Una crisis educativa silenciosa y desigual. Y las semillas para su solución.

A pupil uses an abacus to calculate during a mathematics lesson, amid the spread of the coronavirus disease (COVID-19) at the Thika school for the blind in Thika town of Kiambu county in Kenya October 29, 2020. Picture taken October 29, 2020. REUTERS/Monicah Mwangi - RC2OVJ9D9CMN
Without the necessary resources, remote learning is inaccessible for poorer students.Image: REUTERS/Monicah Mwangi
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  • El paso a la educación a distancia como respuesta a la pandemia de COVID-19 ha generado enormes disparidades en la calidad del aprendizaje en todo el mundo.

  • La pobreza de aprendizaje es la proporción de niños de 10 años que no saben leer ni comprender un texto sencillo.

  • Antes de la pandemia, esta cifra ya era del 53 % en los países de ingreso bajo y mediano, según el Banco Mundial.

  • Con el cierre masivo de escuelas, la pobreza de aprendizaje podría aumentar al 63 %, lo que significa que 72 millones más de niños en edad de primaria serán pobres en aprendizaje.

Una niña de sexto grado está sentada en una cómoda silla frente a su computadora portátil, siguiendo una clase a través de Zoom. Sus 15 compañeros de clase también están conectados. Desde que la pandemia provocó el confinamiento, sus padres, como los de ella, en su mayoría teletrabajan y pueden supervisar cómo participan. Acaba de recibir unos auriculares y una tableta nuevos, en la que puede tener abierto su cuaderno de ejercicios digital. Es tímida y se siente cómoda haciendo preguntas por el chat. Esta forma de interactuar encaja con su personalidad, por lo que disfruta de la clase. Sin embargo, pasar demasiadas horas en Zoom resulta agotador y, a veces, simplemente se desconecta mentalmente. A pocos kilómetros de distancia, un niño se turna con sus hermanos para ver una hora de programación televisiva de sexto grado en los canales educativos públicos de televisión recientemente lanzados. Su maestra le envía tareas por WhatsApp, pero solo puede verlas por la noche, en el teléfono inteligente de su madre. Ella pasa la mayor parte del día fuera trabajando y debe llevarse el teléfono consigo. Hace unas semanas, su maestra fue a su casa para entregarle un libro de texto y un cuaderno de ejercicios completamente nuevos. Eso fue estupendo, ya que no hay otro material de lectura en casa. No ha visto a la mayoría de sus compañeros desde hace muchos meses. De hecho, su maestra tampoco ha podido contactar con varios de sus compañeros durante mucho tiempo. Estas experiencias tan dispares, y los muchos matices intermedios, se dan en países tan diversos como Indonesia, Kenia y Colombia. Algunos lograron adaptarse fácilmente a los cambios tras el cierre de las escuelas, pero no la mayoría. 2020 marca una experiencia de infancia distinta que estos jóvenes recordarán durante el resto de sus vidas. Y un servicio educativo diferente, durante muchos meses, que podría afectar sus competencias y sus perspectivas económicas para el resto de sus vidas.

Esta pandemia ha provocado un sufrimiento de una escala inimaginable en todo el planeta. Es la peor crisis económica, sanitaria y social de los últimos 100 años. Un acontecimiento que se produce una vez por siglo. Pero este sufrimiento ha sido tremendamente desigual, algo que no debería sorprender dado el creciente nivel de desigualdad que ya estábamos presenciando. Un sufrimiento desigual que invade muchos aspectos de la vida humana. La probabilidad de no recibir un tratamiento adecuado si se contagia —y, por tanto, de morir— es mayor para los pobres. El desempleo y la menor posibilidad de teletrabajar son más frecuentes entre los trabajadores no cualificados. Las horas trabajadas han disminuido proporcionalmente más en el caso de las mujeres.

Las oportunidades educativas han sido menores y también dramáticamente desiguales. La mayoría de los países han hecho esfuerzos heroicos para poner en marcha estrategias de educación a distancia. Pero su calidad y eficacia son variables y bajas. Una encuesta reciente sobre las respuestas de los gobiernos a la COVID-19, realizada por UNICEF, la UNESCO y el Banco Mundial, muestra que solo en la mitad de los casos se realiza un seguimiento minucioso del uso de la educación a distancia. Y en esos casos, la educación a distancia la utiliza menos de la mitad de la población estudiantil.

