Los docentes hacen exámenes para averiguar qué saben sus estudiantes. Pero los exámenes hacen mucho más que eso y pueden influir poderosamente en lo que recuerda un estudiante. En un estudio de investigación típico sobre los vínculos entre los exámenes y la memoria, a un grupo de participantes se le podría decir «El mayordomo de Batman se llama Alfred». A otro grupo se le preguntaría «¿Cómo se llama el mayordomo de Batman?» y luego se le diría que es Alfred. Si se les vuelve a preguntar unas semanas después, el grupo al que se examinó recuerda mejor que la respuesta es Alfred que el grupo al que simplemente se le comunicó la información.
Pero ¿qué pasa si respondes mal? Por ejemplo, ¿y si dices Jeffrey (un error común en mi investigación, cuando The Fresh Prince of Bel Air estaba en televisión) y te digo que no, que es Alfred? ¿Te habría ido mejor si no te hubieran examinado?
El sentido común dice que, si practicas cometer errores, aprendes a cometer errores. De ahí surgió una larga tradición en psicología orientada a promover el «aprendizaje sin errores». Por otro lado, el sentido común también dice que aprendemos más de nuestros errores. Entonces, ¿cuál de las dos cosas es cierta?
¿Importa la edad?
Las investigaciones existentes en este campo han demostrado que depende de la edad. Si eres joven y gozas de buena salud, los errores potencian el aprendizaje. Pero las personas con problemas de memoria, incluido el deterioro leve asociado al envejecimiento normal, se benefician más del aprendizaje sin errores. En pocas palabras: para una mente ágil, los errores están bien; para el abuelo, son malos.
Nuevas investigaciones cuestionan todo eso. Las psicólogas Andrée-Ann Cyr y Nicole D. Anderson observaron que, en estudios anteriores con adultos jóvenes, los exámenes normalmente consistían en preguntarles sobre conceptos, por ejemplo, que nombraran una fruta. En cambio, en los estudios con adultos mayores, los exámenes solían consistir en completar pistas léxicas, como «fr-____».
Aunque luego a ambos grupos se les decía que la respuesta era fresa, el aprendizaje era distinto: las personas jóvenes que cometían errores al tener que nombrar una palabra a partir de un concepto recordaban la respuesta semanas después. Pero no estaba claro qué importaba más: ser joven o mayor, o que las pistas del examen fueran conceptuales o léxicas.
Equivocarse ayuda
En su estudio con grupos de personas mayores y jóvenes, Cyr y Anderson han descubierto ahora que el tipo de pista marca toda la diferencia. En su prueba conceptual, ambos grupos recordaron más cuando no acertaron en la prueba —por ejemplo, al pedirles que nombraran un producto de pastelería y luego decirles que «era una tarta»— que cuando simplemente se les había dado la respuesta de inmediato, sin examinarlos.
En su prueba léxica, ambos grupos aprendieron más con el aprendizaje sin errores. Recordaron más palabras en una prueba posterior si simplemente se les mostraba «fr y fresa» que si se les mostraba «fr____» completamente fuera de contexto, se les hacía adivinar mal la palabra y luego se les daba la respuesta «fresa». El mismo patrón se observó en ambos grupos de edad.
La mayor parte de lo que aprendemos es conceptual, en el sentido de que implica relacionar los nuevos aprendizajes con información que ya habíamos aprendido. Por ejemplo, si hicieras un cuestionario sobre este artículo, no incluiría preguntas como «er____?», sino preguntas como «¿cuándo ayuda el aprendizaje sin errores y cuándo perjudica?»
Así pues, la lección práctica de este nuevo estudio es que cometer errores (y luego recibir comentarios) es una buena forma de aprender y retener información conceptual. Si quieres aprender información no conceptual, como asociar palabras con pseudopalabras sin significado, cometer errores no te ayudará. En rima, sería así: para comprender de verdad, los errores te ayudarán; para lo que no tiene sentido, acertar es suficiente.
Lo que importa es la prueba
Sin embargo, es comprensible que estos estudios no sean del todo realistas. En esencia, los participantes se limitaban a adivinar las respuestas. Además, en los exámenes de la vida real es habitual escribir una respuesta incorrecta y no descubrir la correcta hasta pasado un tiempo; por ejemplo, cuando haces un examen y te lo devuelven una semana después.
Otro estudio reciente podría despejar estas dudas. Se plantearon a los participantes preguntas como «¿Cuál es la hierba más alta del mundo?», sobre las que podían reflexionar de verdad, en vez de adivinar a ciegas. Tras cometer errores en una prueba inicial, tuvieron que esperar 24 horas para conocer la respuesta correcta. Aun así, intentar responder a la pregunta el primer día y equivocarse hizo que recordaran más en una prueba de memoria posterior que si no se les hubiera examinado sobre esa información.
Hay que plantear retos a los niños
Todos queremos que a los niños les vaya bien en la escuela. Pero estos resultados plantean una pregunta difícil: ¿qué significa que les vaya bien? A menudo suponemos que significa tener un buen desempeño en el aula al responder preguntas o hacer exámenes. Pero si el objetivo último es que les vaya bien después de graduarse, entonces quizá sacar demasiado buenas notas en la escuela sea un problema. Tal vez deberíamos preocuparnos precisamente cuando los niños no cometen errores en la escuela, porque podrían aprender más si afrontaran retos mayores.
No hay pruebas de que sea bueno cometer errores a propósito. Pero los docentes sí deben asegurarse de que el conjunto de problemas que afronta un niño sea lo bastante desafiante como para que se implique en un esfuerzo productivo. Si no cometes errores, quizá no estés aprendiendo.
Publicado en colaboración con The Conversation
Autor: Nate Kornell es profesor adjunto de Psicología Cognitiva en Williams College
Imagen: estudiantes de Reynolds High School, Portland. REUTERS

