Tras medio siglo de abandono bajo el régimen militar, el sistema educativo de Myanmar se ha venido abajo. Las perspectivas de sostener la frágil transición política del país dependen no solo de resolver la crisis rohinyá en el estado de Rakáin, sino también de los avances del país para garantizar que todos los estudiantes tengan acceso a escuelas de calidad.
Ginebra – La violencia que ha asolado el estado de Rakáin, en Myanmar, pone de relieve los desafíos que afronta el país en su accidentado camino del régimen militar a la democracia. El país atraviesa una profunda crisis y se necesitan medidas urgentes para evitar más violencia y ayudar al enorme número de refugiados y desplazados internos. Para abordar los desafíos políticos, socioeconómicos y humanitarios que ha avivado la crisis, la Comisión Asesora sobre el Estado de Rakáin, presidida por Kofi Annan, recomienda actuar de manera urgente y sostenida en varios frentes para prevenir la violencia, mantener la paz y fomentar la reconciliación.
Aunque la atención mundial se ha centrado, con razón, en cómo poner fin a los ataques contra los rohinyás musulmanes, muchas otras reformas más sistémicas son esenciales para la estabilidad de Myanmar a largo plazo. La reforma educativa es una de las más importantes.
A finales de agosto estuve en Naypyidaw, la nueva capital de Myanmar, con la Comisión Internacional para la Financiación de la Educación Mundial. La Comisión de Educación, como se nos conoce, estaba allí para presentar los resultados de nuestro último informe, La generación del aprendizaje, y compartir ideas con los dirigentes del país sobre cómo financiar la educación y mejorar sus resultados. Nos reunimos con Aung San Suu Kyi, la dirigente de facto del Gobierno, y con Myo Thein Gyi, ministro de Educación.
Nuestras conversaciones fueron cordiales y productivas. Al final, coincidimos en lo siguiente: sostener la transición política de Myanmar depende de mejorar su sector educativo.
Para muchos dirigentes de Myanmar, su país es una potencia económica en ciernes. Con unos 53 millones de habitantes, cuenta con abundantes minerales, gas natural y tierras de cultivo fértiles, y ocupa una ubicación estratégica entre India y China. Sobre todo, Myanmar posee un gran potencial humano, con una fuerza laboral diversa y joven —la edad mediana es de apenas 28 años—, dispuesta a impulsar el país. Lo que le falta a Myanmar son las escuelas necesarias para formarla.
Antes de que se impusiera el régimen militar en 1962, el sistema educativo de Myanmar era uno de los mejores de Asia. Durante el siguiente medio siglo, las escuelas quedaron abandonadas y con financiación insuficiente. Privado de recursos y docentes, el sistema se deterioró. El aprendizaje memorístico sustituyó al pensamiento crítico y menoscabó la creatividad. Hoy, aunque algunos niños han vuelto a las aulas, la asistencia sigue siendo baja en muchas zonas del país y la calidad de la enseñanza es deficiente, lo que contribuye a las altas tasas de abandono escolar.
Además de estas deficiencias, Myanmar afronta graves desafíos humanos, como la pobreza endémica, malos indicadores de salud y la falta de infraestructura básica. Entre los países de la ASEAN, Myanmar tiene la esperanza de vida más baja y la segunda tasa más alta de mortalidad infantil.
Mejorar el sistema educativo de Myanmar y, al mismo tiempo, abordar sus demás problemas no será fácil. Pero es posible. Vietnam y Corea del Sur ofrecen ejemplos inspiradores de países que transformaron sus sistemas educativos en una generación. Como señaló durante nuestra visita Lee Ju-ho, exministro de Educación de Corea del Sur y miembro de la comisión, enseñar a los jóvenes a pensar de forma crítica lleva tiempo, pero los resultados pueden generar importantes efectos indirectos en la economía del conocimiento de un país.
Consciente de estos beneficios, Myanmar ha situado la educación en el centro de su programa de reformas. Ya está en marcha una de las prioridades: mejorar la inclusión. Por ejemplo, el Gobierno trabaja actualmente para fomentar la enseñanza en más lenguas locales —en Myanmar se hablan más de 100— en las zonas rurales. Además, el Gobierno aumentó su presupuesto educativo del apenas 0,7 % del PIB en 2011 al 2,1 % del PIB en 2014. Aunque el gasto sigue muy por debajo del promedio regional del 3,6 % del PIB, la financiación avanza en la dirección correcta.
Sin duda, queda mucho por hacer. El recientemente concluido Plan Estratégico Nacional de Educación del Gobierno establece un ambicioso plazo de cinco años para mejorar «los conocimientos, las habilidades y las competencias» de todos sus estudiantes. La Comisión Asesora sobre el Estado de Rakáin recomienda que todas las comunidades tengan igual acceso a la educación. La Comisión de Educación respalda estas recomendaciones. Como señaló Suu Kyi durante nuestra conversación, la educación desempeñará un papel cada vez más importante en la reducción de la pobreza y la promoción de la paz. También indicó que, para que los integrantes de la generación actual se conviertan en miembros productivos de la sociedad, deben recibir formación en comprensión cultural y ética.
En este difícil período de transición política, la educación inclusiva puede contribuir a consolidar la democracia de forma pacífica. Como demuestra claramente la crisis del estado de Rakáin, las divisiones étnicas e ideológicas están muy arraigadas en Myanmar, y una educación accesible y de calidad quizá sea el único medio para cultivar un sentido común de identidad compartida. Además, una mejor formación en competencias básicas también puede, en última instancia, impulsar el crecimiento económico y aumentar el bienestar social.
La lista de desafíos que afrontan los dirigentes de Myanmar es larga, y superar la mayoría no será rápido ni fácil. Pero garantizar que ningún niño pierda la oportunidad de aprender debe figurar entre las principales prioridades del país.