Solo en la mitad de los casos se realiza un seguimiento minucioso del uso de la educación a distancia. Image: Banco Mundial

Esta generación, que está —o debería haber estado— en la escuela durante 2020, perderá como mínimo 10 billones de dólares estadounidenses en ingresos futuros no percibidos. Si no hacemos algo, esta generación podría desempeñarse peor que la anterior y que la futura. Esta posible pérdida económica está vinculada a la pérdida de aprendizaje (y, por tanto, de productividad futura): en el Banco Mundial habíamos evaluado que, antes de la pandemia, la pobreza de aprendizaje (la proporción de niños de 10 años que no saben leer ni comprender un texto sencillo) ya se situaba en un extremadamente alto 53 % en los países de ingreso bajo y mediano. Con el cierre masivo de escuelas provocado por la pandemia, ahora proyectamos que la pobreza de aprendizaje podría aumentar al 63 %. Es decir, 72 millones más de niños en edad de primaria serán pobres en aprendizaje. Leer no lo es todo, pero es una condición previa para avanzar en muchos de los aspectos de la educación que nos importan. Y la capacidad de un sistema para asegurar que sus niños lean y comprendan un texto sencillo es un buen indicador de su calidad general.

Además del menor aprendizaje en la educación básica, intervienen otros mecanismos. Esperamos grandes aumentos en las tasas de abandono escolar, tanto en la educación secundaria como en la superior, y es muy probable que el número total de años de escolarización de esta generación sea menor. Los niños más pequeños, los que tenían entre 5 y 7 años en 2020 y se suponía que debían recibir servicios de educación infantil temprana, perdieron por completo esa opción, ya que no ha sido posible ninguna forma de educación a distancia para ellos. ¿Recuerdan todos los argumentos a favor de las inversiones en los primeros años, que demostraban que tenían la mayor rentabilidad privada y social? Pues bien, todos esos rendimientos se han desvanecido. Esos niños nunca recuperarán esos valiosos años y estarán en desventaja en comparación con las generaciones anteriores y posteriores.

Ya estábamos presenciando una crisis educativa. Una crisis silenciosa y de avance lento que estaba privando de futuro a muchos estudiantes. La pandemia está haciendo que esta crisis sea aún más grave.

Además, empiezan a aparecer lentamente datos que sugieren lo desiguales que son estas pérdidas de aprendizaje. Tenemos algunas pruebas de los países ricos. A pesar de su extenso alcance tecnológico, en algunos países europeos de los que se dispone de datos de aprendizaje posteriores al cierre, existen pruebas de pérdidas de aprendizaje y de una mayor desigualdad como consecuencia de la pandemia. En los Países Bajos, los investigadores constataron una disminución del rendimiento de los estudiantes en un examen nacional equivalente a una quinta parte del curso escolar (aproximadamente el tiempo real que estuvieron fuera de la escuela debido a la pandemia) y una desigualdad creciente, probablemente debido a que los niños de familias con mejor situación económica reciben más apoyo de sus padres y disponen de mejores entornos para la educación a distancia. En Estados Unidos, independientemente del tipo de universidad, en el otoño de 2020, las tasas de matriculación universitaria de los estudiantes de institutos de bajos ingresos se desplomaron un 29 %, casi el doble que la de los estudiantes de institutos de ingresos más altos.

Entre los países de ingreso mediano y bajo, solo disponemos de algunos datos sobre el uso de distintas formas de educación a distancia, y revelan experiencias diferentes para niños distintos. En África subsahariana, el 45 % de los niños no tuvo ninguna exposición a ningún tipo de educación a distancia. De quienes sí la tuvieron, la mayoría recibió material por radio, televisión o en papel. En un país africano típico, como máximo el 10 % de los niños recibió algún material a través de internet. En América Latina, la situación es mejor: el 90 % de los niños recibió alguna forma de educación a distancia, pero menos de la mitad de ese porcentaje fue a través de internet. El resto fue por radio y televisión.

En muchos países de ingreso mediano, una pequeña minoría, en su mayoría en escuelas de élite, recibió varias horas al día de instrucción sincrónica; en el otro extremo del espectro de ingresos, muchos estudiantes tuvieron que conformarse con unas pocas horas para su curso a través de la televisión o la radio. En Chile, un país mejor preparado que la mayoría de los países de América Latina, se estima que el quintil más pobre podría perder el 88 % del aprendizaje esperado para este año, mientras que el quintil más rico “solo” el 64 %. Cabe señalar que en el hemisferio sur, los cierres de escuelas que comenzaron unas semanas después de la pandemia coincidieron con el inicio del curso escolar (abril o mayo). No hubo vacaciones de verano en el hemisferio norte de mayo a agosto para intentar averiguar qué hacer. Los cierres de escuelas golpearon en el momento preciso para afectar casi por completo al curso escolar. El país latinoamericano promedio ha perdido 160 días. Y para muchos niños, la instrucción presencial desapareció por completo.

