Cuanto más se parecen las personalidades de los docentes y sus alumnos, más probable es que los docentes les pongan notas altas, según una nueva investigación realizada en Alemania. Los hallazgos vuelven a abrir el debate sobre los sutiles sesgos que los docentes tienen respecto de sus alumnos y sobre la importancia de intentar reducir al mínimo su impacto en el progreso de los niños durante su etapa escolar.
Tobias Rausch, de la Universidad de Bamberg, en Alemania, y sus colegas llevaron a cabo una investigación con clases de 8.º grado en Alemania. Primero, pidieron a 94 docentes que evaluaran a sus 293 alumnos, de entre 13 y 14 años, en comprensión lectora y algunas áreas de matemáticas, utilizando una escala del uno (muy débil) al cinco (muy bueno). Después, pidieron a los docentes que estimaran si cada alumno respondería correctamente o no a tareas específicas de lectura y matemáticas. Tanto los docentes como los alumnos completaron también un breve cuestionario de personalidad que medía las dimensiones de personalidad de los «cinco grandes»: extraversión, amabilidad, responsabilidad, apertura y neuroticismo. Por último, los alumnos realizaron pruebas de matemáticas y lectura.
La personalidad cuenta
Los investigadores esperaban, como han observado otros, encontrar sesgos en las evaluaciones de los docentes. Pero razonaron que cuanto más similares fueran las personalidades de docentes y alumnos, más en sintonía estarían los docentes con los alumnos y más alta sería la valoración que darían a su trabajo.
Su análisis sí mostró un vínculo significativo entre las calificaciones generales que los docentes asignaban a cada alumno y los resultados reales de sus pruebas. Sin embargo, descubrieron que el grado de similitud entre cada pareja de docente y alumno ayudaba a explicar en qué casos los docentes emitían juicios generales sobre la capacidad de lectura y matemáticas de los alumnos que iban más allá de los resultados de las pruebas. Pero, tal como habían previsto Rausch y sus colegas, la similitud de personalidad no añadía nada a las calificaciones de competencia que los docentes asignaban en tareas específicas. Esto podría deberse a que los juicios globales tienden a incorporar factores ajenos, como la personalidad, mientras que los juicios específicos dejan menos margen de maniobra.
En los últimos años, otros investigadores del Reino Unido han estudiado el sesgo docente. La investigadora en educación Wynne Harlen ha defendido firmemente la idea de que debemos confiar en el juicio docente. Pero merece reconocimiento que en 2005 examinó cuidadosamente la investigación en este campo y escribió que «había pruebas de poca fiabilidad y de sesgo en las evaluaciones de los docentes».
En 2009, los investigadores Simon Burgess y Ellen Greaves también estudiaron las evaluaciones docentes al final de la Etapa Clave 2 en relación con las minorías étnicas. Llegaron a esta conclusión:
Encontramos pruebas de que algunos grupos étnicos reciben sistemáticamente una «evaluación inferior» a la de sus pares blancos, mientras que otros reciben una «evaluación superior».
Conscientes de nuestras inclinaciones
Estos hallazgos tienen varias implicaciones para nuestros sistemas educativos; la más evidente es que todos deberíamos procurar ser conscientes de nuestros sesgos y corregirlos. Esto podría ser más difícil de lo que parece, ya que damos sentido al mundo que nos rodea intentando simplificarlo y categorizándolo. En cuanto conocemos a alguien, nos fijamos en su género, edad y origen étnico. Al empezar a interactuar, recabamos más información que nos ayuda a evaluar y categorizar a esa persona. Esto es esencial: al comprender a las personas, podemos interactuar mejor con ellas y, como docentes, educarlas mejor.
Pero todo juicio viene acompañado de ideas preconcebidas: las niñas leen mejor, los asiáticos son mejores en matemáticas, las personas mayores no aprenden idiomas con tanta rapidez, y así sucesivamente. Aunque cada una de estas generalizaciones tiene cierta validez, se basa en diferencias observadas en muestras muy grandes y no resulta útil cuando tratamos con individuos.
Pero esto no significa que debamos descartar por completo el juicio docente. El juicio es fundamental para una buena enseñanza, y me atrevería a sugerir que los mejores docentes son quienes mejor juzgan a sus alumnos. Para evaluar ciertos aspectos, como la atención, no hay alternativa: es preciso recurrir al juicio.
Usar el juicio de forma adecuada
Otros aspectos deben evaluarse mediante el juicio, pero de manera controlada. La redacción de ensayos es un ejemplo: se pueden controlar la extensión del ensayo y el tema, y limitar la corrección para que sea lo más justa posible. Una medida importante en los exámenes de alto impacto es garantizar que quien corrige desconozca cualquier característica de quien escribe. Esto implica sustituir los nombres por números de identificación y ocultar también el nombre de la escuela. En conjunto, estos datos podrían revelar indicios de sexo, origen étnico, creencias religiosas y clase social.
Se sostiene que incluso las pruebas sin juicios humanos también están sesgadas. Sin embargo, las pruebas psicométricas modernas han desarrollado técnicas para identificar ítems sesgados, y una prueba bien diseñada debería haber reducido el sesgo al mínimo.
El sesgo inevitable que todos tenemos y la necesidad de recurrir al juicio en algunas evaluaciones, pero no en todas, significan que sería erróneo aplicar una solución única para evaluar. Creo que sería poco ético insistir, como hacen algunos, en que los niños pequeños solo deben ser evaluados mediante la observación. Debemos elegir el método de evaluación que mejor se adapte a la tarea. Cuando se necesitan juicios humanos que pueden cambiar vidas, lo ideal es que los emitan varios profesionales independientes con una personalidad, sexo y origen étnico similares a los de la persona evaluada.
Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lee el artículo original.
La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.
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Autor: Peter Tymms es director de iPIPS en la Facultad de Educación de la Universidad de Durham
Imagen: Alumnos asisten a una clase en el Oxford International College de Changzhou, provincia de Jiangsu, el 10 de enero de 2013. REUTERS/Aly Song

