¿Quieres mantener viva la curiosidad de los niños? Aquí respondemos 5 preguntas clave

A young girl in a green coat chasing a bubble.
Curiosity is present in humans from a very young age.Image: Unsplash/Leo Rivas
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  • La curiosidad está presente en los seres humanos desde muy pequeños, cuando buscamos información, exploramos el entorno y encontramos formas de resolver problemas.

  • Sin embargo, factores como los buscadores de internet y los teléfonos inteligentes, el entorno escolar y los estilos de crianza pueden atenuar gradualmente nuestra curiosidad.

  • Prestar atención al estilo de curiosidad de cada niño e inculcarle orgullo por ese estilo ayudará a que siga siendo curioso a medida que crezca.

Los niños son curiosos por naturaleza. Sin embargo, diversas fuerzas del entorno pueden atenuar su curiosidad con el tiempo. ¿Se puede hacer algo para mantener viva su curiosidad? Para responder a esta pregunta, The Conversation U.S. consultó a Perry Zurn, profesor de Filosofía en American University y autor de tres libros sobre la curiosidad, entre ellos «Curious Minds: The Power of Connection», publicado en septiembre de 2022.

1. ¿Es abundante la curiosidad desde el nacimiento?

La curiosidad es una capacidad natural, presente en los animales no humanos y en los seres humanos desde una edad muy temprana. Todo tipo de seres busca información, explora su entorno e inventa nuevas formas de resolver problemas. Criaturas grandes y pequeñas, desde elefantes hasta abejas, se dedican a la búsqueda exploratoria de alimento al descubrir nuevos territorios y recursos, mientras que los monos —e incluso las células y los virus— inventan nuevos comportamientos.

Entre los seres humanos, la mayoría —tanto académicos como no académicos— considera que los niños son especialmente curiosos. La psicóloga Susan Engel confirma esta impresión en su libro «The Hungry Mind». Engel observa la curiosidad de los niños en distintos entornos: desde los paseos por la naturaleza en preescolar y los laboratorios de ciencias de secundaria hasta las preguntas que hacen alrededor de la mesa. Su investigación confirma que los niños rebosan curiosidad, que se manifiesta en lo que tocan, en su manera de hablar y en cómo interactúan con los demás. Pero ¿qué ocurre con esa curiosidad a medida que envejecemos?

Algunas personas que conozco lamentan haber perdido su capacidad infantil para maravillarse, mientras que otras se enorgullecen de haberla conservado o ampliado. ¿A qué podría deberse esta diferencia?

2. ¿Qué acaba con la curiosidad de los niños?

Aunque las investigaciones muestran claramente que a los niños les interesa mucho hacer preguntas, ese interés puede apagarse con el tiempo, sobre todo en el entorno escolar. Un estudio descubrió que los niños de preescolar hacen en casa un promedio de 26 preguntas por hora, pero menos de dos por hora en la escuela. Otro estudio mostró que los alumnos de quinto grado, en promedio, manifestaban curiosidad —haciendo preguntas, mirando algo de forma dirigida o manipulando objetos— menos de una vez cada dos horas. ¿Por qué?

Muchas cosas pueden atenuar la curiosidad. Los buscadores de internet y los teléfonos inteligentes, que ofrecen respuestas inmediatas, limitan la capacidad de los niños para detenerse en sus preguntas y darle vueltas a sus problemas. Los estilos de crianza que destacan el valor de las preguntas solo como un medio para alcanzar un fin —como obtener respuestas correctas— limitan la capacidad de los niños para plantearse preguntas por el mero hecho de hacerlo. Por último, cuando las escuelas enseñan a los niños a hacer solo ciertos tipos de preguntas y de maneras determinadas, pueden limitar sus oportunidades de innovar al encauzar su interés y sus indagaciones por vías demasiado estrechas.

3. ¿Hasta qué punto fomentan la curiosidad las escuelas desde preescolar hasta el último curso de secundaria?

