Hace unas semanas la Iglesia católica celebró el 50.º aniversario del Concilio Vaticano II, el esfuerzo histórico promovido por Juan XXIII en 1962 para renovar y unir la Iglesia y fomentar el diálogo de la Iglesia con el mundo contemporáneo. En aquel momento, la idea del Vaticano II era encontrar una nueva forma de ecumenismo para que la Iglesia respondiera a las necesidades de un mundo que había cambiado drásticamente y siguiera prosperando en su misión.
A principios de este año, Rafael Reif, el nuevo presidente del MIT, pronunció un poderoso discurso de investidura centrado en el épico desafío y la oportunidad que enfrentan la educación superior y la investigación en un momento en que el cambio tecnológico hace la educación más accesible y barata. Esto desafía el modelo del campus residencial y pone a la universidad tradicional bajo presión.
“Scherza coi fanti ma lascia stare i santi” (Juega con los soldados, pero deja en paz a los santos), reza un proverbio tradicional. No obstante, dejando claro que hablamos con respeto desde esferas de verdad distintas, existe cierto grado de similitud entre la Iglesia y la universidad como organizaciones. Ambas son organizaciones muy antiguas y jerárquicas que han prosperado durante siglos, de hecho durante milenios, influyendo en individuos, otras organizaciones y en la sociedad en general.
En 1962, unas 2.500 personas se unieron al Concilio Vaticano II en Roma, entre ellas cardenales y obispos de todo el mundo, junto con líderes de otras iglesias y del público en general. Quizá sea hora de un concilio similar para la universidad.
Imaginemos, pues, si se quiere, un primer “Consejo Universitario” para hacer prosperar la educación superior y la investigación en el siglo XXI. Dicho consejo debería aprovechar la oportunidad –en lugar de afrontar el riesgo– de la revolución de las TIC para actualizar y transformar la institución. Los creadores y difusores de conocimiento de todo el mundo –las poderosas universidades norteamericanas, las tradicionales del Reino Unido y las mejores de la Europa continental, Asia, América Latina y África– podrían reunirse para debatir las cuestiones más fundamentales. Nuevos actores, como los proveedores de educación en línea y las universidades corporativas, también serían invitados al consejo, junto con representantes clave del sector público y privado.
Forzando la comparación, incluso el esquema del Vaticano II podría ser una referencia útil. La comisión del Concilio para la liturgia se convertiría en la comisión sobre la clase, que probablemente abordaría la combinación de formatos presenciales y en línea, así como nuevos enfoques para la enseñanza y la experiencia del campus. El equivalente a una comisión teológica abordaría cuestiones fundamentales de la creación y difusión del conocimiento, incluido quién es un proveedor legítimo de conocimiento. Y del mismo modo que la Iglesia examinó la gobernanza, así debería hacerlo dicho Consejo Universitario para debatir un código de conducta de los académicos, el papel de los no académicos en la comunidad universitaria, los responsables de políticas, los empleadores, etc.
En última instancia, dicho Consejo Universitario debería ofrecer una oportunidad para promover un ecumenismo y una agenda en lo que se refiere a la búsqueda de la verdad científica, la difusión del conocimiento, la promoción de la paz, el desarrollo económico y, en última instancia, la libertad.
Autor: Michele Petochi es director de Redes Académicas del Foro Económico Mundial.
Imagen: Perfil de estudiantes ocupando sus asientos para la ceremonia de graduación en la Universidad de Harvard en Cambridge REUTERS/Brian Snyder

