Con el 95 por ciento de sus 10 millones de habitantes menores de 65 años, el capital humano es el activo más abundante de Haití. Dada esta gran proporción de niños, jóvenes y adultos en edad de trabajar, la educación es tanto un desafío permanente como una prioridad política para el Gobierno de Haití. Sin embargo, la toma de decisiones en materia educativa se ha visto obstaculizada por la falta de datos fiables; incluso resulta difícil estimar con fiabilidad información básica, como las tasas de matriculación.
La reciente publicación del informe Haiti Poverty Assessment supone, por tanto, un gran avance. Aporta pruebas nuevas y fundamentales sobre el bienestar de la población, incluidos la pobreza, la educación y la salud, basadas en la primera encuesta de hogares integral y representativa a nivel nacional desde 2001. Ahora sabemos, por ejemplo, que, aunque se han logrado avances en el acceso a la educación primaria, Haití será uno de los países que no alcanzarán el segundo Objetivo de Desarrollo del Milenio sobre la universalización de la educación primaria, y que la calidad de la educación en este nivel sigue siendo muy desigual.
El 90 por ciento de los niños de 6 a 11 años (la edad oficial para cursar la primaria) en Haití está matriculado en la escuela, pero el acceso sigue siendo desigual. La asistencia escolar de un niño haitiano está estrechamente relacionada con el lugar y la familia en que nace. Los niños de familias pobres, los que viven en hogares sin sus padres y los que residen en zonas rurales tienen menos probabilidades de asistir a la escuela. En parte, estas desigualdades reflejan que más del 80 por ciento de las escuelas primarias son privadas, que diversos actores las gestionan y que los padres asumen la mayor parte de la carga económica. También influyen otros factores, como la necesidad de que los niños trabajen en casa, en la granja o en el mercado.
Tanto las familias pobres como las acomodadas valoran mucho la educación y destinan, en promedio, el 10 por ciento del consumo total del hogar a la educación de sus hijos. Sin embargo, las familias pobres a menudo no reciben una educación de calidad a cambio de ese gasto. Aunque todavía no se han realizado evaluaciones representativas del aprendizaje en Haití, varios indicadores hacen saltar las alarmas sobre la calidad de la enseñanza y el aprendizaje en las escuelas del país. La edad promedio de los alumnos que empiezan primer grado es de casi ocho años, cuando debería ser de seis, y las tasas de repetición de curso superan el 10 por ciento, por encima de los promedios de América Latina y África subsahariana.
Entre los pobres, estas distorsiones son aún mayores. Las evaluaciones de lectura en los primeros grados realizadas en comunidades pobres han constatado que los alumnos de tercer grado solo pueden leer un promedio de 23 palabras por minuto (demasiado despacio para comprender el significado de un texto básico). Entre los niños de 10 a 14 años, el 62 por ciento de los niños pobres tiene al menos dos años más que la edad correspondiente al curso, frente al 38 por ciento de los no pobres.
Estos hallazgos ayudan a colmar muchas lagunas de conocimiento, pero aún queda mucho por comprender para que Haití logre una educación primaria universal y de calidad. Una de las principales recomendaciones sobre educación que surgen de la Evaluación de la Pobreza es crear un sistema de información sólido que sirva de base directa para la formulación de políticas. ¿Qué hace falta para que los niños que todavía no asisten a la escuela lleguen a las aulas? ¿Por qué empiezan la primaria tan tarde? ¿Qué están aprendiendo realmente los alumnos? Estas son solo algunas de las preguntas que necesitan respuesta. Para ayudar a responderlas, el Banco Mundial apoya varias nuevas actividades de recopilación y análisis de datos en colaboración con el Gobierno. Entre ellas figuran entrevistas estructuradas con directores de escuelas, docentes y padres sobre el ingreso a la primaria; observaciones en las aulas para ver cómo usan los docentes el tiempo de clase; evaluaciones representativas del aprendizaje; y análisis de datos administrativos.
Este conocimiento ayudará a fortalecer la capacidad del Gobierno para elaborar planes bien fundamentados para el sector educativo. Solo con una sólida base de conocimientos podrá Haití tomar las decisiones de política e inversión necesarias para, en última instancia, ofrecer una educación primaria universal y de calidad a todos los niños.
Este artículo apareció originalmente en Education for Global Development del Banco Mundial. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autores: Melissa Adelman es economista en la Práctica Global de Educación del Grupo Banco Mundial. Juan Baron es economista en la Práctica Global de Educación del Grupo Banco Mundial, donde trabaja en actividades analíticas y de financiamiento en países de América Latina y el Caribe. Reema Nayar es gerente de práctica en la Unidad de América Latina y el Caribe de la Práctica Global de Educación del Banco Mundial.
Imagen: Una niña duerme en un aula en Haití. REUTERS/Kena Betancur.

