¿Realmente una mejor educación impulsa el crecimiento económico?

¿Realmente una mejor educación impulsa el crecimiento económico?
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En una época caracterizada por la polarización política y la parálisis de las políticas públicas, deberíamos celebrar los amplios consensos sobre estrategia económica allí donde los encontremos. Una de esas áreas de consenso es la idea de que la clave del crecimiento inclusivo es, como dijo el entonces primer ministro británico Tony Blair en su campaña de reelección de 2001, «educación, educación, educación». Si ampliamos el acceso a las escuelas y mejoramos su calidad, el crecimiento económico será sustancial y equitativo.

Como dirían los italianos: magari fosse vero. Ojalá fuera cierto. El entusiasmo por la educación es perfectamente comprensible. Queremos la mejor educación posible para nuestros hijos, porque queremos que tengan un abanico completo de opciones en la vida, que puedan apreciar sus numerosas maravillas y participar en sus desafíos. También sabemos que las personas con más educación tienden a ganar más.

La importancia de la educación es indiscutible —enseñar es mi trabajo cotidiano, así que ciertamente espero que tenga algún valor—. Pero que constituya una estrategia de crecimiento económico es otra cuestión. Lo que la mayoría entiende por una mejor educación es más escolarización; y, por educación de mayor calidad, entiende la adquisición eficaz de habilidades (como revelan, por ejemplo, las puntuaciones en la prueba estandarizada PISA de la OCDE). Pero ¿eso realmente impulsa el crecimiento económico?

De hecho, el impulso a favor de una mejor educación es un experimento que ya se ha llevado a cabo en todo el mundo. Y, como ha señalado mi colega de Harvard Lant Pritchett, los beneficios a largo plazo han sido sorprendentemente decepcionantes.

En los 50 años transcurridos entre 1960 y 2010, el tiempo promedio de escolarización de la fuerza laboral mundial prácticamente se triplicó, de 2,8 años a 8,3 años. Esto significa que el trabajador promedio de un país mediano pasó de tener menos de la mitad de la educación primaria a más de la mitad de la educación secundaria.

¿Cuánto más ricas deberían haber esperado volverse estas economías? En 1965, Francia tenía una fuerza laboral con un promedio de menos de cinco años de escolarización y un ingreso per cápita de 14.000 dólares (a precios de 2005). En 2010, los países con un nivel de educación similar tenían un ingreso per cápita inferior a 1.000 dólares.

En 1960, los países con un nivel educativo de 8,3 años de escolarización eran 5,5 veces más ricos que aquellos con 2,8 años de escolarización. En cambio, los países que habían aumentado su escolarización de 2,8 años en 1960 a 8,3 años en 2010 eran solo un 167 % más ricos. Además, gran parte de este aumento no puede atribuirse a la educación, ya que los trabajadores de 2010 contaban con la ventaja de tecnologías 50 años más avanzadas que las de 1960. Está claro que hace falta algo más que educación para generar prosperidad.

Como suele ocurrir, la experiencia de países concretos resulta más reveladora que los promedios. En 1960, China partía con menos educación que Túnez, México, Kenia o Irán, y para 2010 había avanzado menos que ellos. Y, sin embargo, en términos de crecimiento económico, China los superó ampliamente. Lo mismo puede decirse de Tailandia e Indonesia frente a Filipinas, Camerún, Ghana o Panamá. Una vez más, los países de rápido crecimiento deben de estar haciendo algo además de impartir educación.

La experiencia dentro de los países también es reveladora. En México, el ingreso promedio de los hombres de 25 a 30 años con educación primaria completa difiere en más de un factor de tres entre los municipios más pobres y los más ricos. La diferencia no puede estar relacionada con la calidad de la educación, porque quienes se trasladaron de municipios pobres a otros más ricos también ganaban más.

Y hay más malas noticias para quienes promueven la «educación, educación, educación»: la mayoría de las habilidades que posee la fuerza laboral se adquiere en el trabajo. Lo que una sociedad sabe hacer se encuentra principalmente en sus empresas, no en sus escuelas. En la mayoría de las empresas modernas, menos del 15 % de los puestos están disponibles para trabajadores sin experiencia, lo que significa que los empleadores exigen algo que el sistema educativo no puede —ni se espera que pueda— proporcionar.

Cuando se les presentan estos hechos, los entusiastas de la educación suelen argumentar que la educación es una condición necesaria, pero no suficiente, para el crecimiento. Pero, en ese caso, es poco probable que la inversión en educación dé grandes resultados si faltan las demás condiciones. Al fin y al cabo, aunque el país típico con diez años de escolarización tenía un ingreso per cápita de 30.000 dólares en 2010, el ingreso per cápita de Albania, Armenia y Sri Lanka, que han alcanzado ese nivel de escolarización, era inferior a 5.000 dólares. Sea lo que sea lo que impide que estos países se vuelvan más ricos, no es la falta de educación.

El ingreso de un país es la suma de la producción de cada trabajador. Para aumentar el ingreso, tenemos que elevar la productividad de los trabajadores. Evidentemente, «algo en el agua», aparte de la educación, hace que la gente sea mucho más productiva en unos lugares que en otros. Una estrategia de crecimiento exitosa debe averiguar qué es.

No nos equivoquemos: presumiblemente, la educación sí aumenta la productividad. Pero decir que la educación es la estrategia de crecimiento implica renunciar a todos los que ya han pasado por el sistema escolar: la mayoría de las personas mayores de 18 años y casi todas las mayores de 25. Es una estrategia que ignora el potencial del 100 % de la fuerza laboral actual, el 98 % de la del próximo año y un enorme número de personas que seguirán aquí durante el próximo medio siglo. Una estrategia que solo se centra en la educación hará que todos ellos se arrepientan de haber nacido demasiado pronto.

Esta generación es demasiado mayor para que la educación sea su estrategia de crecimiento. Necesita una estrategia de crecimiento que la haga más productiva y, por tanto, capaz de crear los recursos para invertir más en la educación de la próxima generación. Nuestra generación les debe a ellos tener una estrategia de crecimiento para nosotros mismos. Y esa estrategia no consistirá en volver a la escuela.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor de Práctica del Desarrollo Económico en la Universidad de Harvard, donde también dirige el Centro para el Desarrollo Internacional.

Imagen: Lápices de colores en una caja de madera en una escuela infantil. REUTERS/Michaela Rehle.

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