La vida es cada vez menos predecible. Desde la volatilidad política de Donald Trump y el brexit hasta los enormes cambios sociales de la globalización, se avecinan cambios drásticos y sísmicos.
La imprevisibilidad ya supone un problema para muchos, y nada indica que la situación vaya a calmarse para las generaciones futuras. Si aceptamos que la función de la educación es dotar a nuestros hijos de los mejores conocimientos, habilidades y valores para que lleven una vida próspera y feliz, ¿cómo los preparamos para un futuro que no podemos imaginar? ¿Acaso necesitamos conocimientos en un mundo de Alexa y Siri? ¿Es ahora más valiosa la capacidad de adaptación que la adquisición de conocimientos?
Hemos dado prioridad a adquirir los conocimientos que suponemos que la sociedad consideraría más «valiosos». Durante gran parte de la historia, el conocimiento estuvo arraigado en la teología: se trataba de explicar el mundo de forma sobrenatural y de considerar la bondad un principio fundamental. La revolución industrial supuso un gran alejamiento de esa visión y dio paso a una forma de maximizar el rendimiento de la inversión en un entorno centrado en la producción. En los últimos años, hemos considerado las matemáticas, la lectura y la escritura los elementos básicos para sobrevivir; las mejores herramientas para que nuestro trabajo produzca valor.
Sin embargo, ese valor se ha erosionado con los años. Las empresas se han quejado de la falta de competencias de quienes terminan la escuela, y hemos supuesto que el camino a seguir consiste en garantizar que más personas estudien durante más tiempo. Creo que los cambios del mundo exigen que preparemos a los niños de una manera totalmente distinta. Un niño de 5 años hoy se incorporará en 2030 a un mundo laboral tan incomprensible que necesitamos replantearnos de raíz los fundamentos mismos de la educación. Es la esperanza cliché de los padres paranoicos que enseñar chino prepare mejor a sus hijos para un futuro con otras estructuras de poder geopolítico, pero ¿es esencial en un mundo con el Traductor de Google? Muchos creen que enseñar a los niños a programar es la solución, pero ¿acaso pronto no será el propio software el que escriba software? Nuestra visión del futuro debe incluir más imaginación. Me asombra cuánto ha cambiado el mundo y lo poco que ha cambiado la educación. La era digital implica un mundo distinto.
Imaginemos las facultades mentales de las personas como una serie de círculos concéntricos. En el centro está la esencia misma de quienes somos: nuestros valores, nuestra forma de pensar, lo que nos importa, nuestra personalidad y nuestra conducta. Sobre esa capa se desarrollan nuestras habilidades. ¿Sabemos adaptarnos? ¿Podemos entablar relaciones? ¿Aprendemos rápido, tenemos talento para la música, se nos dan bien los idiomas, podemos ver las cosas desde distintos puntos de vista? Alrededor de todo ello desarrollamos capacidades técnicas: la recopilación de datos, el vocabulario y los procesos de la vida.
La educación actual parece enfocarse desde fuera hacia dentro. Damos prioridad al conocimiento por encima de todo. Se evalúa en los exámenes. Los mejores estudiantes son quienes recuerdan la información con más facilidad. Eso resultaba bastante útil hasta hace poco, cuando la información pasó a ser inmediata, omnipresente y abundante. En un mundo de noticias falsas, es mucho más vital poder formarse una opinión, cuestionar, evaluar y ver ambas caras de la historia que limitarse a saber cosas, absorber información y repetirla mecánicamente.
Para los niños que crecen hoy, y más aún para los de mañana, vivimos en un mundo en el que delegamos en Internet los conocimientos y las habilidades. No digo que sea una pérdida de tiempo tener buena caligrafía, aunque es más probable que interactuemos mediante la voz y los teclados, pero no estoy seguro de que sea prioritario dominarla a la perfección.
