Globots y telemigrantes: el nuevo lenguaje del futuro del trabajo

The Port of Liverpool building is seen reflected in the windows of a modern office block in Liverpool northern Britain, September 16 , 2015. The Port of Liverpool building was built in 1907 and is the former home of the Mersey Docks and Harbour Board. REUTERS/Phil Noble - LR2EB9G12UFD7
Richard Baldwin explains how globalization means more opportunities for the nation’s most competitive citizens.Image: REUTERS/Phil Noble
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Globótica. Telemigrantes. Robots de oficina. Para describir el futuro del trabajo, Richard Baldwin está desarrollando un nuevo léxico.

El profesor de economía internacional del Graduate Institute de Ginebra advierte que no estamos preparados para las formas en que las nuevas tecnologías están cambiando la naturaleza de la globalización. El nuevo libro de Baldwin, La convulsión globótica: globalización, robótica y el futuro del trabajo, es una continuación natural de su libro de 2016, La gran convergencia. Hace tres años, explicó cómo una tercera ola de globalización—un desplome del costo del desplazamiento de las personas gracias a la tecnología— sería la más disruptiva, porque afecta a los trabajadores del sector servicios.

Publicado a principios de este año, el nuevo libro de Baldwin desglosa en qué consistirá esta disrupción. Reitera las advertencias sobre los 800 millones de empleos que podrían desaparecer a causa de la automatización en la próxima década, aproximadamente. Aunque la inteligencia artificial causará gran parte de la convulsión, hay otro factor: la telemigración. La economía global de los trabajos temporales, también conocida como nube humana, en la que las tareas laborales se dividen y las realizan trabajadores autónomos de todo el mundo, ya es una industria de 82.000 millones de dólares, según la consultora Staffing Industry Analysts.

Image: McKinsey

«La automatización y la globalización son historias centenarias. La globótica es diferente por dos grandes motivos. Avanza a una velocidad inhumana y parecerá increíblemente injusta», escribe Baldwin. «La globótica está inyectando presión en nuestro sistema sociopolítico-económico (mediante la pérdida de empleos) más rápido de lo que nuestro sistema puede absorberla (mediante la creación de empleos)».

Los gobiernos no protegen a los trabajadores, las empresas aceleran la disrupción y los trabajadores participan en todo esto a su pesar. Pero Baldwin no es ludita. Las plantillas digitales y la telemigración deberían ocupar un lugar destacado en el mercado laboral del futuro, afirma. Quartz habló con Baldwin en Londres sobre cómo el verdadero problema es que países como Estados Unidos y el Reino Unido están muy mal preparados para estos cambios. La conversación se editó y condensó para mayor claridad.

Quartz: Para empezar, ¿cómo describiría la globótica?

Baldwin: Espero que sea una palabra fácil de recordar. Combina globalización y robótica. Me cansé de que la gente hablara todos los días de los robots y de lo que pueden hacer, pero pasara por alto por completo la idea de que esa misma tecnología estaba transformando la globalización.

Cuando digo globots, me refiero tanto a los robots de oficina —programas informáticos capaces de hacer cosas que antes solo podían hacer los humanos— como a los telemigrantes, que básicamente trabajan a distancia desde el extranjero. No olvidemos que los telemigrantes son personas de carne y hueso. No hay nada que no puedan hacer, salvo estar en la misma habitación.

¿Cuáles son algunas de las tecnologías digitales que lo hacen posible?

El aprendizaje automático es la clave. Hablemos primero de la automatización y luego hablaré de la globalización.

En la automatización, la clave es el aprendizaje automático, que consiste en bases de datos y reconocimiento de patrones. El aprendizaje automático ha dotado a las computadoras de capacidades cognitivas que no tenían antes de 2016 y que todos conocemos: hablar, leer, escribir, leer manuscritos, crear presentaciones de PowerPoint, etcétera. En cierto sentido, esas eran habilidades de acceso, precisamente las que hacían necesaria la intervención humana en muchos trabajos de oficina del sector servicios. Alguien tenía que abrir el correo electrónico o contestar el teléfono y averiguar qué quería la gente. Ahora los robots pueden hacerlo. A estos los llamo robots de oficina. Todavía no hay una aplicación estrella. La más cercana quizá sea la automatización robótica de procesos (RPA). Y luego hay otras de nivel más avanzado, como Watson, de [IBM], y Amelia, de [IPSoft].

