¿Hasta qué punto perduran las lenguas aprendidas en la infancia pero que se dejan de usar más adelante? Un nuevo estudio de investigadores de la Universidad McGill y la Universidad de Montreal ha descubierto que la lengua de origen olvidada de las personas adoptadas aparentemente puede dejar huellas en el cerebro muchos años después de la adopción.
La adopción internacional aumenta rápidamente en los países occidentales. Los niños que nacieron y se criaron inicialmente en un entorno lingüístico son trasladados a una familia y una comunidad que usan una nueva lengua. Por lo general, la transición a esta nueva lengua se produce con asombrosa rapidez, y la primera lengua suele olvidarse en cuestión de meses, a veces incluso pese a los mejores esfuerzos de los padres adoptivos por ofrecer oportunidades para ayudar al niño a conservar su lengua de origen. Sorprendentemente, este patrón se observa no solo en bebés, sino también entre niños de hasta nueve años en el momento de la adopción.
Lo que recuerdan los adultos
De adultos, las personas adoptadas a menudo ni siquiera pueden reconocer el vocabulario más básico de la lengua a la que estuvieron expuestas durante la infancia. En un estudio de adultos jóvenes en Francia nacidos en Corea y adoptados entre los tres y los nueve años, al escuchar frases en varias lenguas distintas, no pudieron determinar cuáles de las expresiones estaban en coreano, en vez de japonés, polaco u otras lenguas. Las imágenes cerebrales de las mismas personas adoptadas coreanas revelaron que su actividad neuronal mientras escuchaban su lengua de origen no difería de la de hablantes de francés que nunca habían estado expuestos al coreano (como cabría esperar si la exposición temprana hubiera dejado una «huella» neurológica).
La idea de que la lengua de origen —la lengua que alguna vez usaste y entendiste, la que hablaban tus padres biológicos, la que quizá asocias con tu herencia— haya desaparecido por completo de tu cerebro es fascinante y, para muchas personas adoptadas, inquietante.
¿No podemos al menos suponer que a una persona adoptada le resultará más fácil volver a aprender su lengua de origen que a otras personas aprenderla desde cero? Esto se conoce como el «paradigma del ahorro» : la suposición de que incluso la información aparentemente olvidada sigue ahí, en algún lugar, y solo necesita reactivarse.
Hasta ahora, los resultados de los investigadores no son alentadores: aunque los estudios han demostrado que las personas adoptadas pueden tener una pequeña ventaja al aprender a discriminar y producir algunos de los sonidos del habla de su lengua de origen (y, en algunos casos, ninguna en absoluto), la exposición temprana a una lengua aparentemente no conduce a un mejor desempeño en gramática o vocabulario.
Los sonidos dejan huella
Los niños aprenden la fonología de su lengua de origen a una edad muy temprana: en cuestión de meses, el sistema perceptivo del bebé se sintoniza con los sonidos del habla que pueden marcar una diferencia de significado, a diferencia de los que no. Por ejemplo, en inglés la diferencia entre «l» y «r» es fonémica, es decir, las palabras «road» y «load» significan cosas distintas, y los bebés anglófonos pronto aprenden a discriminar esos sonidos.
En algunas otras lenguas no existe tal distinción entre «l» y «r», y los niños que crecen expuestos a una lengua de ese tipo son menos sensibles a este contraste. Además, lenguas como el chino usan la curva de entonación de la sílaba para crear significado, de modo que la palabra «ma» puede tener distintos significados según lleve una entonación de nivel alto («madre»), ascendente («cáñamo»), descendente y luego ascendente («caballo») o descendente («regañar»).
Este es el contraste que se puso a prueba en el reciente estudio canadiense. Se comparó a niños adoptados chinos de Montreal, adoptados hace unos diez años, antes de cumplir dos años, y que ahora solo hablan francés, tanto con niños canadienses francófonos monolingües como con niños bilingües francés-chino. A diferencia del estudio de las personas adoptadas coreanas en Francia, estos niños no escucharon habla real (con significado), sino sílabas sin sentido pronunciadas con distintas curvas de entonación, además de tarareos con el mismo patrón entonativo.
¿Solo oído para la entonación?
En estas condiciones, aunque no se llevaba a cabo ningún procesamiento lingüístico real, las imágenes cerebrales revelaron que los niños adoptados parecían activar las mismas regiones cerebrales que los bilingües chino-francés para procesar los patrones entonativos: áreas que suelen asociarse con el procesamiento de lenguas tonales. Mientras tanto, los niños franceses monolingües mostraron un patrón de activación neurológica completamente distinto.
Esto sugiere que las personas adoptadas a temprana edad conservan el conocimiento de que los patrones de entonación pueden servir para distinguir significados léxicos. Para los niños franceses monolingües, este tipo de información suele asociarse más con información del enunciado, como distinguir la afirmación «John está aquí» de la pregunta con entonación ascendente «¿John está aquí?», por lo que activan distintas áreas cerebrales para procesarla.
¿El hecho de que la exposición temprana al chino haya dejado una huella tan demostrable en el cerebro significa que a estos niños les resultará más fácil volver a aprender este contraste fonológico, que suele costar a quienes aprenden sin haber estado expuestos al chino durante la infancia?
Un estudio realizado en el Instituto Max Planck de Psicolingüística, en Nimega (Países Bajos), sugiere que quizá no sea tan sencillo. Aunque los niños adoptados chinos en los Países Bajos producen estos tonos mejor que los niños neerlandeses monolingües, no tienen ninguna ventaja para percibirlos y, por tanto, discriminarlos; ni siquiera después de recibir entrenamiento en la tarea. Cabe destacar que los participantes de este estudio estuvieron separados de su lengua de origen durante aproximadamente la mitad del tiempo que las personas del estudio canadiense.
En conjunto, estos estudios sugieren que una lengua de origen puede dejar una huella persistente en el cerebro, pero que la ventaja para quienes estuvieron expuestos a una lengua a temprana edad probablemente se limita a rasgos fonológicos relativamente específicos y no abarca áreas más amplias como el léxico o la gramática.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autora: Monika Schmid es profesora de Lingüística en la Universidad de Essex y profesora de Lengua Inglesa y Lingüística en la Universidad de Groninga.
Imagen: Una niña deposita monedas en estatuas doradas de Buda como símbolo de bendiciones en el día de Vesak, en el templo budista tailandés Chetawan, en Petaling Jaya, cerca de Kuala Lumpur, el 13 de mayo de 2014. REUTERS/Samsul Said.

