Cómo pueden adaptarse las universidades para construir un futuro mejor

Cómo pueden adaptarse las universidades para construir un futuro mejor
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Las universidades tienen tres «misiones». Las dos primeras son la docencia y la investigación. La tercera recibe muchos nombres: compromiso con la comunidad, servicio público, intercambio de conocimiento o, a veces, la periferia emprendedora.

Pero la idea de que las universidades deben servir al bien público se ha visto sometida a tensiones en los últimos años. El coste de gestionar las universidades ha superado el crecimiento de las subvenciones públicas. La tendencia del «pago por uso» está en aumento.

Al mismo tiempo, las matrículas de estudiantes se disparan, especialmente en Asia y en el África subsahariana.

Los académicos se dedican por completo a cumplir las dos primeras misiones fundamentales de las universidades, por lo que rara vez resulta práctico pedirles que dediquen atención sostenida a proyectos centrados en problemas que se desarrollan más allá de los muros de sus instituciones.

Pero, ante los desafíos cada vez más complejos que enfrenta la sociedad en su conjunto, ¿no deberían las universidades modificar algunas de sus actividades para que el servicio público deje de ser un asunto secundario?

Los problemas perversos requieren un pensamiento diferente

Los dilemas actuales son cada vez más multifacéticos. La amplitud de su impacto no tiene precedentes. La sociedad humana adquiere un tamaño y una fluidez que, en muchos aspectos, escapan al control regulatorio convencional.

Esto significa que las crisis actuales de la economía, el medio ambiente, la migración, la desigualdad, los conflictos y las enfermedades tienen ramificaciones que no existían hace 50 años. El colapso económico de 2008, el fundamentalismo militante, las crisis de refugiados y el cambio climático son ejemplos inmediatos.

Estos desafíos suelen asociarse a cuestiones de sostenibilidad y resiliencia. Tienen dimensiones tanto tecnológicas como sociales y requieren cambios sistémicos en la sociedad. Casi siempre implican también cuestiones de justicia social.

Por lo general, abordar este tipo de desafíos requiere enfoques multidisciplinares o transdisciplinares desde el interior de las universidades. Ellas no pueden hacerlo solas: los gobiernos, la sociedad civil y la industria deben implicarse junto con las instituciones de educación superior.

Existen varias medidas que pueden adoptarse para que este ámbito vital de trabajo colaborativo tenga más éxito en el futuro.

Recalcular el valor

Las universidades necesitan desarrollar plataformas organizativas dedicadas a investigar problemas complejos de sostenibilidad y resiliencia. Estas deberían estar orientadas, por lo general, a la participación multidisciplinar y al compromiso con socios externos.

Ya existen en pequeños focos. El trabajo del Gauteng City Region Observatory y de la Agincourt Health Transitions Research Unit de la Universidad de Witwatersrand, por ejemplo, demuestra cómo la investigación longitudinal sostenida puede aportar valor e informar las opciones de política pública.

Estas plataformas deberían estructurarse para abordar temas durante periodos prolongados, porque así es como se acumulan una experiencia profunda y bases de datos potentes. Es una paradoja, pero la organización orientada al largo plazo es la que mejor puede responder con agilidad a demandas que requieren una respuesta rápida. Esto se debe a que cuentan con recursos de conocimiento profundos y duraderos.

Las universidades deberían identificar las plataformas temáticas que mejor pueden sostener. Para ello, deben partir de sus fortalezas intelectuales de nicho distintivas –por ejemplo, la atención sostenida a un ámbito concreto por parte de varias disciplinas, como la minería, las ciudades o la desigualdad socioeconómica.

Es también fundamental elaborar un nuevo contrato social que valore adecuadamente lo que las universidades aportan a la sociedad. Los titulados cualificados y la investigación rigurosa contribuyen enormemente a la sociedad, algo que desde hace mucho tiempo se ha infravalorado.

Considere el valor empresarial que un ingeniero o un contable colegiado aporta a la industria a lo largo de su vida profesional. ¿Y qué decir del valor económico de los cambios tecnológicos derivados de la investigación básica y aplicada? Además, está el valor para el bienestar social que surge de una amplia gama de disciplinas, desde las ciencias de la salud hasta las artes.

Necesitamos un cálculo más lúcido que muestre los beneficios de invertir en personas talentosas y en conocimiento sólido. Tanto las arcas públicas como las profundas reservas de capital acumulado deben replantearse cómo proveer para el futuro.

Las soluciones basadas en la evidencia para nuestros dilemas sistémicos no surgirán de la nada. Requieren una inversión sostenida en campos de conocimiento que aborden la complejidad.

Invertir en innovadores

Algunos académicos son capaces de trabajar con confianza y comodidad entre disciplinas y con socios externos. Este tipo de investigación es, por naturaleza, más laboriosa. Requiere agilidad intelectual y resiliencia personal.

Actualmente, las culturas de auditoría en las universidades tienden a disuadir a los académicos de volcar sus energías en actividades cuyos resultados son diferidos o compartidos. El tipo de trabajo de conocimiento multidisciplinar y multiactor necesario para impulsar un cambio sistémico no encaja bien en las modalidades tradicionales de publicación revisada por pares.

Las universidades deben trazar una trayectoria profesional para estos académicos que reconozca una identidad académica orientada a la creación de conocimiento innovador, como el asesoramiento en políticas públicas o las soluciones para empresas industriales complejas.

También deben producirse cambios en los sistemas administrativos de las universidades. Los sistemas burocráticos convencionales tienden a respaldar la actividad habitual –la docencia y la investigación–. No están diseñados para atender la capacidad de respuesta ágil que se necesita para un cambio real.

Por último, el cambio debe producirse más allá del sector de la educación superior. Las universidades necesitan enfoques adaptativos, y también sus socios del gobierno y de la empresa. Mientras que las universidades necesitan académicos orientados hacia el exterior, el gobierno y la empresa necesitan capacidad orientada hacia la universidad para garantizar flujos recíprocos.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Rob Moore es director de Estrategia e Innovación de la Facultad de Ingeniería y Entorno Construido de la Universidad de Witwatersrand («Wits») en Johannesburgo.

Imagen: el estudiante de último año Indiana Seresin sopla burbujas antes de la 364.ª ceremonia de graduación de la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts, el 28 de mayo de 2015. REUTERS/Brian Snyder.

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