Las investigaciones muestran que los niños más sanos y felices obtienen mejores resultados en la escuela, y que la educación es un determinante importante de la salud futura. Pero la educación no consiste solo en las clases entre las cuatro paredes de un aula. El entorno al aire libre fomenta habilidades como la resolución de problemas y la gestión de riesgos que son importantes para el desarrollo infantil.
Sin embargo, las oportunidades de que los niños accedan al entorno natural están disminuyendo. Los niños están pasando menos tiempo al aire libre debido a la preocupación por la seguridad, el tráfico y la delincuencia, así como a las inquietudes de sus padres. Los entornos modernos cuentan también con menos espacios verdes abiertos, mientras que la tecnología ha aumentado el tiempo que los niños pasan en actividades sedentarias. Por estas y otras razones, muchos consideran que las escuelas tienen, posiblemente, el mayor potencial —y la responsabilidad— de dar a los niños acceso a entornos naturales.
Sin embargo, esto no consiste solo en mejorar los recreos y las clases de educación física. En todo el Reino Unido, los docentes llevan a los niños al aire libre impartiendo clases basadas en el currículo en los terrenos escolares o en zonas cercanas. Se imparten al aire libre diversas asignaturas, como matemáticas, arte y ciencias.
Aunque no hay estadísticas oficiales sobre el alcance del aprendizaje al aire libre, los investigadores han observado que su uso está aumentando. Y aunque no forma parte de los planes de estudio del país a partir del tercer curso de primaria (desde los siete años), el Gobierno del Reino Unido respalda estas iniciativas al aire libre para todas las edades. Por ejemplo, ha invertido en el proyecto Natural Connections de la Universidad de Plymouth y en Nature Friendly Schools de The WildLife Trusts.
Sin embargo, pese al apoyo, el aprendizaje al aire libre sigue estando infrautilizado en las escuelas primarias, sobre todo en los últimos cursos, cuando los niños tienen entre siete y 11 años. Si ofrece tantos beneficios, ¿por qué no se practica con más frecuencia? Para nuestro estudio publicado recientemente, hablamos con docentes y alumnos para averiguarlo.
Aventuras escolares
Mediante entrevistas y grupos focales, preguntamos a docentes y alumnos qué opinaban sobre el aprendizaje al aire libre. Todos los participantes con quienes hablamos forman parte del proyecto HAPPEN, nuestra red de salud y educación de escuelas primarias. Estos docentes y alumnos (de entre nueve y 11 años) participan en actividades de aprendizaje al aire libre —que definimos como impartir el currículo en un entorno natural— al menos una hora por semana. En general, los participantes señalaron una amplia variedad de beneficios para el bienestar y el aprendizaje de los alumnos. Sin embargo, también existían varios desafíos.
Los alumnos sentían libertad al estar fuera de las paredes restrictivas del aula. Sentían que podían expresarse mejor y también disfrutaban de tener más libertad de movimiento. Además, dijeron que se implicaban más y que tenían una opinión más positiva de la experiencia de aprendizaje. También oímos a muchos decir que su bienestar y su memoria mejoraban. Un alumno comentó:
Cuando vamos al bosque, no nos damos cuenta de que lo estamos haciendo, pero en realidad estamos haciendo matemáticas e inglés; así, aprender resulta educativo y divertido al mismo tiempo.
Por su parte, los docentes hablaron del enfoque diferente de las clases y de cómo ayudaba a implicar a todo tipo de alumnos. También consideraban que los niños tienen derecho a estar al aire libre, especialmente cuando sus oportunidades de acceder al entorno natural son limitadas, y que las escuelas podían hacer efectivo ese derecho.
Cabe destacar que los docentes hablaron de una mayor satisfacción laboral y dijeron que sentían que eso era «justo la razón por la que me dediqué a la enseñanza». Esto es especialmente importante, ya que el bienestar docente es un factor esencial para crear entornos estables en los que los alumnos puedan aprender, y las tasas actuales de retención del profesorado son preocupantes.
Reglas y límites
Al principio, los docentes tenían dudas sobre la seguridad, pero, una vez que los alumnos se acostumbraron a aprender al aire libre como parte de sus clases, respetaron las reglas y los límites claros. Sin embargo, los docentes también nos dijeron que una de las principales razones por las que no recurrían más a menudo al aprendizaje al aire libre era la dificultad para medir y evaluar los resultados del aprendizaje. Los criterios limitados por los que se evalúa actualmente a las escuelas entran en conflicto con los beneficios más amplios que el aprendizaje al aire libre aporta a la educación y al desarrollo de habilidades de los niños. Es difícil demostrar el aprendizaje que se logra con la enseñanza al aire libre utilizando los métodos de evaluación actuales. Como dijo un docente: «Ahora hay mucha presión para aportar pruebas de cada sesión, o algo que se pueda meter en una casilla; es difícil demostrar el aprendizaje [al aire libre]».
También se señaló la financiación como un problema, ya que la ropa para actividades al aire libre, la formación docente y el equipamiento requieren recursos adicionales.
Nuestros hallazgos se suman a las pruebas de que solo una o dos horas semanales de aprendizaje al aire libre hacen que los niños se impliquen, mejoran su bienestar y aumentan la satisfacción laboral de los docentes. Si queremos que nuestros niños tengan oportunidades en las que «ni siquiera sientes que estás aprendiendo, solo sientes que estás viviendo una aventura» y que los docentes puedan «ser quienes somos, y no robots como parecía que debíamos ser», tenemos que cambiar nuestra forma de concebir las clases escolares. La enseñanza no tiene por qué seguir un formato rígido de aula: un cambio sencillo, como salir al exterior, puede aportar enormes beneficios.

