Las grandes hazañas del ingenio humano y el progreso social no se logran a medias. Si la comunidad internacional va a cumplir su compromiso de proporcionar una educación de calidad a todos los niños, sea cual sea su situación, debe afrontar las actuales carencias de financiación con la audacia que exige la situación.
A partir de finales de la década de 1940, un grupo excepcional de visionarios respondió a la devastación de la Segunda Guerra Mundial uniéndose para construir nuevas instituciones para un nuevo mundo. Mirando hacia atrás dos décadas después, el exsecretario de Estado de Estados Unidos Dean Acheson afirmó que era como estar “presente en la creación”. No se equivocaba. La comunidad internacional había llegado a una nueva comprensión: la prosperidad es indivisible y debe compartirse para que se mantenga.
Algo similar ocurrió a principios de este siglo, cuando 191 Estados miembros de las Naciones Unidas acordaron los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), obtuvieron más de 100 000 millones de dólares en alivio de la deuda para los países en desarrollo y establecieron el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, así como la Facilidad Financiera Internacional para la Inmunización. La IFFIm, por su parte, es un innovador mecanismo de préstamo que ya ha recaudado más de 5 000 millones de dólares, ha contribuido a inmunizar a 640 millones de niños y ha salvado más de nueve millones de vidas.
Más recientemente, la comunidad internacional acordó los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) para 2030 y se unió para hacer frente a la amenaza mundial más fundamental mediante la adopción del Acuerdo de París sobre el clima de 2015.
Sin embargo, en un mundo que experimenta un cambio tecnológico rápido y de gran alcance, ya es hora de que la educación tenga su propio “momento de gran impulso”. Además de garantizar que 260 millones de niños sin escolarizar reciban educación, también debemos empezar a prepararnos para la Cuarta Revolución Industrial y el impacto social y económico de las nuevas tecnologías en los países más pobres del mundo.
Es cierto que el mundo ha avanzado hacia la garantía de una educación universal de calidad en el marco de ODS 4. La ayuda bilateral para la educación ha aumentado por primera vez en varios años. Los países asumieron compromisos sin precedentes para movilizar más recursos nacionales para la ayuda a la educación en la Conferencia de Financiación de la Alianza Mundial para la Educación celebrada a principios de este año. La iniciativa La Educación No Puede Esperar está poniendo en marcha más programas para atender las necesidades educativas en situaciones de crisis y emergencia. Y, en conjunto, la proporción de la ayuda humanitaria destinada a la educación va en aumento.
Pero, en todo caso, el desafío de garantizar una educación de calidad para todos es hoy mayor que cuando se adoptó el ODS 4. Actualmente hay 75 millones de niños atrapados en conflictos y crisis humanitarias que necesitan apoyo educativo, y la mayoría de ellos seguirán experimentando interrupciones en su educación. Solo uno de cada cuatro niños refugiados del mundo podrá recibir una educación secundaria, y solo el 1 % continuará hasta la educación superior.
Además, las proyecciones actuales muestran que unos 400 millones de niños no van camino de completar su educación primaria, y que más de 800 millones —la mitad de los escolares del mundo— llegarán a la edad adulta sin ninguna cualificación reconocible para la fuerza laboral moderna.
La tarea de cerrar estas brechas no puede recaer únicamente en los países pobres. A nivel mundial, 12 000 millones de dólares en ayuda a la educación se desembolsan cada año. Pero incluso si todos los países de ingresos bajos y medianos bajos duplicaran su gasto en educación y elevaran su rendimiento hasta el de los países del cuartil superior, seguiría existiendo un déficit de financiación de varios miles de millones de dólares.
Por ello, en la actualidad se está llevando a cabo un esfuerzo importante para reforzar y ampliar los programas de ayuda existentes. La Comisión Internacional sobre el Financiamiento de la Oportunidad Educativa Mundial —junto con el Banco Mundial y otras instituciones financieras multilaterales, una serie de organismos de las Naciones Unidas, la Alianza Mundial para la Educación y La Educación No Puede Esperar— ha propuesto un plan para cubrir la brecha de financiación externa. El objetivo es proporcionar, para 2030, puestos escolares a los 200 millones de niños que los necesitan.
El plan opera a través de un nuevo mecanismo financiero, que atraerá 2 000 millones de dólares en garantías de los países donantes y asegurará 8 000 millones de dólares adicionales en préstamos de los bancos multilaterales de desarrollo. Esta financiación se complementará con un fondo de “buy down” de 2 000 millones de dólares, que utilizará las nuevas donaciones de los donantes para ofrecer financiación en condiciones que los países en desarrollo puedan asumir. Por cada dólar adicional de ayuda que se movilice, el mecanismo desbloqueará alrededor de cuatro dólares en nuevos recursos para la educación.
Este plan ya cuenta con impulso, gracias al apoyo del Banco Mundial, la ONU y todos los principales bancos regionales de desarrollo. La siguiente etapa consiste en que los países donantes demuestren su disposición a proporcionar las garantías de ayuda que respaldarán el mecanismo financiero.
Esta generación tiene la oportunidad de hacer realidad la promesa de una educación de calidad para todos, pero debemos movilizar los fondos necesarios para proporcionar un puesto escolar a cada niño. Con este fin, los jóvenes y las organizaciones benéficas se han unido para movilizar apoyo a una petición que pide a los líderes mundiales que actúen.
No deberíamos seguir tolerando un mundo en el que solo algunos jóvenes tengan la oportunidad de desarrollar todo su potencial. Todas las personas tienen derecho a desarrollar sus talentos, y sus líderes políticos tienen el deber de garantizar que nada se interponga en su camino.

