Soy uno de los ganadores del Premio Nobel de Ciencias Económicas de este año, lo que me hace ser muy consciente de las críticas al premio por parte de quienes afirman que la economía –a diferencia de la química, la física o la medicina, para las que también se conceden premios Nobel– no es una ciencia. ¿Tienen razón?
Un problema de la economía es que está necesariamente centrada en las políticas, en lugar de en el descubrimiento de los fundamentos. A nadie le importan realmente los datos económicos salvo como guía para la política: los fenómenos económicos no tienen para nosotros la misma fascinación intrínseca que las resonancias internas del átomo o el funcionamiento de las vesículas y otros orgánulos de una célula viva. Juzgamos la economía por lo que puede producir. Así, la economía se parece bastante más a la ingeniería que a la física, y es más práctica que espiritual.
No existe un Premio Nobel de ingeniería, aunque debería existir. Es cierto que el premio de química de este año se parece un poco a un premio de ingeniería, porque se concedió a tres investigadores –Martin Karplus, Michael Levitt y Arieh Warshel– “por el desarrollo de modelos multiescala de sistemas químicos complejos” que sustentan los programas informáticos que hacen funcionar el hardware de resonancia magnética nuclear. Pero la Fundación Nobel se ve obligada a examinar mucho más material práctico y aplicado de este tipo cuando considera el premio de economía.
El problema es que, una vez que nos centramos en la política económica, entra en juego mucho de lo que no es ciencia. La política se involucra, y el postureo político recibe generosas recompensas en forma de atención pública. El Premio Nobel está diseñado para premiar a quienes no recurren a trucos para llamar la atención y que, en su sincera búsqueda de la verdad, podrían ser de otro modo ignorados.
¿Por qué se llama premio en “ciencias económicas” y no simplemente “economía”? Los demás premios no se otorgan en las “ciencias químicas” ni en las “ciencias físicas”.
Los campos de actividad que usan “ciencia” en sus títulos tienden a ser aquellos que involucran emocionalmente a masas de personas y en los que los charlatanes parecen tener cierta influencia en la opinión pública. Estos campos incluyen “ciencia” en sus nombres para distinguirse de sus primos desacreditados.
El término ciencia política se popularizó por primera vez a finales del siglo XVIII para distinguirla de todos los escritos partidistas cuyo propósito era ganar votos e influencia en lugar de buscar la verdad. La ciencia astronómica era un término común a finales del siglo XIX, para distinguirla de la astrología y del estudio de los antiguos mitos sobre las constelaciones. La ciencia hipnótica también se utilizó en el siglo XIX para distinguir el estudio científico del hipnotismo de la brujería o del trascendentalismo religioso.
Había necesidad de tales términos en aquella época, porque sus homólogos charlatanes tenían mucha mayor influencia en el discurso general. Los científicos tenían que presentarse como tales.
De hecho, incluso el término ciencia química gozó de cierta popularidad en el siglo XIX, una época en la que el campo buscaba distinguirse de la alquimia y de la promoción de remedios milagrosos. Pero la necesidad de usar ese término para distinguir la verdadera ciencia de la práctica de los impostores ya estaba desapareciendo cuando se pusieron en marcha los Premios Nobel en 1901.
De manera similar, los términos ciencia astronómica y ciencia hipnótica desaparecieron en gran medida a medida que avanzaba el siglo XX, quizá porque la creencia en lo oculto perdió fuerza en la sociedad respetable. Sí, los horóscopos siguen presentes en los periódicos populares, pero solo están ahí para quienes tienen un déficit científico severo o para entretener; la idea de que las estrellas determinan nuestro destino ha perdido toda vigencia intelectual. Por tanto, ya no hay necesidad alguna del término “ciencia astronómica”.
Los críticos de las “ciencias económicas” a veces se refieren al desarrollo de una “pseudociencia” de la economía, y sostienen que utiliza los oropeles de la ciencia, como las matemáticas densas, pero solo para epatar. Por ejemplo, en su libro de 2004 Fooled by Randomness, Nassim Nicholas Taleb dijo sobre las ciencias económicas: “Se puede disfrazar el charlatanismo bajo el peso de las ecuaciones, y nadie puede descubrirte, ya que no existe nada parecido a un experimento controlado.”
Pero la física tampoco está libre de tales críticos. En su libro de 2004 The Trouble with Physics: The Rise of String Theory, The Fall of a Science, and What Comes Next, Lee Smolin reprochó a la profesión de física que se dejara seducir por teorías bellas y elegantes (en particular, la teoría de cuerdas) en lugar de por aquellas que pueden ponerse a prueba mediante la experimentación. De manera similar, en su libro de 2007 Not Even Wrong: The Failure of String Theory and the Search for Unity in Physical Law, Peter Woit acusó a los físicos de cometer prácticamente el mismo pecado que se atribuye a los economistas matemáticos.
Mi opinión es que la economía es algo más vulnerable que las ciencias físicas a modelos cuya validez nunca quedará clara, porque la necesidad de aproximación es mucho mayor que en las ciencias físicas, especialmente dado que los modelos describen a personas y no resonancias magnéticas o partículas fundamentales. Las personas pueden simplemente cambiar de opinión y comportarse de manera completamente diferente. Incluso tienen neurosis y problemas de identidad, fenómenos complejos que el campo de la economía conductual considera cada vez más relevantes para comprender los resultados económicos.
Pero no todas las matemáticas de la economía son, como sugiere Taleb, charlatanismo. La economía tiene un componente cuantitativo importante, del que no puede escapar. El reto ha sido combinar sus conocimientos matemáticos con los ajustes necesarios para que sus modelos encajen con el elemento irreductiblemente humano de la economía.
El avance de la economía conductual no entra fundamentalmente en conflicto con la economía matemática, como algunos parecen creer, aunque bien podría estar en conflicto con algunos modelos económicos matemáticos actualmente de moda. Y, aunque la economía plantea sus propios problemas metodológicos, los desafíos básicos a los que se enfrentan los investigadores no son fundamentalmente distintos de los que afrontan los investigadores de otros campos. A medida que la economía evolucione, ampliará su repertorio de métodos y fuentes de evidencia, la ciencia se fortalecerá y los charlatanes quedarán al descubierto.
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Autor: Robert J. Shiller, premio Nobel de Economía de 2013, es catedrático de Economía en la Universidad de Yale.
Imagen: Billetes de euro junto a una calculadora. REUTERS/Dado Ruvic.


