Aprender a leer es un hito en la vida de todo niño. Quienes somos padres, docentes o hermanos mayores recordamos con cariño la primera vez que nuestra hija, nuestro alumno o nuestro hermano logró leer una frase, y lo orgullosos y felices que nos sentimos. La lectura es una habilidad fundamental. Es una condición previa para la participación activa en la sociedad, una puerta de entrada a todos los demás resultados del aprendizaje. También se asocia con el dominio de otros ámbitos cognitivos, como las ciencias, las matemáticas y las humanidades. Por último, es fundamental adquirir las habilidades de pensamiento creativo y computacional, que permiten expresar y comunicar ideas a través del tiempo y del espacio.
La mayoría de quienes leemos esto, en este mismo momento, damos la lectura por sentada. Sin embargo, si lo pensamos un poco, podríamos darnos cuenta de que leer no es tan sencillo. Ahora mismo estás distinguiendo gotas de tinta (o píxeles) organizadas como un carácter asociado a un sonido, que, combinado con otros, forma una palabra. Nuestro cerebro procesa luego las palabras mediante reglas gramaticales para formar oraciones, cuyo significado depende del contexto. Cuando lees: «¡Sam dijo a su amigo: vámonos de viaje!», entiendes que quería subirse al coche y emprender un viaje, y no que quería romper el pavimento con un martillo. Leer, y comprender las ideas que transmite lo que se lee, es una tarea compleja. Sin embargo, los niños pueden aprenderla. De hecho, todos los niños pueden aprender a leer, incluso en idiomas con reglas más complejas. Por ejemplo, el español es más fácil que el inglés, ya que existe una correspondencia uno a uno entre sonido y carácter: el sonido f siempre se representa con la letra «f», y solo con la letra «f»; en inglés, en cambio, se representa con la letra «f», como en «fish», o con la combinación «gh», como en «enough»; pero no siempre, porque «gh» no suena como f en la palabra «ghost».
Aun así, esperamos que, al terminar la educación primaria, los niños puedan leer con fluidez, a cierto nivel de complejidad y velocidad, y comprender lo que leen. ¿Está ocurriendo eso? Establezcamos un listón relativamente bajo y sostengamos que todos los niños deberían poder leer y comprender un texto sencillo a los 10 años. Utilizando evaluaciones internacionales y nacionales, en esfuerzo conjunto con la UNESCO, hemos evaluado cuántos niños no logran superar este listón relativamente bajo en cada país. En Irlanda, esa cifra es del 2 %. En Finlandia, del 3 %; en Singapur, del 3 %; en Portugal, del 6 %. La lectura es casi universal entre los niños pequeños en estos países, como en muchos otros países ricos. En promedio, en los países ricos solo el 9 % de los niños no puede leer un texto a los 10 años. Pero ahí termina la buena noticia. En el mundo en desarrollo, en todos los países de ingreso bajo y medio, más de la mitad de los niños no puede leer ni comprender un texto sencillo a los 10 años. Llamamos a esa proporción la tasa de «pobreza de aprendizaje». Más concretamente, en promedio, la pobreza de aprendizaje en estos países es del 53 %. Solo en los países pobres, esa proporción aumenta hasta un asombroso 89 %. La pobreza de aprendizaje está distribuida de forma extremadamente desigual: el siglo XXI convive con el siglo XIX.
Este alto nivel de pobreza de aprendizaje es una forma sencilla y directa de comprender la crisis del aprendizaje que vivimos, la cual el Banco Mundial reconoció por primera vez en el Informe sobre el desarrollo mundial 2018. Los niños que no dominan las habilidades de lectura para su décimo cumpleaños tendrán dificultades para ponerse al día y es poco probable que continúen aprendiendo en niveles escolares superiores, o incluso que permanezcan mucho tiempo en la escuela. Todos los demás resultados educativos están en riesgo, y sus perspectivas de vida también lo están. Una habilidad que muchos damos por sentada es, en realidad, un privilegio que se les niega a millones de niños en todo el mundo.
La pobreza de aprendizaje es moral y económicamente inaceptable. Es moralmente inaceptable, porque millones de niños se quedan sin la posibilidad de participar en una economía que es cada vez más próspera y rica. Tenemos la tecnología para prestar servicios educativos básicos y, a escala mundial, los recursos están disponibles, pero esa prosperidad no se comparte. Y es económicamente inaceptable, porque, incluso si solo nos preocupan la competitividad y el crecimiento, si no se acumula capital humano, es imposible que un país prospere en la economía global. Las investigaciones del Banco Mundial muestran que, en los países ricos, el 70 % de la riqueza procede del capital humano acumulado. En los países más pobres, solo lo hace el 40 %.
Eliminar la pobreza de aprendizaje es tan urgente como erradicar la pobreza extrema, la desnutrición crónica o el hambre. La comunidad internacional del desarrollo y la mayoría de los países han acordado una serie de metas en materia de educación. El Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS) 4 aspira a «garantizar una educación primaria y secundaria gratuita, equitativa y de calidad para todos» de aquí a 2030, entre otros muchos resultados educativos. ¿Estamos encaminados a lograr, al menos, una educación primaria de calidad para todos? Pues no. Con una educación primaria de calidad, todos los niños aprenderían a leer; la pobreza de aprendizaje tendería a cero. Sin embargo, en un escenario de «business as usual», es decir, si el progreso continúa al ritmo alcanzado entre 2000 y 2015, en 2030 la pobreza de aprendizaje solo descenderá hasta el 43 %. Los altos niveles de pobreza de aprendizaje y el lento ritmo de mejora son una señal de alerta temprana de que la mayoría de las metas educativas incluidas en el ODS 4 corren el riesgo de no cumplirse.
Eliminar la pobreza de aprendizaje para todos los niños en 2030 requerirá mejoras a un ritmo y una escala sin precedentes. Esto no significa que debamos dejar de esforzarnos por alcanzar este objetivo. Centrarse en eliminar la pobreza de aprendizaje exigirá que todos los actores del sistema educativo (docentes, directores, las burocracias locales y centrales, ministros y muchos otros) interioricen que el propósito de su trabajo es asegurar que cada niño aprenda. Y los gobiernos y las sociedades deben asumir los compromisos financieros y políticos necesarios, así como los recursos humanos precisos para garantizar una educación de calidad para todos los niños. Todos merecen disfrutar de la lectura. Todos merecen un futuro más brillante.