Como la formación docente se centra en transmitir contenidos y desarrollar habilidades básicas, es posible que los profesores no sepan cómo fomentar la curiosidad.

Para complicar aún más las cosas, los educadores suelen enfrentarse a retos casi insuperables: clases cada vez más numerosas, menos recursos y una presión creciente para lograr resultados generales y medibles. Como resultado, muchos profesores enseñan más a «cumplir» que a «ser curiosos», como dice Ta-Nehisi Coates, al recordar su etapa como estudiante en las escuelas de Baltimore. Según su experiencia, era más importante que los alumnos se portaran bien y aprendieran el material asignado que dejar que exploraran sus intereses y se atrevieran a probar cosas. Esto perjudica especialmente a los alumnos a quienes ya es menos probable que se les fomente la inteligencia creativa, como los estudiantes racializados y los alumnos con diferencias en el aprendizaje, como el autismo, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad o la dislexia.

Como señala la astrofísica y autora feminista negra Chanda Prescod-Weinstein en su libro reciente, «The Disordered Cosmos», no se anima a todo el mundo a aspirar a las estrellas —ni a comprenderlas—. Según ella, se desalienta especialmente a las mujeres negras de perseguir sus aspiraciones académicas y científicas.

4. ¿Cómo pueden los padres proteger la curiosidad de sus hijos?

Prestar atención al estilo de curiosidad propio de cada niño e inculcarle orgullo por ese estilo contribuirá mucho a que los niños conserven la curiosidad. Aunque los niños son curiosos por naturaleza, pueden expresar y perseguir su curiosidad de distintas maneras. Las investigaciones indican que existen varias dimensiones o estilos de curiosidad.

Las investigaciones indican que existen varias dimensiones o estilos de curiosidad.Image: Cavan Images vía Getty Images

Un estudio en el que participé, por ejemplo, dirigido por el científico de la comunicación David Lydon-Staley, mostró que quienes navegan por Wikipedia tienden a ser o bien exploradores inquietos —que hacen clic en páginas muy distintas— o bien rastreadores, que hacen clic en páginas estrechamente relacionadas. ¿A tu hijo le gusta saberlo todo sobre unas pocas cosas? ¿O saber un poco de todo?

Para los antiguos griegos, estos dos estilos se representaban mejor mediante el erizo y el zorro. Según Arquíloco, el erizo «sabe una cosa», pero el zorro «sabe muchas». Siguiendo esa intuición, en mi libro «Curious Minds», escrito junto con el neurocientífico Dani S. Bassett, analizamos 18 criaturas distintas, desde animales hasta insectos, y caracterizamos sus estilos particulares de curiosidad. Quizá tu hijo se parezca más a un pulpo, con sus tentáculos inquisitivos extendidos en todas direcciones, o a una oruga medidora, lenta y constante.

5. ¿Qué papel pueden desempeñar las universidades?

Si queremos que las personas tengan la curiosidad y la imaginación creativa necesarias para abordar los problemas acuciantes de todo el mundo, tendremos que replantearnos qué ocurre en las aulas universitarias y qué sucede fuera de ellas.

Lani Watson, otra filósofa de la curiosidad, sostiene que, por mucho que los institutos y las universidades proclamen su compromiso central con la curiosidad, siguen recurriendo principalmente a una «educación centrada en las respuestas». Una y otra vez, el examen escrito, la prueba de opción múltiple o el ensayo argumentativo son el patrón de oro con el que los estudiantes demuestran que han aprendido y qué han aprendido.

En los entornos educativos rara vez se valora hacer preguntas mejores, más perspicaces y creativas, salvo como medio para alcanzar otros fines: mejores calificaciones, más artículos publicados, más descubrimientos o innovaciones. Las presiones sociales crecientes para dedicar más horas a las clases, el trabajo y las prácticas, junto con una inversión decreciente en la educación en artes liberales, convierten el arte de preguntar en una práctica en peligro de extinción. Pocos estudiantes tienen tiempo o reciben estímulos para cultivar la curiosidad por sí misma.

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