Imagina un país que alberga algunas empresas tecnológicas de fama internacional.
Ahora imagina que esta nación digitalmente avanzada también tiene una de las velocidades de banda ancha más altas del mundo; para 2021 se espera que casi el 86% de su población tenga un teléfono inteligente.
Y luego piensa en cómo este país planea celebrar el centenario de su liberación del dominio extranjero: imagina ahora un edificio resplandeciente lleno de libros. Porque Finlandia —que ocupó el segundo lugar en el Índice de Preparación para la Red 2016 del Foro Económico Mundial— pretende conmemorar el centenario de su independencia de Rusia inaugurando una biblioteca completamente nueva.
La Biblioteca Central de Helsinki, también llamada Oodi, cuya apertura está prevista para diciembre de 2018, no albergará solo libros. El edificio también contará con un cine, un estudio de grabación y un espacio donde se podrán transformar objetos antiguos en artículos nuevos. También se podrá acceder a ella desde un supermercado.

El edificio recibió un respaldo político casi unánime y se diseñó con la ayuda de un público favorable como parte de un amplio proceso de consulta.
Amor por los libros
Ubicada en el corazón de la ciudad, frente al Parlamento, la biblioteca es uno de los proyectos emblemáticos con los que se celebra el centenario de la independencia de Finlandia. El costo estimado del edificio es de 98 millones de euros (115 millones de dólares). El Estado pagará 30 millones de euros (35 millones de dólares), mientras que la ciudad de Helsinki cubrirá el resto.
El país, considerado el más feliz del mundo por la ONU en 2018, destaca por su alto nivel de servicios públicos, y al parecer las bibliotecas están entre los servicios que más aprecian los finlandeses. Los 5,5 millones de habitantes de Finlandia toman prestados más de 68 millones de libros al año.
El amor de los finlandeses por las bibliotecas se analizó en un artículo de 2017 de New Statesman. En él se describía cómo toman prestado «prácticamente todo lo que se pueda desear: desde utensilios de cocina para una cena hasta taladros para mejoras en el hogar, además de obras de arte, balones de fútbol, juegos de jardín y máquinas de coser. Todo es gratis: la prestación de servicios bibliotecarios de alta calidad sin costo para el público está consagrada en la legislación finlandesa».
Esta ley, promulgada por primera vez en 1928, está concebida para mantener las bibliotecas actualizadas, modernas y pertinentes para la sociedad en tiempos de cambio. La autora Pirkko Lindberg escribió en un blog tras la revisión de la ley en 2016: «El objetivo de la nueva ley es promover, entre otras cosas, el acceso igualitario de la ciudadanía a la civilización y la cultura, el acceso al aprendizaje permanente, la ciudadanía activa y la democracia. Para alcanzar estos objetivos, los principios fundamentales son la comunidad, la diversidad y el multiculturalismo».
El corazón de la comunidad
Por ocupar un lugar central en la cultura local y nacional, las bibliotecas también son centros de actos públicos, como conciertos, charlas literarias y proyecciones cinematográficas. La gente acude a ellas para trabajar; algunas cuentan con una sección reservada para que los niños hagan sus tareas.
Para bibliófilos, estudiantes, académicos e investigadores de otros lugares, la idea misma de una biblioteca así parece el paraíso de los amantes de los libros. En el Reino Unido se cuenta una historia muy distinta: menos préstamos de libros, menos visitantes y llamamientos frecuentes a sustituir al personal cualificado por voluntarios sin remuneración. También se habla del cierre de bibliotecas debido a los ajustados presupuestos gubernamentales en Estados Unidos y Canadá.
A pesar de ello, la idea misma de las bibliotecas sigue siendo esencial en las culturas que aspiran a ser vistas como ilustradas, progresistas y pertinentes. Quizá la imagen de las bibliotecas como lugares austeros donde reina el silencio absoluto no las haya favorecido. Pero en Oodi, la biblioteca vuelve a sus raíces: un lugar donde la gente puede reunirse y aprender.
Al fin y al cabo, la biblioteca más grande del mundo antiguo, la de Alejandría, en Egipto, construida alrededor del año 300 a. C., albergaba colecciones de obras, salas de conferencias, espacios de reunión y jardines.
Y, pese a los recortes en otros lugares, aún se planifican y construyen grandes bibliotecas públicas atractivas con la intención de atraer a visitantes actuales. Por ejemplo, una biblioteca renovada en Newcastle, en el Reino Unido ofrecerá equipos informáticos de alta tecnología, como tabletas, una impresora 3D y computadoras Raspberry Pi. Mientras tanto, una biblioteca en Halifax, Canadá, se construyó con una serie de rectángulos de vidrio apilados unos sobre otros. El edificio, inaugurado en 2014, ofrece un auditorio, cafeterías, una zona de juegos para niños y espacios de lectura y estudio.
Aunque las bibliotecas del futuro incorporan alta tecnología, parece que también están volviendo al concepto alejandrino de lo que deberían ser: lugares donde las comunidades se reúnen, conversan y conectan.


