En un mundo cada vez más confrontativo, donde el proteccionismo va en aumento, el multilateralismo se ha convertido en un blanco fácil de las críticas. Pero quienes dudan de su valor deben tener poca memoria. Parecen haber olvidado que el Plan Marshall reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial, que la OTAN mantuvo a raya la guerra nuclear durante la Guerra Fría y que la ayuda exterior sacó a millones de personas de la pobreza en apenas las últimas décadas.
En las próximas reuniones anuales de primavera del Banco Mundial y el FMI, que se celebrarán en Washington D. C., los delegados reforzarán los argumentos a favor de la cooperación internacional. En particular, hablaremos de la International Finance Facility for Education (IFFEd), un plan ambicioso para garantizar que, por primera vez en la historia, los 1.600 millones de niños y niñas del mundo —incluidos los refugiados y los niños desplazados de países de ingresos bajos y medios— estén escolarizados y aprendiendo.
La IFFEd se inspira en dos ejemplos emblemáticos de cooperación internacional: la iniciativa conjunta del FMI y el Banco Mundial, Iniciativa para los Países Pobres Muy Endeudados, que eliminó 100.000 millones de dólares de deuda impagable; y el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, que ha salvado millones de vidas al proporcionar vacunas y otros servicios.
Por su parte, la IFFEd facilitaría inversiones anuales en educación por un valor cercano a los 10.000 millones de dólares. Con estos recursos, podemos avanzar significativamente hacia el Objetivo de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas en materia de educación, cuyo propósito es que todos los niños tengan acceso a la educación primaria y secundaria para 2030.
La lucha por la educación universal es la lucha por los derechos civiles de nuestra época. Tras años de abandono internacional, 260 millones de niños no están escolarizados y 400 millones de niños son analfabetos funcionales. Si se mantienen las tendencias actuales, para 2030 más de 800 millones de jóvenes —la mitad de la juventud mundial— dejarán la escuela sin las competencias básicas que exige el mercado laboral moderno. Y, para 2050, el 80% de los jóvenes de Corea, Japón y Taiwán tendrá acceso a la educación superior, frente a no más del 10% de los jóvenes de los países de África subsahariana.
La necesidad de ampliar la inversión en educación es aún más urgente para las niñas y las mujeres jóvenes. Escolarizar a las niñas es la forma más eficaz de protegerlas de la explotación, el trabajo forzoso, la trata y el matrimonio infantil. Además, mientras que las mujeres con educación tienen un promedio de dos hijos, las mujeres sin educación tienen cinco. Esta mayor tasa de natalidad entre las mujeres sin educación crea un círculo vicioso. Cuando las jóvenes analfabetas tienen más hijos, el ingreso promedio per cápita disminuye, y esos niños, que tampoco han recibido educación, se ven cada vez más obligados a migrar en busca de oportunidades en otros lugares.
Y, sin embargo, pese a la gran labor de organizaciones multilaterales como la Alianza Mundial para la Educación y el nuevo Fondo La Educación No Puede Esperar, la ayuda total destinada a la educación ha disminuido en los últimos años. Desde 2010 hasta hoy, la financiación total para la educación en los países de ingresos bajos y medianos bajos, procedente de la ayuda bilateral y de donantes internacionales, cayó de unos exiguos 10 dólares por niño a 8 dólares por niño. Apenas alcanza para pagar el libro de texto más barato, y mucho menos los salarios del profesorado y la construcción de escuelas. Peor aún, en respuesta a los recientes llamamientos para prestar ayuda educativa en zonas de conflicto como Chad, Sudán del Sur y Gambia, solo se recaudó el 2% de la suma solicitada.
Como resultado, para 2030, la mayoría de los adolescentes en edad escolar de algunos países podría estar fuera de la escuela y en la calle. Al no haber recibido un plan de estudios que les enseñe competencias valiosas y respeto por los distintos puntos de vista, serán cada vez más vulnerables a los grupos extremistas, que cuentan con que Occidente incumpla sus promesas.
La IFFEd se pone en marcha con un reto dirigido no solo a los países donantes, sino también a los 47 países de ingresos medianos bajos, donde vive casi la mitad de los niños escolarizados del mundo. Los países en desarrollo y los donantes suscribirán un acuerdo en el que cada parte tendrá una función específica para garantizar que todos los niños tengan acceso a la educación.
En virtud de este acuerdo, cada país en desarrollo se comprometerá a alcanzar resultados educativos equiparables a los del 25% de países con mejores resultados en la actualidad y a aumentar la proporción del ingreso nacional destinada a la educación del promedio actual del 4% al 5,8%. A cambio, los países donantes elevarán del promedio actual del 10% al 15% la proporción de sus presupuestos de ayuda exterior destinada a la educación. También respaldarán préstamos para el desarrollo del Banco Mundial y de los bancos regionales de desarrollo.
Incluso en 2030, los países más pobres del mundo no podrán costear alrededor de la mitad de sus gastos totales en educación. Así, en lugar de tener que pedir préstamos a tasas de interés del 3,5-4% para pagar los salarios del profesorado, los países de ingresos medianos bajos se beneficiarán de un nuevo sistema de garantías y créditos con intereses bajos o sin intereses. Y, al proporcionar apoyo a los países de ingresos medianos bajos, podremos conceder más subvenciones directas para los 200 millones de niños que viven en países de ingresos bajos.
Al usar como garantía los 150.000 millones de dólares de reembolsos de préstamos concedidos en las décadas de 1970 y 1980, podemos aumentar la capacidad del Banco Mundial para otorgar subvenciones a través de la Asociación Internacional de Fomento. Si también destinamos una mayor proporción de las contribuciones a la AIF a la educación, podremos aumentar los fondos anuales de ayuda educativa disponibles para los países más pobres de 1.600 millones de dólares (en 2016) a más de 4.000 millones de dólares para 2020.
Esta inversión inicial en educación extendería la oportunidad de una vida mejor a más personas que nunca. Impulsaría el empleo, ralentizaría el crecimiento demográfico y reduciría la mortalidad infantil y materna. Y, como se muestra en el informe Learning Generation, para 2050, el PIB per cápita de los países de ingresos bajos sería un 70% más alto. Y, lo que es más importante, daría esperanza a los millones de niños que más la necesitan.


