¿Cómo pueden las universidades de Japón encontrar su lugar en el mundo?

¿Cómo pueden las universidades de Japón encontrar su lugar en el mundo?
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Puede que las universidades japonesas nacieran siguiendo modelos europeos, pero desde la apertura de la Universidad de Tokio en 1877 han asentado sus propios cimientos sólidos.

El sistema de educación superior de Japón es híbrido, con universidades públicas y privadas, ambas reguladas por el Estado. En 2014 había 86 universidades nacionales y 603 universidades privadas en Japón. Si se añaden 92 universidades municipales, había un total de 781 universidades. Pero este sistema nacional está hoy en crisis: el gobierno y el ministro de Educación se han centrado en mejorar la posición de Japón dentro del sistema mundial de educación superior, y el año pasado anunciaron fondos adicionales disponibles para las universidades «superglobales».

Es poco probable que el impulso político para incluir diez universidades japonesas en la lista de las 100 mejores universidades del mundo para 2024 mejore la situación, pues las universidades siguen afrontando dificultades financieras. Las matrículas aumentan año tras año y las becas funcionan como un sistema de préstamos para cubrirlas. Por ejemplo, para el primer año de Ciencias Políticas y Sociedad en Waseda, una universidad privada, los estudiantes deben pagar 1.300.000 yenes, o 7.275 libras esterlinas. En una universidad nacional, el precio rondaría los 680.000 yenes.

Una relación problemática

Conviene remontarse a los orígenes de las universidades japonesas para comprender la difícil situación que afrontan hoy. El sociólogo francés Pierre Bourdieu escribió sobre la nobleza del Estado japonés, desde el siglo VIII hasta el siglo XX. Según él, la Restauración Meiji de la década de 1860 fue conservadora y la iniciaron samuráis con pocos recursos, en un esfuerzo por transformar el símbolo de la nobleza: su servicio civil burocrático.

Para comprender el papel que sigue desempeñando hoy la nobleza en la educación superior japonesa, es importante entender la relación entre las lenguas japonesa y extranjera. Antes del período Meiji, los japoneses se inspiraban únicamente en un modelo chino de lengua escrita: en Extremo Oriente, el equivalente del latín para los europeos era el chino. En Japón, la gente leía en chino y lo pronunciaba a la manera japonesa, adaptando las palabras a la sintaxis japonesa.

En 1877 se creó la Universidad de Tokio, lo que permitió que profesores extranjeros enseñaran en su propio idioma. Como requisito previo a sus cursos, los estudiantes debían aprender una lengua extranjera durante tres años. Tras sus estudios universitarios, el Estado los enviaba al extranjero para profundizar sus conocimientos y, al regresar, se convertían en docentes, esta vez impartiendo clases en japonés. Así quería el gobierno Meiji modernizar el país y garantizar su independencia.

Con suficientes personas instruidas para impartir educación superior, Japón ya no necesitaba recurrir a docentes extranjeros. En 1886 comenzó una segunda fase con la creación de la Universidad Imperial, donde toda la enseñanza se impartía en japonés y se excluía el uso de lenguas extranjeras como medio de instrucción.

La realidad de esta prioridad no tardó en hacerse evidente para los académicos japoneses. Soseki Natsume, profesor de literatura inglesa en la Universidad Imperial de Tokio, fue una de las primeras víctimas de este sistema cultural japonés. Cuando el Estado lo envió a Inglaterra en 1901 para continuar sus estudios, sufrió una crisis nerviosa porque no logró adaptarse a la vida en Londres. A su regreso, dejó su puesto docente y optó por convertirse en novelista. Pero gracias a él fue posible la literatura japonesa moderna. Tras el fin de la era Meiji en 1912, pasando por la era Taisho y luego entrando en la era Showa en 1926, floreció la cultura de la traducción de lenguas europeas al japonés. Podríamos llamarlo la creación del «Bildung» japonés, en referencia al ideal educativo como forma de formación personal establecido por el educador alemán Wilhelm von Humboldt en su concepción de la universidad moderna.

Giro hacia una «división del inglés»

Este espacio cultural para los japoneses estaba ideológicamente muy cerrado. La mayoría de las universidades e intelectuales de la época no podían criticar la autoridad del régimen imperial. Tras la Segunda Guerra Mundial, el sistema universitario de preguerra se revisó por completo, pero el espacio lingüístico japonés permaneció igual. La democracia estadounidense no había logrado transformar el país. La expansión del sistema de educación superior en Japón, basada en una vaga idea de una universidad abierta a todo el mundo, en realidad solo ha multiplicado el número de universidades privadas del país.

Pero desde la década de 1990 ha comenzado una tercera etapa. Ahora el inglés se ha convertido en una hegemonía. Si no sabes hablar inglés, te has convertido en ciudadano de segunda clase. Hoy en Japón hablamos de una «división del inglés» para explicar esta difícil situación, del mismo modo que hablamos de una brecha digital.

Se considera que las universidades donde se enseña en inglés a los estudiantes japoneses son más excelentes. Es cierto que existe la posibilidad de que la educación superior japonesa por fin se esté abriendo al mundo, pero también representa una gran amenaza para la cultura japonesa.

Conviene recordar que la idea de la universidad se fundó sobre la base de la religión cristiana. Humboldt concibió la universidad moderna como una institución universal y laica, normalmente desvinculada de toda clase de simbolismo religioso. Mucho ha cambiado desde entonces, pero sostendría que deben mantenerse vivos los orígenes de la educación como algo gratuito y de la oferta de becas para todos los estudiantes. Si las universidades japonesas sufren ahora la política de «globalización», es porque el sistema de educación superior del país pasó en gran medida por alto esta base histórica de sus universidades.

Este artículo se publica en colaboración con The Conversation. Lea el artículo original.

La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Shigeru Okayama es profesor de Literatura Francesa en la Facultad de Ciencias Políticas y Economía de la Universidad de Waseda.

Imagen: Graduados universitarios japoneses escuchan discursos durante una concentración de búsqueda de empleo en un teatro al aire libre de Tokio. REUTERS/Thomas Peter

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