La activista feminista Caroline Criado Perez publicó un último libro imprescindible, aunque indignante. Puede parecer irónico que la figura central de Mujeres invisibles: descubriendo el sesgo de datos en un mundo diseñado para los hombres sea un hombre, pero Perez sostiene de forma convincente que el «hombre por defecto» es la figura en torno a la cual está diseñado nuestro mundo.
Por desgracia, el hombre por defecto también ocupa el lugar de «ser humano», con consecuencias para las mujeres que van desde las molestas (colas más largas para ir al baño, teléfonos que no caben en nuestras manos) hasta las potencialmente mortales (ropa de protección que no protege, diagnósticos erróneos de infartos).
El análisis de Perez es amplio y convincente y, por muy familiarizado que uno crea estar con los efectos distorsionadores de la mentalidad del hombre por defecto, encontrará ejemplos que volverán a indignarlo.
¿Sabían que (yo no lo sabía) la contaminación del aire en interiores es, en todo el mundo, el mayor factor de riesgo ambiental de mortalidad femenina y la principal causa de muerte entre los menores de cinco años? ¿Y que los humos tóxicos de las cocinas son uno de los principales factores contribuyentes? Como las mujeres suelen asumir la mayor parte del trabajo doméstico y del cuidado de los niños, esto significa que los roles de género literalmente las están matando. Lo extraordinario del libro es que hace preguntarse cómo es posible no haber sabido esto.
El poder de la información
Este libro trata sobre cómo se crea, comparte y reproduce el conocimiento, y desafía a los lectores a reflexionar sobre los límites de lo que sabemos y a buscar nuevas formas de conocer. Quizá no debería sorprender que la autoridad de la propia Perez sea objeto de constantes ataques por parte de hombres que hacen una búsqueda rápida en Google para rebatir años de investigación. El trabajo de Safiya Umoja Noble sobre los algoritmos de opresión podría haberles advertido de lo absurdo que es usar Google como autoridad en estos temas.
Las experiencias de Perez como feminista bajo el escrutinio público ponen de manifiesto la doble cara de la visibilidad para las mujeres: es la mujer que recibió amenazas de muerte y violación por sugerir que el Banco de Inglaterra incluyera a una mujer en un billete.
En cierto sentido, es alentador que los costes de la visibilidad de las mujeres en la vida pública sean cada vez más visibles, como muestra la reciente investigación de Amnistía sobre la toxicidad de Twitter. Pero es difícil sentirse alentado cuando los abusos continúan.
El hombre por defecto contamina el propio lenguaje que usamos para hablar de estos temas. La académica feminista del derecho Catharine MacKinnon expuso este argumento de manera brillante en The New York Times. Afirmó que la campaña #MeToo había logrado lo que la ley no pudo: creer y valorar a mujeres que habían sufrido agresiones sexuales y a quienes antes se había desacreditado y menospreciado. MacKinnon también señaló que los tribunales son «rígidos y menos ágiles que la cultura», y que aún queda mucho por hacer:
Las normas jurídicas sobre represalias —uno de los mayores temores que impiden denunciar— deben cambiar para proteger [a las mujeres que denuncian delitos]. En el plano cultural, todavía se dice que las mujeres «alegan» o «afirman» que sufrieron una agresión sexual. Los acusados «niegan lo que se alegó». ¿Y si cambiáramos el énfasis y dijéramos que las supervivientes «denuncian» y que los acusados «alegan» o «afirman» que no ocurrió?
El argumento de MacKinnon es que la propia forma en que hablamos de estos temas está sesgada: favorece al hombre acusado y presenta como sospechosas las denuncias de las mujeres. El cambio de énfasis que propone sigue dejando claro que estas denuncias son objeto de controversia, pero ya no privilegia el punto de vista masculino.
La manera de escribir sobre la violencia de los hombres contra las mujeres resulta especialmente perniciosa en este sentido. Por ejemplo, hace poco, en el Reino Unido, Level Up —una organización que hace campaña para acabar con el sexismo contra las mujeres— presionó con éxito a la Organización Independiente de Normas de Prensa para que publicara directrices sobre cómo informar de los homicidios domésticos y evitar los horribles clichés que suelen abundar en las noticias sobre hombres que asesinan a las mujeres con quienes mantienen una relación.
Todos conocemos el relato: hombres «buenos» que simplemente «perdieron los estribos» ante una supuesta falta, cuyos antecedentes de maltrato doméstico se mencionan solo de pasada. Como sostienen con firmeza organizaciones feministas como Zero Tolerance, los periodistas pueden y deben hacerlo mejor.
Tomar conciencia
Pero una de las lecciones más poderosas del libro de Perez es hasta qué punto gran parte de este sesgo es inconsciente, de modo que todos estamos contagiados por él. El feminismo consiste en desaprenderlo, pero es un proceso continuo para todos nosotros.
Así que, aunque aprendí muchísimo con el libro de Perez, también me estremecí al leer que la planificación urbana «no tiene en cuenta el riesgo de que las mujeres sufran agresiones sexuales». En esa frase reconocí ecos de un relato de culpabilización de la víctima que pregunta qué deberíamos hacer para evitar sufrir agresiones sexuales, en vez de qué deberían hacer los hombres para evitar agredir sexualmente a otras personas.
Al mismo tiempo, el propio libro se sustenta en una gran cantidad de trabajo con perspectiva de género que solo es parcialmente visible. Perez fundamenta rigurosamente sus afirmaciones a lo largo del texto, pero sus notas finales suelen remitir a enlaces web en lugar de citas bibliográficas completas (que hacen referencia a una fuente publicada para reconocer específicamente el trabajo de otras personas).
¿De verdad importan las prácticas de citación? Sí, según el capítulo de Perez, «El mito de la meritocracia». Allí señala tanto que se cita sistemáticamente menos a las mujeres que a los hombres como que las académicas tienen más probabilidades que sus colegas varones de cuestionar en sus trabajos la mentalidad que toma al hombre como norma. En este contexto, no mencionar a tantas investigadoras cuyo trabajo sirve de base al libro supone el riesgo de perpetuar el problema.
Porque eso es lo que pasa con el hombre por defecto: está en la cabeza de todos.

