La inclusión financiera es clave para abordar la desigualdad de género en África

Internally displaced Congolese women carry produce as they walk to the market in Kaniki-Kapangu village near Mwene Ditu in Kasai Oriental Province in the Democratic Republic of Congo, March 15, 2018. Picture taken March 15, 2018. REUTERS/Thomas Mukoya
Women in Sub-Saharan Africa need access to financial services in order to overcome certain obstacles.Image: REUTERS/Thomas Mukoya
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En todo el mundo, movimientos sociales como #MeToo y #TimesUp están inspirando conversaciones importantes sobre las prácticas desiguales que las mujeres han afrontado durante mucho tiempo en todos los ámbitos de su vida. En algunos casos, estas conversaciones han dado lugar a cambios cuantificables en el trato que reciben las mujeres en el trabajo, en casa y en otros ámbitos de la sociedad.

Por desgracia, hasta ahora la atención se ha centrado sobre todo en las mujeres de Occidente o en las que viven en zonas urbanas. Las mujeres rurales, y en particular las agricultoras pobres del África subsahariana, aún no se han beneficiado de la reciente atención prestada a la igualdad de género. Pero, si alguna vez se quiere cerrar la brecha de género en África, los obstáculos específicos a los que se enfrentan las mujeres africanas deben formar parte del diálogo mundial.

El África subsahariana se encuentra entre las regiones del mundo con mayor desigualdad de género. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), las «percepciones, actitudes y funciones de género históricas» limitan el acceso de las mujeres a la atención sanitaria y la educación, y dan lugar a una carga familiar desproporcionada, segregación laboral y violencia sexual.

Pero quizá el mayor obstáculo para la igualdad de género en el África subsahariana sea el dinero; dicho sin rodeos, las mujeres tienen menos. Según el Banco Mundial, el 37 % de las mujeres de la región tiene una cuenta bancaria, frente al 48 % de los hombres. Y, aunque los porcentajes son bajos para ambos sexos, lo preocupante es que la brecha se ha ampliado en los últimos años, incluso mientras la financiación total disponible para las personas pobres del mundo ha aumentado de forma constante.

Hoy en día, las mujeres predominan en la agricultura africana, la actividad económica más importante del continente. Sin embargo, esto no se ha traducido en un mayor control de las finanzas. Una medida de esta carencia son las tasas de endeudamiento: en África Oriental, donde trabaja mi organización, las mujeres piden prestado un 13 % menos que los hombres para actividades agrícolas. El analfabetismo, la escasa propiedad de tierras y las restricciones a la autonomía y la movilidad se combinan para reducir el acceso de las mujeres rurales a la financiación agrícola.

Estas barreras han tenido un impacto considerable en el progreso social y económico. Para empezar, la falta de capital dificulta que las mujeres compren semillas y fertilizantes de calidad, o incluso que accedan a tierras de cultivo, lo que a su vez reduce la productividad agrícola. Los rendimientos de los cultivos de la región están muy por debajo de los promedios mundiales, en parte porque las mujeres no pueden invertir lo suficiente en sus explotaciones.

La desigualdad de género también acarrea un costo a escala macroeconómica. El PNUD estima que la falta de integración de las mujeres en las economías nacionales cuesta a los países del África subsahariana, en conjunto, 95.000 millones de dólares en productividad perdida cada año. Cuando las mujeres que viven en la pobreza no pueden trabajar ni contribuir a la sociedad, el crecimiento se estanca.

Por otro lado, cuando las agricultoras tienen acceso a financiación, los beneficios van mucho más allá del campo. Se ha demostrado que el empoderamiento financiero aumenta la participación de las mujeres en la toma de decisiones comunitarias. Además, la inclusión financiera de las mujeres ayuda a combatir la marginación social y mejora el bienestar familiar; cuando las madres tienen cierto control sobre las finanzas del hogar, es menos probable que sus hijos mueran por malnutrición y más probable que prosperen.

Dados estos beneficios, la cuestión no es si las mujeres de las zonas rurales de África necesitan un mayor acceso al capital para actividades agrícolas, sino cómo proporcionárselo. Una solución es diseñar programas que tengan en cuenta las desigualdades en educación y movilidad al conceder préstamos. Considerar la discriminación social es esencial para que las niñas y las mujeres se beneficien plenamente de la financiación disponible. Otra opción es aprovechar las iniciativas de mediación que han dado buenos resultados y ayudan a las mujeres a hablar con sus esposos sobre la inclusión financiera.

Pero uno de los cambios más importantes sería que las instituciones financieras asumieran un liderazgo firme. Si los bancos y los servicios de préstamo ofrecieran productos que respondieran a las necesidades de las mujeres, más mujeres tendrían acceso a recursos financieros. Por ejemplo, los bancos podrían crear programas de préstamos específicos para cultivos que tradicionalmente cultivan las agricultoras —como el cacahuete o el girasol—. Las instituciones financieras también podrían fomentar el liderazgo de las mujeres en las cooperativas agrícolas y apoyar los mercados donde venden sus cosechas.

Al ritmo actual de inclusión financiera, el mundo tardará más de 200 años en alcanzar la paridad de género. Eso es inaceptable. El progreso hacia el empoderamiento de las mujeres no tiene por qué ser tan lento. Si los gobiernos, los actores internacionales y el sector financiero se esfuerzan de forma coordinada por diseñar y mantener políticas con mayor enfoque de género, no lo será.

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