Desde la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, hay 180 millones más de niñas inculcadas en la escuela.
Todavía queda un largo camino para alcanzar una verdadera igualdad de género en la educación, escribe Manos Antoninis, director del Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo de la UNESCO.
Por ejemplo, el 75 % de los niños en edad de cursar la educación primaria que no asistían a la escuela en 2018 son mujeres jóvenes.
En la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, los participantes se comprometieron a promover los derechos de las mujeres y las niñas en todas partes. Parte de ese compromiso, recogido en la histórica Declaración y Plataforma de Acción de Pekín, consistía en garantizar la educación de todas las niñas. Un reciente estudio del Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo de la UNESCO examina si se ha cumplido esa promesa.
Veinticinco años después de la conferencia, y justo después del Día Internacional de la Niña el 11 de octubre, la buena noticia es que hay 180 millones más de niñas matriculadas en educación primaria y secundaria que en 1995, y que más niñas que nunca permanecen en la escuela y se gradúan. También hay buenas noticias en la educación terciaria: en esta generación, tres veces más mujeres estudian en la universidad que en la anterior. En Marruecos, por ejemplo, a principios de los años noventa solo había 30 mujeres matriculadas por cada 100 hombres; hoy existe paridad.
Los resultados importan tanto como el acceso. En este aspecto, se ha avanzado de forma significativa. En más del 50 % de los países de ingreso medio y alto, las niñas obtienen los mismos resultados que los niños en matemáticas, y los superan en el 25 % de esos países.
Pero las niñas más pobres siguen quedándose atrás. De los 59 millones de niños en edad de cursar la educación primaria en todo el mundo que no asistían a la escuela en 2018, 12 millones —el 75 % de ellos niñas— nunca habían pisado un aula y es poco probable que lo hagan algún día. En más de 20 países, la mayoría de ellos en África subsahariana, casi ninguna niña pobre de zonas rurales llegará a graduarse en la educación secundaria superior.
Para los más marginados, las escuelas siguen siendo entornos inseguros en los que prevalecen el acoso verbal y sexual, los abusos y la violencia. En muchos lugares, las altas tasas de embarazo mantienen a menudo a las niñas fuera de la escuela, perpetuando el ciclo de la pobreza. Aunque la prevalencia del embarazo precoz se redujo en un tercio entre las niñas de 15 a 19 años entre 1995 y 2020, las tasas de embarazo precoz siguen siendo elevadas, especialmente en África subsahariana, donde una de cada cuatro niñas de 18 años ya son madres.
También es fundamental que la educación integral en sexualidad se introduzca en todas las escuelas. Este tipo de orientación no solo ayuda al alumnado a resistirse a la presión de sus compañeros para participar en la violencia o aceptarla, sino que también contribuye a reducir los embarazos precoces. En los últimos años se han registrado avances prometedores, como la decisión de Sierra Leona, tomada en marzo, de revocar la prohibición de que las niñas embarazadas asistan a la escuela. Sin embargo, dos países siguen aplicando una prohibición a las niñas embarazadas y a las madres jóvenes en la educación: Guinea Ecuatorial y Tanzania.
Otras barreras son menos graves, pero también frenan a las niñas. Pensemos en Rabia Nusrat, que quiso estudiar ingeniería desde que era niña en Pakistán. Pese a que sus padres la instaron a elegir una asignatura menos dominada por hombres, ella insistió y hoy es la primera de su familia y de su comunidad en completar una titulación en ingeniería en Pakistán. Pero no todas las niñas son igual de perseverantes, y la realidad es que no hay suficientes docentes y orientadores profesionales formados para corregir el desequilibrio de género en las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. En los países de la OCDE, solo se espera que el 14 % de las niñas con mejores resultados en ciencias o matemáticas trabajen en ciencia e ingeniería, frente al 26 % de los niños con mejores resultados.
Los libros de texto escolares también perpetúan normas de género que frenan a las niñas. A menudo, el texto y las imágenes representan a las mujeres en funciones tradicionales relacionadas con el hogar y en ocupaciones de menor prestigio, mientras que los hombres aparecen como líderes poderosos. Estos estereotipos arcaicos no tienen cabida en los materiales didácticos actuales y deberían eliminarse.
El informe de la UNESCO también destaca la importancia de que haya más mujeres en puestos de liderazgo en el sector docente. La docencia es una profesión feminizada, lo que perpetúa normas de desigualdad de género en relación con las oportunidades en el mercado laboral. Aun así, el techo de cristal también es una realidad incluso en este ámbito. En 48 países de ingreso medio y alto, existe una brecha de género de 20 puntos porcentuales entre los docentes y los directores de centros de educación secundaria inferior. El liderazgo femenino no se traduce automáticamente en mejoras para las niñas, pero las líderes pueden cambiar las normas sociales y de género mediante la legislación y las políticas, y actuando como modelos visibles para las niñas.
El próximo año, los gobiernos del mundo firmarán una nueva declaración sobre los derechos de una nueva generación de mujeres en el Foro Generación Igualdad. La educación merece un lugar central en esta nueva declaración, porque las niñas siguen teniendo más probabilidades de sufrir las formas más graves de exclusión, sobre todo ahora que la COVID-19 amenaza con llevar las desigualdades a los extremos.
Es importante celebrar los avances logrados hasta ahora. Pero también debemos recordar cuánto queda por hacer para alcanzar una verdadera igualdad de género en la educación y a través de ella.