A los niños les costará comunicarse si no saben escribir correctamente, pero, con los correctores ortográficos, la traducción automática y los programas que convierten la voz en texto, quizá no sea algo a lo que haya que dedicar mucho tiempo. Las matemáticas y la lógica que conllevan son esenciales, pero tal vez debamos abordarlas desde una perspectiva más filosófica.
Son cuestiones que debemos plantearnos, más que cambios fáciles de hacer. El futuro no consiste tanto en qué eliminar como en qué volver a priorizar. Creo que hay cinco atributos clave que debemos desarrollar, valores que forman parte del núcleo de quienes somos. Se trata de un enfoque de dentro hacia fuera para formar personas sólidas, felices y equilibradas, preparadas para afrontar la era moderna.
Relaciones
Para muchos, la realidad del mundo laboral moderno no será trabajar como empleados, sino crear valor a través de las relaciones. No necesito saber programar, filmar en 360 grados ni conseguir grandes derechos musicales, pero sí necesito conocer a las mejores personas capaces de hacerlo. La educación del futuro debe centrarse en cómo garantizar que las personas puedan construir relaciones humanas duraderas y basadas en la confianza. Hay que poner freno a la situación actual, en la que los mensajes de texto sustituyen las llamadas, los correos electrónicos reemplazan las reuniones y una generación mira con indiferencia y soledad sus teléfonos, poniendo el foco en las relaciones. Tenemos que aprender a escuchar y a conversar de nuevo.
Curiosidad
Cuando los teléfonos inteligentes permiten acceder a todo, lo que limita nuestros conocimientos y la profundidad de nuestro pensamiento es la curiosidad. Esta alimenta nuestro interés y nos lleva a buscar relaciones con expertos. Si hay un atributo con el que nacemos y que, sin embargo, desaparece a medida que maduramos, es nuestra sed innata de saber más. Debemos cultivarla.
Adaptabilidad
Ni siquiera podemos empezar a imaginar cómo será una carrera profesional en 2020, y mucho menos en 2030. No tenemos idea de qué habilidades harán falta ni de qué empleos existirán; hace falta ser muy audaz para pensar que la vida será más pausada. Todos tendremos que mejorar nuestra capacidad de adaptación y nuestra flexibilidad ante el cambio. No es descabellado imaginar que alguien que hoy tiene 25 años podría desempeñar 30 trabajos distintos en varias carreras a lo largo de su vida. Podría obtener ingresos de 10 empresas al mismo tiempo. Tenemos que mejorar nuestra flexibilidad.
Creatividad
Todos y cada uno de nosotros nacemos con curiosidad y creatividad. La escuela, los amigos y los «trabajos de verdad» las diluyen en cierta medida. Podemos crear cualquier cosa, pero la imaginación es el motor de todo. La mayor fuente de valor que hemos conocido es el poder de una idea. En el futuro, debemos dar una importancia primordial a la creatividad y las ideas.
Empatía
Debemos saber cómo se siente ser diferente, cómo relacionarnos y cómo superar las expectativas, esperanzas y ambiciones de los demás. En un mundo más dividido y polarizado que nunca, tenemos que tender puentes y encontrar puntos en común. La empatía es nuestra herramienta para lograrlo.
Si fomentamos la creatividad, alimentamos la curiosidad y ayudamos a las personas a relacionarse mediante vínculos y empatía, daremos a los niños la capacidad de valerse totalmente por sí mismos. Serán capaces de adaptarse a los cambios en un mundo que aún no podemos prever.
La realidad de la era moderna es que aprendí más en un año siguiendo una cuenta de Twitter bien seleccionada que en toda mi maestría. Gracias a LinkedIn, tengo mejores relaciones que las que hice en la universidad.
No hace falta cambiarlo todo ahora, pero sí empezar a olvidar las suposiciones que hemos hecho. El futuro es más incierto que nunca, pero tenemos que ayudar a nuestros hijos a ser tan equilibrados, adaptables y autosuficientes como sea posible para que puedan prosperar en él.

