Los Objetivos de Desarrollo Sostenible, tema de la reunión de esta semana del Foro Económico Mundial en Nueva York, no podrán cumplirse si no abordamos la situación de los 20 millones de refugiados y los 60 millones de desplazados del mundo.
Cuando la comunidad internacional adoptó los objetivos en 2015, estos representaron un llamamiento urgente a incluir no solo a algunos, sino a todas las personas pobres, analfabetas y enfermas del mundo; las más vulnerables son aquellas que han sido expulsadas de sus hogares y, a menudo, de sus países.
En particular, como nos recuerda el profesor Klaus Schwab en un artículoque coincide con la Cumbre sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible de esta semana, los Objetivos Mundiales fueron una solemne declaración de toda la comunidad internacional. Incluían la promesa a todas las niñas y los niños de que, para 2030, tendrían garantizada no solo una educación primaria de calidad, sino también una educación secundaria. Sin embargo, hoy la mitad de los niños refugiados y desplazados del mundo no va a la escuela, y muchos más verán interrumpida su educación y nunca obtendrán las cualificaciones que necesitan para prosperar en la fuerza laboral del futuro.
Hay 7 millones de niños sirios desplazados y más de 1,5 millones de niños iraquíes desplazados a causa de las guerras civiles en sus respectivos países. Además, en los últimos meses, 500.000 personas han sido desplazadas de Sudán del Sur a Uganda y otras 500.000 están en movimiento en la República Centroafricana. Y, mientras escribo, más de 250.000 niños han abandonado sus hogares en Myanmar y se han visto obligados a hacerse a la mar; muchos de ellos están ahora en Bangladesh. Miles de ellos nunca volverán a entrar en un aula.
A los niños se les ha arrebatado primero el hogar y luego la educación. El año 2017 pasará a la historia como aquel en que, mientras la crisis mundial empeoraba, los miembros más jóvenes y vulnerables de la sociedad quedaron prácticamente olvidados, mientras la atención pública se dirigía a otros asuntos. La historia de su sufrimiento ha desaparecido de las noticias, las cámaras de televisión se han marchado y nuestros gritos de antaño, tan clamorosos, pidiendo acción se han apagado.
La Cumbre sobre Desarrollo Sostenible del Foro Económico Mundial de esta semana en Nueva York tiene en cuenta esta nueva realidad: sus sesiones comienzan con un debate sobre la situación de los niños víctimas de trata que han sido sacados de sus países de origen. Y los millones de personas desplazadas no solo corren el riesgo de ser víctimas de trata. Cada día, se obliga a las niñas a contraer matrimonio a una edad temprana, se recluta a los niños para que se unan a milicias infantiles y se somete a niños y niñas a trabajo forzoso; casi ninguno vuelve a la escuela.
Para cumplir el Objetivo de Desarrollo Sostenible de ofrecer una educación inclusiva y de calidad para todos de aquí a 2030, se necesita una estrategia que responda a las súplicas de las comunidades desplazadas y refugiadas que se encuentran confinadas en los países de ingreso mediano del mundo.
Sin embargo, atrapado entre la ayuda humanitaria, que debe centrarse en los mínimos básicos necesarios para vivir, como alimentos, refugio y medicinas, y la ayuda para el desarrollo, que se planifica a lo largo de años y tarda en responder a las crisis, el gasto en educación suele ser el primero en desviarse y el último en recibir prioridad cuando ocurre un desastre.
Esta brecha en la prestación de servicios llevó, hace casi dos años, a la histórica decisión tomada en la Cumbre Humanitaria Mundial de la ONU de crear el fondo Education Cannot Wait (ECW), bajo la dirección de Yasmine Sherif. Encargado de elaborar un plan para educar a los niños refugiados y desplazados que no asisten a la escuela, el fondo ya opera en Siria y sus alrededores, Irak, Yemen, Sudán del Sur, Chad y otras zonas de África.
Pero la Asamblea General de la ONU de esta semana coincide con la llegada de una realidad inquietante: los compromisos de aportar fondos no han seguido el ritmo de unas necesidades cada vez mayores. Los compromisos asumidos en las conferencias de donantes no son más que palabras: un recordatorio de la brecha entre la retórica y la realidad, y una dolorosa verdad para millones de niños.
Las iniciativas innovadoras, como las que ha puesto en marcha ECW, son la mejor oportunidad para frenar lo que se ha convertido en la mayor crisis de refugiados desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Pero las necesidades de estos niños excluidos y olvidados superan con creces los fondos de que dispone ECW. Por eso nos corresponde actuar.
Desde Siria hasta el Caribe, es posible reconstruir las infraestructuras: volver a construir carreteras, hospitales y escuelas. Pero ¿qué ocurre con los conocimientos perdidos? Solo si actuamos hoy para garantizar que una generación aprenda y no se pierda, sentaremos las bases de la reconstrucción y abriremos la puerta a la esperanza que merecen todos los niños, no solo algunos.