Estas habilidades informáticas llegaron a la globalización gracias a los avances en traducción automática. También se han producido numerosos avances en telecomunicaciones que han reducido la distancia con las personas que trabajan a distancia. Eso no es realmente tecnología digital; simplemente, la gente está reorganizando su forma de trabajar para incorporar a trabajadores remotos. Pero estos avances han hecho posible dividir el sector servicios y hacer que personas que están lejos realicen las mismas tareas. En Estados Unidos, según una estimación, el 40 % de las personas trabaja a distancia al menos una vez al mes. Cuando las empresas hayan organizado todo para permitir el teletrabajo dentro del país, se darán cuenta de que pueden encargar al menos algunas de esas tareas a personas en el extranjero por menos dinero.

Entonces, ¿esta ola de globalización no viene acompañada de un debate sobre inmigración? Se trata de trasladar las capacidades de las personas sin trasladar a las personas.

¡Estos telemigrantes vienen a ocupar empleos en el sector servicios y un muro no los detendrá! Es una buena noticia si se quiere impedir la entrada de migrantes, porque se puede tener el trabajo sin los trabajadores.

Se puede tener el trabajo sin los trabajadores.

Por otro lado, los gobiernos antimigrantes no están pensando en los inmigrantes adecuados, o quizá no les preocupan los inmigrantes de cuello blanco. En cualquier caso, son sustitutos. En países como Japón, que realmente no quiere inmigrantes, pueden recurrir a telemigrantes para tareas como enseñar inglés o cuidar niños. Es una política explícita de usar telemigrantes en lugar de migrantes.

En el libro, describe la economía del trabajo autónomo como una especie de precursora de la telemigración.

(Ríe) Sí, hay algo de tragedia griega en todo esto. Al intentar flexibilizar más el trabajo, creías que estabas tomando las riendas de tu vida. Podías volver a casa y cuidar de los niños mientras respondías unos cuantos correos electrónicos. Pero, en realidad, organizaste las cosas de tal modo que acabaste sin trabajo porque un telemigrante aceptó hacerlo por mucho menos. Es una tragedia griega en la que el héroe propicia su propia caída. Los trabajadores están allanando el camino a la competencia global.

Al intentar ganar flexibilidad, ¿nos hemos perjudicado nosotros mismos?

La globalización siempre significa más oportunidades para los ciudadanos más competitivos de un país, pero más competencia para los menos competitivos. El problema es que en el sector servicios hay muchas personas poco competitivas. Muchos de estos empleos no se podían ofrecer desde otros países.

Si un automóvil se fabrica en Gran Bretaña, es porque hacerlo allí resulta competitivo a escala mundial. El fabricante podría haberlo producido en cualquier otro lugar. En cambio, los trabajadores del sector servicios de Londres nunca han tenido que afrontar competencia internacional.

En Londres sí existe cierta competencia internacional por los empleos.

Es cierto que hay comercio de servicios, en particular de servicios empresariales. Esos son competitivos. Pero hay muchísimas personas trabajando en oficinas, restaurantes y bares de Londres, etcétera. En términos técnicos, para ser competitivo, tu productividad debe compensar con creces tu salario en comparación con el de los extranjeros. Alguien que trabaja en un pub de Londres quizá gane 10 libras por hora, pero hace exactamente lo mismo que alguien en Nairobi. No es más productivo, pero el precio es más alto porque se trata de un servicio que no se comercia internacionalmente. En los países ricos, el número de personas poco competitivas en el sector servicios es mucho mayor que en el sector manufacturero.

Esto ya se ve en el sector jurídico. Los robots de software pueden leer cientos de documentos y cientos de correos electrónicos. Buscan patrones, igual que solían hacer los abogados jóvenes.

Una de las empresas que menciona a menudo es Blue Prism, la firma británica que ofrece automatización robótica de procesos (RPA). Cita parte de su material publicitario, que dice:

Imagine una fuerza laboral diferente. Una fuerza laboral a la que puede enseñar innumerables habilidades. Cuanto más aprende, más eficiente se vuelve. Trabaja sin tomarse nunca vacaciones. Un día puede ser pequeña y, cuando su negocio alcance un pico de demanda, grande. Además, permite que las mejores personas de su equipo puedan dedicarse de verdad a lo que mejor saben hacer. Conozca a los robots de software: la fuerza laboral digital.

Eso suena vagamente siniestro.

