El tejido da esperanza a las mujeres de la India frente al cambio climático

A woman spins cotton thread on a charkha (spinning wheel) in the courtyard of a temple in the northern Indian town of Ayodhya September 22, 2010. A court will rule on Friday whether Hindus or Muslims own land around a demolished mosque in Ayodhya in a bid to settle a dispute that in 1992 sparked some of the worst riots since the sub-continent's partition. REUTERS/Adnan Abidi (INDIA - Tags: POLITICS RELIGION SOCIETY) - GM1E69M1PFJ01
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En los últimos meses, Niru Sonowal, de 30 años, y una docena de mujeres más de su aldea del noreste de la India han recorrido a pie varios kilómetros cada día en busca de trabajo.

Una vez terminadas sus tareas, salen de sus casas en el distrito de Tinsukia, en el estado de Assam, al romper el alba.

Regresan entrada la noche, después de trabajar duro en los campos de mostaza, jengibre y ajo del vecino estado de Arunachal Pradesh, con la esperanza de ganar al menos 200 rupias (2,80 $) al día, dijo Sonowal.

Su ardua jornada diaria contrasta con la vida de otras mujeres de la zona que se benefician de un impulso para recuperar el tejido como una forma menos agotadora de obtener ingresos, en un contexto en que el cambio climático afecta a la agricultura.

Hace menos de una década, Sonowal y sus compañeras eran amas de casa felices, mientras sus maridos trabajaban en los campos de las afueras y cultivaban alimentos suficientes para sus familias.

«También nosotras nos uníamos a ellos durante la siembra y la cosecha, y obteníamos abundantes cultivos que nos sustentaban durante todo el año», dijo Mamoni Sonowal, otra mujer del grupo.

La mayoría pertenece a familias de pequeños agricultores con menos de una acre de tierra. Pero, a medida que el clima se calienta y las lluvias se vuelven más impredecibles, les cuesta sobrevivir.

Cáscaras vacías

Un estudio del Gobierno, estudio publicado en diciembre concluyó que Assam era el estado más vulnerable al cambio climático de los 12 estados indios del Himalaya, y que los bajos ingresos limitaban la capacidad de la población para hacerle frente.

«Las lluvias son irregulares, insuficientes o excesivas; nuestra agricultura está menguando y se vuelve cada vez más incierta», dijo Dulumoni Senapati, otra mujer de la aldea.

Muchas están observando fenómenos inusuales en sus campos, señaló.

«El año pasado, cuando fuimos a cosechar, preguntaba a todo el mundo: “¿No les parece que el arrozal pesa menos esta vez?”», recordó. Nadie la tomó en serio hasta que empezaron a descascarillar la cosecha.

«No había arroz dentro. Solo cáscara. Todo nuestro duro trabajo no nos dio nada», dijo.

Según el Instituto Internacional de Investigación sobre el Arroz, las temperaturas más altas pueden reducir el rendimiento del arroz, ya que pueden esterilizar las flores, lo que impide que se produzca grano.

Senapati añadió que varias otras aldeas de la zona habían sufrido un problema similar.

Al verse afectado por los impactos del cambio climático el pilar de la economía local, muchos hombres se han marchado a trabajar como jornaleros o guardias de seguridad en estados lejanos de la India, donde permanecen durante meses.

Pero el trabajo es irregular y está mal pagado, y no envían dinero de forma regular.

Como resultado, las mujeres han tenido que asumir la mayor parte de la gestión del hogar y cubrir los gastos diarios de sus familias extensas.

El fruto del telar

Las mujeres de la aldea n.º 1 de Sonowal, que cuenta con unos 80 hogares, dicen que caminar hasta la frontera del estado vecino —a unos 8 km (5 millas)— es la forma más fácil de buscar trabajo.

La localidad más cercana, Sadiya, sede administrativa de su distrito, está a unos 40 km y, para llegar, tendrían que contratar transporte.

Grupos de mujeres de entre 25 y 30 aldeas remotas de Tinsukia se ganan la vida de la misma manera que las trabajadoras agrícolas.

Pero otras personas de la zona están recibiendo ayuda para hacer frente con mayor comodidad a las adversidades climáticas.

La North-East Affected Area Development Society (NEADS), una organización sin fines de lucro con sede en Assam, se ha asociado con el departamento estatal de sericultura para recuperar el potencial de los telares manuales como forma de adaptación al cambio climático.

«El tejido surgió como una opción natural de sustento para estas mujeres, pues tradicionalmente tienen aptitudes para esta labor. Casi todas las casas tienen un telar», dijo Tirtha Prasad Saikia, codirector de NEADS.

Ante las múltiples responsabilidades que tienen las mujeres para mantener a flote a sus familias, el tejido había ido quedando relegado a un segundo plano.

Como actividad económica, requiere dinero para comprar hilo y equipo, así como tiempo para confeccionar la tela; a las mujeres de la zona les había costado encontrar por sí solas esos recursos.

NEADS trabaja ahora con unas 2.500 mujeres de 28 aldeas de la subdivisión de Sadiya, organizadas en 20 colectivos de tejido.

El programa se puso en marcha en 2012 con un pequeño grupo de mujeres, después de que unas graves inundaciones azotaran la zona y destruyeran los cultivos.

NEADS subvencionó la compra de hilo, mejoró sus habilidades con el telar mediante formación especializada y les ofreció asesoramiento de diseñadores sobre colores y estampados de moda, dijo Saikia.

«El tejido nos corre por las venas; solo necesitamos un poco de orientación», dijo Aruna Sonwal, participante en el proyecto.

Los tres telares de su casa los utilizan su hija, su sobrina y sus hermanas de la aldea.

Kalyani, su sobrina, trabajó con hilo de colores llamativos para confeccionar ropa tradicional femenina de Assam, adornada con motivos étnicos. Cada prenda tarda entre 10 y 15 días en estar lista y, según dijo, podría venderse por entre 2.000 y 2.500 rupias en el mercado más cercano.

El poder del gusano

Las tejedoras han creado al menos cinco bancos colectivos de hilo, aportando en especie o en efectivo para formar reservas de algodón que ayuden a las mujeres más pobres de sus aldeas.

Pranjal Jyoti Phukan, inspector de sericultura del Gobierno de Assam en Sadiya, dijo que unas 500 mujeres habían recibido cada una un paquete con entre 12.000 y 15.000 huevos de polilla del gusano de seda libres de enfermedades.

Recogen hojas de los bosques cercanos o de las plantaciones del departamento de sericultura para alimentar a los gusanos de seda, y crían en casa dos variedades en interiores, una de las cuales puede criarse durante todo el año.

El proceso, desde la eclosión de los huevos hasta la formación del capullo, durante la cual se hila la seda, dura entre 30 y 45 días, dijo Phukan.

El capullo se transforma en hilo de seda con máquinas devanadoras: unos 10 kilos de capullo producen 1 kg de seda, que puede venderse por entre 1.000 y 3.500 rupias, según la calidad.

En los últimos tres años, NEADS ha proporcionado cinco máquinas devanadoras a los colectivos de tejido.

Las pupas dentro de los capullos son ricas en proteínas y también pueden venderse como alimento a 400 rupias el kilo.

Saikia dijo que la recuperación del tejido había reducido al menos entre un 35 % y un 40 % en los últimos dos años el número de mujeres de las aldeas participantes que recorren largas distancias en busca de trabajo jornalero diario.

Cada una obtiene ingresos adicionales de entre 3.500 y 5.000 rupias al mes, dijo, y añadió que el objetivo era ampliar el proyecto a más aldeas de la zona.

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