mandato del ACNUR, y la mitad son menores de 18 años.

A finales de 2016, unos 11,6 millones de refugiados se encontraban en situación de «desplazamiento prolongado», es decir, en situaciones en las que al menos 25.000 personas habían sido desplazadas por la fuerza durante más de cinco años.

Para 4,1 millones de refugiados, el exilio ha durado 20 años o más. Dos décadas superan la duración de la escolaridad habitual.

Image: ACNUR

Para millones de jóvenes, estos son los años que deberían pasar en las aulas, aprendiendo no solo a leer, escribir y contar, sino también a indagar, evaluar, debatir y calcular; a cuidarse a sí mismos y a los demás, y a valerse por sí mismos.

Sin embargo, a esos millones se les está arrebatando ese tiempo.

La importancia de la educación queda clara en un nuevo informe, Quedarse atrás: la educación de los refugiados en crisis, publicado hoy.

La educación ofrece a los niños refugiados un lugar seguro en medio del tumulto del desplazamiento. Es una inversión en el futuro: permite formar y apoyar a nuevos científicos, filósofos, arquitectos, poetas, docentes y funcionarios públicos, personas cruciales para el desarrollo pacífico y sostenible de los lugares que los han acogido y para la futura prosperidad de sus propios países.

Brecha de oportunidades

Sin embargo, en comparación con otros niños y jóvenes de todo el mundo, la brecha de oportunidades para los 6,4 millones de refugiados en edad escolar bajo el mandato del ACNUR es cada vez mayor.

A nivel mundial, el 91 % de los niños asiste a la enseñanza primaria. Entre los refugiados, esa cifra es mucho menor: apenas el 61 %. Y en los países de bajos ingresos es inferior al 50 %.

A medida que los niños refugiados crecen, los obstáculos no hacen más que aumentar.

Solo el 23 % de los adolescentes refugiados está matriculado en la enseñanza secundaria, frente al 84 % a nivel mundial. En los países de bajos ingresos, que acogen al 28 % de los refugiados del mundo, la proporción que cursa educación secundaria es alarmantemente baja: apenas el 9 %.

En cuanto a la educación terciaria —el crisol en el que se forjan los líderes del mañana—, el panorama es igual de sombrío. En todo el mundo, la tasa de matriculación en educación terciaria es del 36 %. Entre los refugiados, pese a las importantes mejoras en las cifras generales gracias a la inversión en becas y otros programas, la proporción sigue estancada en el 1 %.

Hace un año, políticos, diplomáticos, funcionarios y activistas de todo el mundo se reunieron para trazar un camino que permitiera hacer frente a la difícil situación de los refugiados del mundo.

El resultado fue la Declaración de Nueva York para los Refugiados y los Migrantes, firmada por 193 países, que destacó la educación como un elemento fundamental de la respuesta internacional. Además, la meta del Objetivo de Desarrollo Sostenible 4 (ODS 4) —uno de los 17 Objetivos Mundiales orientados a poner fin a la pobreza, proteger el planeta y promover la prosperidad— es ofrecer «una educación inclusiva y de calidad para todos y promover el aprendizaje permanente».

Falta de avances

Pese al abrumador apoyo a la Declaración de Nueva York y al ODS 4, los refugiados siguen en riesgo de quedarse atrás en materia de educación. Ahora la comunidad internacional debe acompañar sus palabras con acciones.

La educación debe considerarse parte integral de la respuesta de emergencia ante una crisis de refugiados.

Puede ofrecer a una persona joven un entorno protector y estable cuando todo a su alrededor parece haberse sumido en el caos.

Imparte habilidades que salvan vidas, promueve la resiliencia y la autosuficiencia, y ayuda a satisfacer las necesidades psicológicas y sociales de los niños afectados por conflictos.

La educación no es un lujo, sino una necesidad básica.

Al mismo tiempo, la educación es un servicio social que requiere planificación e inversión a largo plazo. La escolarización de un niño no debe interrumpirse en cuanto surge otra crisis en otro lugar y la respuesta de emergencia se desplaza. En cambio, queremos ver una inversión sostenida y previsible, así como un enfoque integral para apoyar los sistemas educativos de los países que acogen a refugiados.

Resolver una paradoja

Para resolver esta paradoja entre la respuesta de emergencia y las necesidades a largo plazo, debemos garantizar que los niños y jóvenes refugiados estén incluidos en los sistemas educativos nacionales.

Los refugiados, como todos los jóvenes del mundo, merecen una educación valiosa, seguir un plan de estudios acreditado y presentarse a exámenes que les permitan pasar a la siguiente etapa de su formación.

Por último, no debemos olvidar a quienes se dedican a la educación, a menudo en escuelas superpobladas y con recursos insuficientes, trabajando día tras día en algunas de las aulas más difíciles del mundo.

Los docentes de refugiados merecen todo nuestro apoyo: una remuneración adecuada, los materiales apropiados en cantidad suficiente y asistencia especializada.

La educación de los refugiados es una responsabilidad compartida. Comprometernos a invertir en ella y apoyarla traerá abundantes beneficios.

El año pasado, con la Declaración de Nueva York, nada menos que 193 países hicieron una promesa a los refugiados del mundo.

Ahora es el momento de cumplir esa promesa.

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