Sin embargo, este año terrible contiene las semillas de un cambio prometedor. Ha demostrado que la innovación y la adopción de la tecnología son posibles. Los bloqueos mentales pueden superarse, y con rapidez. A partir de abril, millones de niños comenzaron a comunicarse con sus maestros y a enviar sus tareas para revisión a través de WhatsApp u otras redes sociales. No es la panacea, y no todos tenían acceso a un teléfono inteligente, pero permitió que muchos niños mantuvieran el contacto con el sistema educativo. En muchos sistemas, millones de docentes han empezado a aprender el uso de las redes sociales y de las herramientas tecnológicas educativas a un ritmo sin precedentes, impulsados por las circunstancias.

Y muchas otras mentalidades están cambiando. La educación, por si hiciera falta dudarlo, es ante todo un empeño social. Los padres tienen ahora una comprensión completamente nueva de lo mucho que pueden hacer para apoyar el aprendizaje de sus hijos, y, al mismo tiempo, de la inmensa influencia que un docente puede tener en la vida de los niños, así como de la complejidad del trabajo docente. A corto plazo, esto aumenta lo que está en juego en las políticas de gestión escolar inteligentes y creativas que podrían ayudar a aumentar el tiempo de contacto presencial entre docentes y estudiantes en los próximos meses, probando al menos experiencias híbridas. Las autoridades, los docentes y los padres deben cooperar y alcanzar un equilibrio para minimizar tanto los efectos negativos para la salud como los efectos negativos para la educación.

A medio plazo, esta mejor comprensión del papel de los docentes aumenta lo que está en juego al convertir la docencia en una carrera socialmente valorada. Un buen docente es el factor más importante para garantizar una educación de calidad y marca una enorme diferencia en la vida de un estudiante. Esta pandemia ha demostrado que muchos grandes docentes han encontrado formas creativas de involucrar a sus estudiantes, con tecnología o sin ella. Sin embargo, en muchos países seguimos viendo docentes seleccionados a partir de grupos de candidatos de baja calidad, con consideraciones políticas que determinan la selección, la promoción y la asignación de docentes. Los países que no cambien esto simplemente fracasarán. Pero eso está cambiando. En el estado de Edo, en Nigeria, en los estados de Ceará y São Paulo, en Brasil, en Perú y en Turquía, se están consolidando avances hacia una carrera docente basada en el mérito, y los países están invirtiendo en acompañamiento, formación práctica en las escuelas y retroalimentación a los docentes para que destaquen en su relación con el alumnado en el aula, además de dotarles de herramientas para mejorar su desempeño en clase.

De cara al futuro, cuando las escuelas reabran incluso con horarios y currículos modificados, los sistemas educativos deberán ser más flexibles y adaptarse a las necesidades del alumnado. Esa flexibilidad exige dotar a los docentes de las herramientas y el apoyo necesarios para ofrecer una experiencia de aprendizaje más personalizada y flexible que garantice que todos los niños del aula aprendan. Ese es un elemento esencial para que los sistemas sean más equitativos. La tecnología puede desempeñar un papel increíblemente poderoso al proporcionar estas herramientas y complementar la labor del docente. Esa es otra lección fundamental sobre la que algunos países están empezando a avanzar: la pandemia ha demostrado que la brecha digital debe cerrarse a un ritmo mucho más rápido. La tecnología también será fundamental para que los sistemas sean más resilientes, al permitir que la experiencia educativa continúe en el hogar y en la escuela.

Todo esto requerirá recursos. Cerrar la brecha digital no será barato, y contar con el número adecuado de docentes e invertir más en una carrera profesionalizada y bien valorada también requerirá recursos. La compleja gestión del sistema escolar —que ya está llevada al límite— requiere recursos. Es un reto tanto para los ministerios de Educación como para los ministerios de Hacienda, que deben definir la senda de inversión necesaria en los próximos años para ofrecer un servicio mínimamente digno a todos sus niños y jóvenes. Esta senda de inversión requiere una senda de financiación que se traduzca en una mayor movilización de recursos nacionales, principalmente impuestos. No hay magia. Un nuevo contrato social y un compromiso político para invertir lo necesario a fin de ofrecer las oportunidades adecuadas a todos son ineludibles.

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