Así está cambiando la forma en que el mundo mide el éxito en la educación

Students study ahead of the entrance exam for postgraduate studies, at a library in Zhengzhou University in Zhengzhou, Henan province, China December 13, 2017. Picture taken December 13, 2017. REUTERS/Stringer ATTENTION EDITORS - THIS IMAGE WAS PROVIDED BY A THIRD PARTY. CHINA OUT. REUTERS/Stringer CHINA OUT. NO COMMERCIAL OR EDITORIAL SALES IN CHINA TPX IMAGES OF THE DAY - RC16CA98BD70
Are PISA standards due an overhaul?Image: REUTERS/Stringer
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Desde 2000, cuando la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) puso en marcha un referente académico mundial para medir los resultados de los estudiantes mediante pruebas a jóvenes de 15 años, muchos sistemas educativos del mundo se han visto afectados por lo que a veces parece y se siente como una carrera por alcanzar los primeros puestos.

Cuando la OCDE puso en marcha el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes — PISA —, la idea era permitir a los países comparar internacionalmente el rendimiento de los estudiantes mediante una métrica común o estándar, con el fin de aumentar el capital humano. En otras palabras, un mayor rendimiento académico debería correlacionarse con los ingresos futuros y el nivel de vida de un país. Según señala PISA, los resultados de la prueba se publican un año después de que los estudiantes la realizan, para ayudar a los gobiernos a definir sus políticas educativas.

A medida que PISA se ha desarrollado, a través de siete rondas mundiales de evaluación cada tres años, la primera en 2000 y la más reciente en 2018, para algunos se ha ganado la reputación de ser las «Olimpiadas de la educación» dada la amplia atención que reciben las clasificaciones de los países tras la publicación de los resultados.

Investigaciones interculturales recientes indican que la influencia de PISA está creciendo en todo el mundo. De hecho, en países como Alemania y Canadá se han desarrollado sistemas de evaluación que imitan la prueba PISA. Además, los gobiernos consideran los resultados de PISA junto con otras medidas de resultados sociales, como la equidad educativa y la movilidad social o el éxito de los inmigrantes.

Ahora, en parte ante las críticas, PISA estudia ampliar cómo y qué evalúa. En conjunto, es probable que los cambios de PISA impulsen un cambio en las prioridades de los gobiernos nacionales, sobre todo porque los países están interesados en lograr buenos resultados y ocupar los primeros puestos.

A medida que avanza este proceso, los responsables de formular políticas deben recordar que las consecuencias sociales de una prueba son tan importantes como su contenido. Sin duda, dar una nueva imagen a PISA presentará diversas oportunidades y desafíos.

Image: OCDE

Qué evalúa PISA ahora

Hasta la fecha, PISA se ha limitado a lo que suele denominarse el aspecto «cognitivo» del aprendizaje, centrándose en la lectura, las matemáticas y la competencia científica. Además de responder las preguntas de la prueba, los estudiantes y los directores de los centros escolares rellenan cuestionarios para proporcionar información contextual sobre las características de los estudiantes y del entorno escolar que pueden asociarse con un rendimiento más o menos favorable.

Los países que destacan en las pruebas PISA, como Finlandia, un país con menos de seis millones de habitantes, han llegado a ser considerados por los responsables de formular políticas como una «sociedad de referencia mundial» — un ideal al que aspirar — debido a sus buenos resultados en las clasificaciones de PISA.

Los países o jurisdicciones asiáticos, como Singapur, Hong Kong (China) y Japón, suelen obtener sistemáticamente resultados excepcionales en PISA y, por ello, reciben mucha atención de otros países que desean emular su éxito mediante la adopción de sus políticas. Por ejemplo, Inglaterra envió en avión a profesores a China para estudiar la enseñanza de las matemáticas.

Sin embargo, incluso cuando los países se esfuerzan por mantenerse al día y preparar a los estudiantes para PISA, han surgido críticas, como suele ocurrir con cualquier prueba a gran escala que tiene consecuencias importantes. Algunos responsables de formular políticas, educadores e investigadores denuncian que mantenerse al día con las clasificaciones impulsa un énfasis en un conjunto limitado, en lugar de amplio, de aspectos medibles de la educación. Las interpretaciones simplistas de las clasificaciones de los países y de las lecciones de política pueden usarse fácilmente para promover reformas rígidas.

Quizá la oposición más notable a PISA se expresó en una carta abierta publicada en The Guardian con el titular «Las pruebas de la OCDE y PISA perjudican la educación en todo el mundo — académicos», firmada por un grupo de más de 80 académicos de renombre internacional.

Está claro que la OCDE ha estado al tanto de las críticas a PISA. En 2015 y 2018, la prueba abarcó, respectivamente, nuevas áreas: la resolución colaborativa de problemas y la competencia financiera, y luego la competencia global. En 2015, la OCDE también cambió el modelo en el que se basaban las puntuaciones anteriores de PISA, con el objetivo de reducir el error de medición.

Declaraciones más recientes de Andreas Schleicher, director de PISA, apuntan a cambios importantes en el horizonte, porque el mundo moderno no nos recompensa por lo que sabemos, sino por «cómo aplicamos el conocimiento».

Schleicher reconoció recientemente que «PISA, en este momento, ofrece una imagen parcial de lo que es importante». Sin embargo, es probable que las futuras innovaciones en las pruebas fracasen si los gobiernos las adoptan de manera prescriptiva.

No se trata de «volver a lo básico»

En la siguiente ronda, en 2021, PISA abordará el pensamiento creativo e intentará encontrar formas de evaluar —y de que los estudiantes evalúen— la flexibilidad de pensamiento y hábitos creativos, como la curiosidad y la perseverancia. El equipo de PISA también está desarrollando una forma de evaluar el aprendizaje digital de los estudiantes, que debería estar lista a tiempo para la evaluación de 2024.

Hace poco, y con cierta ironía, Singapur, el país mejor clasificado del mundo en las pruebas PISA, acaparó la atención cuando su ministro de Educación anunció que reduciría las pruebas en el país para intentar encontrar un equilibrio con la «alegría de aprender».

En conjunto, estas declaraciones van en cierta medida en contra de una agenda dominante de reformas basadas en estándares que desde finales de la década de 1980 y principios de la de 1990 ha hecho hincapié en «volver a lo básico» en matemáticas y lengua, primero en el Reino Unido y luego en Estados Unidos.

¿Aprendizaje y adopción de políticas?

La OCDE ha insistido en la consigna «mejores políticas para una vida mejor». En general, los responsables de formular políticas han coincidido en gran medida con la postura de Schleicher de que PISA puede ayudar a facilitar mejoras en los sistemas de educación pública a partir de las lecciones aprendidas de los países o economías con mejores resultados.

Sin embargo, hay que recordar que las políticas educativas de los países con alto rendimiento no se trasladan de un país a otro sin tener en cuenta los contextos nacionales y culturales. Más bien, las innovaciones y los cambios en la educación requieren que los docentes dispongan de tiempo y oportunidades para volver a formarse a la luz de los conocimientos más recientes sobre cómo sacar lo mejor de los niños.

La OCDE tendrá que responder a las críticas anteriores y ofrecer mayor transparencia sobre los nuevos instrumentos de evaluación y las decisiones tomadas para establecer las clasificaciones. Esto último no es un desafío menor, ya que el futuro enfoque de PISA se basa en temas que parecen más difíciles de evaluar que las matemáticas, las ciencias o la lectura.

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