Lo es. Estoy bastante seguro de que tendrán que cambiar ese mensaje cuando empiece la convulsión. Les venden a las empresas la promesa de que socavarán a todos esos trabajadores de oficina con competencias medias.

¿Qué causa la convulsión?

La gente verá cómo se alteran sus empleos. Ya está ocurriendo, pero no saben a quién culpar. Y es posible que nunca lleguen a descubrirlo, porque el fenómeno está muy fragmentado. Creo que he empezado a detectar que la gente está reaccionando contra la tecnología digital. El gran problema será que los trabajadores de cuello blanco se unan a los trabajadores manuales, perjudicados por los robots en la globalización durante los últimos 20 años: entonces podríamos acabar en un verdadero caos.

Varios estudios muestran que la tecnología alterará los empleos, pero también sostienen que se crearán casi tantos puestos como los que desaparecerán.

Soy pesimista a corto plazo y optimista a largo plazo.

Hay un desfase entre la pérdida y la creación de empleos. La pérdida de empleos avanza a la velocidad de la tecnología digital, que ahora mismo está creciendo de forma explosiva. Además, desplazar trabajadores es el modelo de negocio de los genios de la inteligencia artificial y de todas esas empresas. Todas esperan enriquecerse desplazando a trabajadores, no creando empleos. Crear empleos es mucho más lento. Así que, al menos durante los próximos años, la pérdida superará a la creación. Pero la dirección del cambio no es la equivocada; simplemente, hay un desfase de velocidad. Soy pesimista a corto plazo y optimista a largo plazo.

En el libro, sugiere que esta reacción podría dar lugar a un nuevo movimiento político. Escribe: «quizá el movimiento llegue a llamarse “proteccionismo”, no una postura contraria al progreso, sino un pequeño refugio contra la tormenta». A mi parecer, describe una especie de intersección entre el populismo de derecha y el socialismo de izquierda.

En Estados Unidos hay un candidato presidencial llamado Andrew Yang. Dice que intentan reemplazarnos con robots de software y extranjeros que trabajan desde otros países. Entiende la convulsión globótica. Nunca será elegido. Pero creo que a los candidatos demócratas más inclinados a la izquierda les resultará casi irresistible desviar la ira que existe en Estados Unidos, apartándola de China y de los inmigrantes y dirigiéndola contra la tecnología. Las grandes empresas tecnológicas se convertirán en chivos expiatorios.

Dice que es optimista a largo plazo, pero probablemente solo si los gobiernos pueden evitar una pérdida masiva de empleos, ¿no?

Me preocupa especialmente Estados Unidos. Cualitativamente, esta transformación no tiene nada de distinto. La gente tiene que cambiar de empleo debido a la tecnología, y esa historia tiene unos tres siglos. La diferencia clave es que quizá esté ocurriendo más rápido que antes.

Algunos gobiernos lo hacen mejor que otros. El Reino Unido no es el mejor, pero lo hace mucho mejor que Estados Unidos. En Estados Unidos, si pierdes el empleo y tienes un problema de salud, es probable que acabes en la bancarrota y pierdas la casa, o que tus hijos tengan que dejar la universidad. Ese tipo de situaciones en Estados Unidos son realmente extremas. En el continente [europeo] existen políticas activas de empleo que ya están en marcha y ayudan a las personas a adaptarse.

En disrupciones anteriores, algunos de los trabajadores desplazados del sector manufacturero acabaron pasando a empleos peores en el sector servicios.

Creo que eso es lo que ocurrirá ahora.

¿A qué trabajos de menor nivel pasarían hoy las personas?

A conducir para Uber. ¡Los asistentes jurídicos se convertirán en conductores de Uber! Habrá un descenso de categoría en el sector servicios, pero conviene señalar que los trabajadores de servicios son intrínsecamente más flexibles que los trabajadores de fábrica. Así que, aunque sus habilidades se devaluarán, seguirán en el sector servicios y no habrá desempleo masivo.

¿Qué tipos de empleos se crearán?

La inteligencia artificial está dando a personas con competencias medias habilidades de pensamiento sofisticadas y ciertos tipos de reconocimiento de patrones. Esto dará lugar a empleos semiprofesionales intermedios entre médicos y enfermeros, entre abogados y asistentes jurídicos, y entre arquitectos y delineantes.

Un nivel que actualmente no existe.

Ese nivel no existe porque la inteligencia artificial hará que las personas sean mucho más capaces, y no se necesita un título universitario para usarla. Es muy sencillo.

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