A comienzos del siglo XX, las mujeres estadounidenses obtuvieron el derecho al voto. Poco después, la participación de las mujeres en el mercado laboral, la educación y la vida política aumentó considerablemente.
Esta revolución de género no se produjo solo en Estados Unidos, sino en muchos países de todo el mundo.
Pero a partir de 1980, los cambios en las oportunidades, la posición social y las actitudes que estaban cerrando la brecha entre hombres y mujeres empezaron a ralentizarse. Desde mediados de la década de 1990, apenas ha habido cambios.
La igualdad de género en el hogar entre las parejas heterosexuales ha avanzado aún más lentamente que en la vida pública. La teórica de la familia Frances Goldscheider ha sostenido que el objetivo de incorporar a las mujeres a lo que tradicionalmente ha sido el terreno de los hombres en el mercado laboral remunerado es solo la “primera mitad” de lo que ella denomina la revolución de género.
Sin avances en la “segunda mitad” de esa revolución –que los hombres asuman una parte igual del trabajo doméstico–, otras medidas, como la igualdad salarial, no serán suficientes para que el trabajo que realizan mujeres y hombres sea equitativo.
Mis colegas y yo del proyecto World Family Map colaboramos con Goldscheider para determinar si tener hijos hacía más difícil alcanzar el objetivo de repartir el trabajo doméstico de forma justa.
Descubrimos, en consonancia con investigaciones anteriores, que tener hijos en casa hacía que hombres y mujeres se comportaran de forma más tradicional. Las mujeres limpiaban, cocinaban y cuidaban de los hijos mucho más que los hombres.
Pero también encontramos grandes diferencias entre países en cuanto a la medida en que los hijos “tradicionalizaban” la división del trabajo en las parejas. Queríamos saber por qué la presencia de hijos influía más en la forma en que las parejas repartían el trabajo en algunos países, como Finlandia y Lituania, que en otros, como Noruega y Letonia.

Respuestas sorprendentes
Analizamos cómo hombres y mujeres repartían su tiempo entre el trabajo remunerado, el cuidado de los hijos y las tareas domésticas, utilizando los datos más recientes del Programa Internacional de Encuestas Sociales sobre la familia y los cambios en los roles de género.
Los datos abarcan 35 países, entre ellos países del norte y países relativamente ricos de Asia, África, América Latina y el Caribe.
Analizamos varios factores que, creemos, podrían explicar por qué las parejas reparten el trabajo doméstico como lo hacen, entre ellos la renta nacional, la política familiar nacional y la igualdad de género a nivel nacional.
Utilizamos el Índice Global de Brecha de Género, que mide la igualdad en salud, educación, mercado laboral y representación política, para medir las brechas entre hombres y mujeres en la vida pública.
Al comenzar nuestro análisis, pensábamos que los hijos tendrían menos peso en el reparto del trabajo doméstico en los países con más igualdad de género en la esfera pública.
Nos equivocábamos.
En el 76 % de las parejas sin hijos del norte de Europa, las mujeres dedicaban a un trabajo remunerado las mismas o más horas que el hombre, y él dedicaba al trabajo doméstico las mismas o más horas que ella. Dicho de otro modo, 3 de cada 4 parejas no seguían una división tradicional del trabajo por géneros.
Pero solo el 45 % de las parejas con hijos del norte de Europa practicaba una división no tradicional del trabajo.
En comparación, el 31 % de las parejas sin hijos de Centroamérica y Sudamérica reparten el trabajo de forma más equitativa. Pero tener un hijo no cambia mucho el statu quo. Solo el 21 % de las parejas de esta región con hijos reparten el trabajo de forma más equitativa.
Cuando ambos miembros de la pareja suelen trabajar fuera de casa, los hijos suelen contribuir a un “segundo turno” mucho más para las mujeres que para los hombres. Esto significa que los hijos suponen un obstáculo mayor para una revolución de género en sus etapas más avanzadas que en una que apenas está comenzando.

¿Una solución?
El hallazgo más sorprendente de nuestro análisis fue que la pérdida de impulso hacia la igualdad de género varió entre países. Nos preguntamos si las políticas gubernamentales podían tener influencia.
Los permisos parentales generosos que podían utilizar cualquiera de los progenitores no parecieron influir: si había hijos, la carga de trabajo seguía repartiéndose según roles tradicionales.
La legislación que proporcionaba a los padres protección jurídica si se acogían a un permiso parental no retribuido tampoco marcó la diferencia.
Probamos muchas otras políticas que no parecieron eficaces.
Solo destacó una política familiar concreta: el permiso paternal retribuido e intransferible –también conocido como “cuota para padres”.
Cuando se ofrecía un permiso retribuido de uso obligatorio o que se perdía, los hombres participaban más en el hogar.

Entre las parejas con hijos de los 35 países analizados, el 28 % practicaba una división moderna del trabajo sin la cuota para padres, y el 34 % con ella. Esta diferencia es significativa, y su magnitud es casi exactamente la misma que el cambio asociado a que una persona alcance un nivel educativo superior.
Las cuotas para padres surgieron en Noruega en 1993. Suecia no tardó en seguir su ejemplo. En 2012, también se encontraban cuotas para padres en Bélgica, Francia, Portugal, Letonia y Japón.
Forzar cambios en las normas culturales
Nuestros datos no nos dicen por qué las políticas paternas parecen ayudar a cerrar la brecha de género.
Si las cuotas para padres hubieran sido creadas por los responsables políticos en respuesta a valores progresistas –si simplemente reflejaran las normas de género en lugar de cambiarlas–, esperaríamos ver esos valores reflejados en la división del trabajo de las parejas, tuvieran o no hijos en el hogar.
Pero la política no afecta a la igualdad de género en el trabajo doméstico entre las parejas sin hijos de esos países. Alrededor de la mitad de las parejas sin hijos practicaba una división moderna del trabajo independientemente de que hubiera o no una cuota para padres: 49 % sin ella, 51 % con ella.
Y no podemos demostrar cómo influye la cuota para padres en el comportamiento.
Pero sabemos que las fuerzas que empujan a hombres y mujeres hacia roles “no tradicionales” pueden tener resultados duraderos si las recompensas de los nuevos comportamientos se refuerzan a sí mismas. Un ejemplo: cuando los hombres disfrutan cuidando de sus hijos y, por ello, quieren hacerlo más.
Esto funcionó durante la Primera Guerra Mundial, cuando ver a mujeres arar los campos, repartir el correo, hacer cumplir las leyes, conducir autobuses y montar municiones contrarrestó los estereotipos de las mujeres como demasiado frágiles o poco interesadas en el trabajo no doméstico.
Si la revolución de género está estancada o se estanca porque se considera que los hombres no están capacitados para el trabajo doméstico, una prestación económica que haga que el permiso de paternidad sea más una norma cultural puede ser la fuerza que cambie la percepción y el comportamiento de la sociedad.

