Qué nos dice la investigación sobre la infancia y el género

Children play before the start of the 27th Annual Kids Halloween Parade in Washington Square Park in New York City, U.S., October 31, 2017. REUTERS/Brendan McDermid
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Empezaré planteando dos preguntas: ¿a qué edad supiste cuál era tu género y crees que alguien tuvo que decírtelo? Soy directora de salud mental en una clínica de género de referencia en Estados Unidos. Nuestra clínica tiene cinco años y, en ese breve período, el número de familias que acuden a nosotros con preguntas sobre el género de sus hijos ha crecido de forma astronómica cada mes.

No somos los únicos. La BBC informó recientemente de que el número de menores de diez años derivados al NHS del Reino Unido para recibir ayuda con sentimientos relacionados con la transexualidad se había más que cuadruplicado en seis años.

El principal motivo por el que las familias acuden con sus hijos a nuestra clínica es que un niño o una niña dice: «Oye, te equivocas, no soy del género que crees» o «No quiero ajustarme a las reglas que veo a mi alrededor sobre cómo se supone que deben ser los niños y cómo se supone que deben ser las niñas».

Algunos de estos niños están muy angustiados por sus dilemas de género; otros se salen alegremente de las casillas de género que la cultura que los rodea trazó y rellenó para ellos. Sin embargo, todos tienen algo en común: sentimientos sobre su género. Según cómo los adultos que los cuidan ayuden a gestionar esos sentimientos, los niños se alegrarán de su «creatividad de género» o sufrirán por la discordancia entre el género que todos esperan que tengan y el que saben que tienen.

Estos sentimientos pueden manifestarse ya en el segundo año de vida, cuando una niña pequeña se quita frenéticamente las horquillas elegantes del pelo o un niño pequeño se envuelve la cabeza con una manta para crear una larga cabellera suelta. También pueden aparecer mucho más tarde. Cada niño, como cada persona, es diferente.

A todos estos niños se les habrá asignado un sexo al nacer. La mayoría siente que ese sexo asignado encaja bastante bien con ellos, pero a un número muy reducido no le ocurre así. A menudo son quienes dicen, con palabras y hechos: «Soy un niño, no una niña» o «Soy una niña, no un niño», o inventan una categoría de género que no es ni niño ni niña, sino algo intermedio.

A otros niños les parece bien el sexo que figura en su certificado de nacimiento, pero no las expectativas sobre cómo se supone que deben expresar ese género. Puede que disfruten haciendo las actividades que más les gustan, llevando la ropa que les parece más bonita y jugando con los niños con quienes se sienten más compatibles, hasta que los agentes de socialización de su entorno les ponen límites o los vigilan. Por ejemplo, un padre le dice a su hijo que no puede llevar esmalte de uñas en público o un terapeuta aconseja a los padres que retiren todos los juguetes «de niño» de su hija pequeña. A partir de ese momento, sus sentimientos pueden pasar de la jouissance (una sensación de alegría o placer sin límites) al estrés o la angustia si las personas de su entorno les transmiten con intensidad que la forma en que «expresan» su género es inapropiada e inaceptable.

Una contradicción evidente

Hoy, en el campo de la salud mental y entre el público en general, existe un debate sobre si los niños pequeños pueden llegar a saber cuál es su género a una edad temprana y si podrían cambiar de opinión con el tiempo, como ocurre con tantos otros aspectos de la vida. Irónicamente, si uno se adentra en la bibliografía occidental sobre el desarrollo del género en los niños pequeños, como los trabajos de Robert Stoller y Eleanor Maccoby, o los de Sigmund Freud antes que ellos, descubre una contradicción.

Las teorías tradicionales dan por sentado que, a los seis años, los niños conocen claramente su propio género, algo que se basa en el sexo que se les asignó al nacer, el conocimiento temprano de esa asignación, la socialización de género que les ayuda a saber cómo deben expresarlo y la comprensión cognitiva, en evolución, de la estabilidad de su identidad de género. Sin embargo, si un niño se aparta del sexo que se le asignó al nacer o rechaza las normas de género incorporadas al proceso de socialización, se supone que es demasiado pequeño para saber cuál es su género y que sufre confusión de género o un trastorno de género.

Según esta lógica, si eres «cisgénero» (tu percepción de tu género coincide con el sexo que figura en tu certificado de nacimiento), puedes saber cuál es tu género; pero si eres transgénero o no te ajustas a las normas de género, es imposible que lo sepas.

Sin embargo, una encuesta a gran escala sobre personas adultas transgénero realizada en Estados Unidos indicó que una gran proporción de quienes respondieron sabía desde pequeña cuál era su verdadero género; simplemente lo mantuvieron en secreto debido al estigma social durante su infancia. Así que podríamos decir que los niños con creatividad de género pueden saber cuál es su género, y que lo saben desde muy pequeños.

Mensajes del cerebro y la mente

Observaciones clínicas recientes y estudios de investigación, como un informe de 2013 de la Universidad VU de Ámsterdam, revelan que existe un grupo de niños pequeños que, como decimos coloquialmente, afirman sus identidades de género cruzadas de forma insistente, persistente y consistente. Esto no se basa en los genitales que perciben entre las piernas ni en la etiqueta de género que les asignan otras personas, sino en mensajes de su propio cerebro y su mente.

Se está investigando cuáles son las vías biopsicosociales que conducen a estas identidades, pero cada vez está más claro que los cromosomas y los genitales externos no son los factores determinantes para este subgrupo de niños, nuestra cohorte más joven de personas transgénero.

Quienes trabajamos desde el modelo afirmativo de género —que entiende la salud de género como la oportunidad del niño de vivir en el género que siente más auténtico— hemos desarrollado procesos de evaluación basados en el principio de que «si escuchamos a los niños, descubriremos su género. No nos corresponde decírselo, sino que son ellos quienes deben expresarlo».

Esto pone nerviosos a los adultos, pues siempre nos enseñaron que el género era un fundamento inamovible, determinado no por el niño, sino por la evaluación de los profesionales médicos que asisten el parto: pene para un niño, vagina para una niña. Es estremecedor y provoca muchísima ansiedad que voces jóvenes cuestionen ese tópico y nos digan que nos equivocamos. Y si el niño se equivoca y lo seguimos, podríamos complicar las cosas haciendo que vaya de un género a otro o tome el camino equivocado.

Con el tiempo, si no imponemos a los niños, como los mencionados, nuestras propias reacciones y sentimientos y les damos espacio para que su relato de género se despliegue, el género que saben que tienen se hará más claro. A partir de ahí, podemos darles la oportunidad de transicionar al género que sienten más auténtico, seguida más adelante de la opción de usar bloqueadores de la pubertad para detener la pubertad natal y, después, hormonas del sexo opuesto para que su cuerpo esté más en sintonía con su psique.

Si no les damos esta oportunidad, pueden sentirse frustrados, contrariados, abatidos, enojados y desinflados: sentimientos que se reflejan en los síntomas asociados con ser un niño que no se ajusta a las normas de género o que experimenta disforia de género. La raíz de esos síntomas no es el género del niño, sino las reacciones negativas del entorno ante su género.

Cuando la aceptación y el permiso para que el niño viva en el género que siente auténtico sustituyen la negación o la represión de su género no conforme, se ha observado que los síntomas disminuyen o desaparecen por completo, para gran sorpresa de quienes lo cuidan. Incluso podríamos considerar el género como la cura, en lugar de como el problema, y dar prioridad a la capacidad del niño no solo de sentir su género, sino también de saber cuál es.

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