Investigaciones recientes muestran que las tasas de creación de empresas emergentes aumentan hasta en un 20% cuando se imparten lecciones de espíritu emprendedor en las escuelas. Al educar a la próxima generación de empresarios, debemos brindar a los jóvenes una experiencia de primera mano sobre la relación entre el espíritu emprendedor y la innovación.
Los nativos digitales de hoy son los más hábiles en el uso de la tecnología, pero al mismo tiempo están menos seguros de los procesos innovadores que las crearon. La generación más joven necesita aprender a crear valor en la economía digital y a aprovechar las oportunidades que abundan en la ciencia y la ingeniería. Esto solo puede lograrse mediante una estrecha cooperación entre la educación, las empresas y la industria.
Para Europa, ser “pobre en innovación” no es una opción. Nuestra agenda de competitividad depende del desarrollo de economías más inteligentes.
Un estudio realizado en Suecia en 2012 examinó a dos grupos de personas: las que habían recibido formación en espíritu emprendedor y las que no. Los investigadores comprobaron que el primer grupo tenía al menos un 20% más de probabilidades de crear su propio negocio.
Además, descubrieron que quienes habían recibido formación tenían mucha más probabilidad de emprender un proyecto ambicioso, como una corporación, en lugar de una empresa individual o una sociedad.
En Noruega, mientras tanto, un estudio de 2011 en el que participaron 1,200 personas de entre 24 y 25 años reveló que el 12% de ellas ya había puesto en marcha su propia empresa. Cabe señalar que en estos dos países alrededor del 20% de las personas recibe este tipo de formación en espíritu emprendedor, la proporción más alta de Europa.
En otros lugares, un joven equipo de estudiantes de entre 16 y 17 años de la India participó en sesiones con mentores de Hewlett Packard. Una de sus ideas creativas fue un revolucionario material de construcción fabricado con cáscara de arroz, al que denominaron “Green Wood”.
Es ligero, reciclable y económico, y la materia prima para fabricarlo está en todas partes.
Otro grupo de estudiantes de una escuela de formación profesional de Eslovaquia, con la tutela de Hyundai, desarrolló el concepto de una aplicación para iPhone que permitiría a los padres ver lo que hacen sus hijos en la parte trasera del coche y comunicarse con ellos sin girarse, haciendo así la conducción más segura.
Un equipo de jóvenes emprendedores de Francia tuvo la idea de reproducir coral en acuarios y estudió cómo comercializar el producto (venderlo a expertos en arrecifes de coral) sin incurrir en impuestos ni tasas marítimas.
En cada uno de estos casos, gracias a la interacción con expertos, los estudiantes se han sentido motivados a avanzar hacia áreas especializadas de la industria y a desarrollar aún más sus propias habilidades. También han sido “activados” para la innovación.
Gracias a procesos como estos, la innovación deja de ser un misterio y cualquiera puede participar. En el Reino Unido, los investigadores comprobaron que los estudiantes que habían participado en lecciones de espíritu emprendedor y que después habían puesto en marcha sus propias empresas eran más propensos a estar activos en los sectores creativo y tecnológico, como los servicios en la nube (21.1%), la ingeniería avanzada (10.3%), el desarrollo de productos y las tecnologías medioambientales.
La innovación requiere trabajo en equipo, ideas frescas y la capacidad de dar forma a estas ideas hasta convertirlas en algo viable. Es un proceso relativamente sencillo, pero no conduce a ninguna parte si la atención no se centra en satisfacer una necesidad real y existente.
Los educadores aprenden a ayudar a los estudiantes a avanzar por estos pasos, pasando de un papel tradicional de docente al de facilitador. La participación de socios del mundo empresarial y de la industria permite a los estudiantes comprender la relevancia de lo que hacen.
Parte del proceso de aprendizaje consiste en que los jóvenes evalúen la viabilidad de sus ideas en colaboración con personas con conocimientos. Estas personas los animan, pero también pueden ser críticas.
Los concursos y las sesiones de presentación de proyectos son herramientas probadas para impulsar a los estudiantes, que identifican rápidamente sus propias fortalezas y debilidades.
¿Y si pudiéramos canalizar este potencial emprendedor aún más de lo que lo hacemos ahora? Europa necesita más emprendedores, sí, pero especialmente necesita emprendedores más innovadores. Según el Foro Económico Mundial en su informe Europe 2020 Competitiveness Report, los países ricos en innovación del norte y noroeste de Europa presentan “mercados altamente competitivos, clústeres bien desarrollados y un entorno emprendedor que superan a Estados Unidos en la consecución de un crecimiento inteligente”.
Es interesante señalar que estos son los mismos países europeos que más invierten en formación en espíritu emprendedor. También son los países en los que la colaboración entre la educación y las empresas es más habitual.
El papel que la comunidad empresarial puede desempeñar y de hecho desempeña en el fomento del espíritu emprendedor es fundamental. El sector privado tiene una gran disposición a contribuir, y existe un consenso creciente entre los investigadores de que permitir que los estudiantes interactúen con personas ajenas a la escuela o a la universidad es una forma eficaz de desarrollar la competencia emprendedora.
Este es un paso esencial si queremos asegurar que los jóvenes tengan las competencias necesarias para el mercado laboral del futuro. No basta con haber nacido como nativos digitales. Los jóvenes deben cultivar habilidades que les permitan participar y contribuir en el siglo XXI, el más acelerado y de alta tecnología que jamás hayamos vivido.
Nuestro informe, Fostering Innovation-Driven Entrepreneurship in Europe, ya está disponible.
Autoría: Caroline Jenner es CEO de JA-YE, Europa.
Imagen: Estudiantes realizan un examen en el liceo francés Louis Pasteur de Estrasburgo, el 18 de junio de 2012. REUTERS/Vincent Kessle

