Desarrollar una cultura virtual para las universidades requerirá una implementación tanto imaginativa como creativa, así como un liderazgo abierto y una mentalidad innovadora.
La tecnología de aprendizaje no debe concebirse como una mera utilidad, sino como una oportunidad académica. El diseño instruccional, la producción multimedia y el análisis de datos son fundamentales.
Los académicos de todas las disciplinas deberán estar motivados, orientados y bien preparados, a medida que sus cursos y programas se reconfiguren y adapten a un futuro nuevo e incierto.
Muy pocas personas habrían previsto que las universidades se enfrentaran a un cambio de paradigma de tal magnitud –con la enseñanza virtual predominante y el trabajo remoto irrumpiendo en escena– como consecuencia de una pandemia mundial.
Quizás se podría haber previsto que la evolución del mundo digital, o un nuevo avance tecnológico, o incluso un cambio drástico en las demandas del mercado educativo –el «fenómeno de la tecnología educativa»– habría provocado el cambio gradual que estamos presenciando. Pero no un virus.
Ahora podemos ver que la COVID-19 ha reorientado y amplificado las preocupaciones y acciones de las universidades de todo el mundo, reconfigurando y desafiando sus intereses hacia garantizar la continuidad operativa a corto plazo, al tiempo que aseguran la viabilidad institucional a largo plazo.
¿Qué está haciendo el Foro Económico Mundial para gestionar los riesgos emergentes de la COVID-19?
A comienzos de 2020, justo antes de que golpeara la COVID-19, observamos que los gobiernos y la sociedad civil, tanto en Europa como en Estados Unidos, Canadá y Australia, estaban muy preocupados por los cinco aspectos siguientes relativos a la educación superior:
Garantizar el acceso y la igualdad de oportunidades a los estudiantes de bajos ingresos y a los miembros de minorías desfavorecidas.
Los organismos reguladores estaban interesados en encontrar una fórmula que les permitiera medir los resultados del aprendizaje y el nivel de logro en relación con la empleabilidad de los egresados, y distribuir el dinero público de acuerdo con este criterio.
Las universidades estaban asumiendo un compromiso más firme y proactivo con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y, además, adoptaban una postura más decidida para contribuir al desarrollo económico de sus entornos regionales.
Algunas partes presionaban para que las universidades fomentaran claramente la formación en competencias, así como para que crearan programas educativos para adultos trabajadores.
Por último, dentro de los campus universitarios, existía preocupación por el bienestar del profesorado y del alumnado (incluidos su nutrición, su salud física y mental).
La COVID-19 lo cambió todo, y esta lista no fue una excepción. Se añadieron nuevos objetivos, más apremiantes, como prioridades. A lo largo de este acontecimiento histórico breve pero vertiginoso, hubo una primera etapa (de marzo a abril de 2020) centrada en una nueva sociología del trabajo: cambios en la docencia, la investigación y las condiciones laborales de las universidades.
Obligadas por el cierre repentino de sus campus físicos, las universidades tuvieron que impartir sus clases en línea durante el resto del curso 2019-20. Al hacerlo, las universidades garantizaron cierto grado de continuidad y normalidad académica a ojos de los estudiantes y sus familias. Esto, por supuesto, provocó una alteración inmediata en la vida de muchos. También puso de manifiesto las desigualdades entre los estudiantes que disponían de recursos y medios tecnológicos y aquellos que no tenían acceso a estos dispositivos.
Tras esta convulsión inicial, se hicieron algunas predicciones poco alentadoras sobre el impacto financiero que la falta de actividad presencial podría tener en las universidades: estimaciones de recaudación de fondos más modestas junto con las correspondientes pérdidas de una posible disminución del número de estudiantes matriculados y aplazamiento de las tasas de admisión.
Sin embargo, algunas naciones, entre ellas Estados Unidos, actuaron con rapidez para contrarrestar las pérdidas a corto plazo que podría sufrir el sistema universitario. En el Reino Unido, tres antiguos ministros de universidades, lord David Willetts, Jo Johnson y Chris Skidmore, insistieron en la importancia, en este momento, de salvaguardar las universidades como bienes públicos y activos nacionales de conocimiento y cohesión social.
Al mismo tiempo, varias plataformas de cursos en línea masivos y abiertos (MOOC, por sus siglas en inglés) aprovecharon la transición virtual y ofrecieron gratuitamente su oferta en línea, como alternativa temporal para todos los estudiantes que carecían de continuidad universitaria. El número total de cursos sobre negocios, tecnología y competencias en datos ha crecido considerablemente en pocos meses.
De mayo a junio de 2020 llegamos a una segunda etapa, en la que la formación interna exprés mejoró y consolidó las capacidades tecnológicas necesarias para el teletrabajo y para que el profesorado impartiera las clases de la mejor manera posible.
Al hacerlo, se adaptaron los planes de estudio, los métodos de evaluación, el material de apoyo, los sistemas de calificación, así como las herramientas tecnológicas para permitir la interacción virtual en clase. Hubo quienes, aprovechando el difuso horizonte de recuperación económica y sanitaria de la COVID-19, hablaron de posibles fusiones entre universidades y empresas tecnológicas, junto con la desaparición de las instituciones pequeñas y medianas. En ese momento, otros se preguntaban cuáles serían las consecuencias de una restricción de los estudiantes internacionales, dado que la expedición de visados quedaría congelada, así como los viajes transcontinentales.
Nuestra tercera fase actual (julio y agosto de 2020) se ha dedicado, en su mayor parte, a tareas administrativas y de gestión, ya que las universidades se han estado reorganizando internamente.
Los datos internos se están recopilando y centralizando, todo se gestiona caso por caso, y los planes están siendo diseñados por grupos de trabajo especializados en todo, desde las pruebas en el campus, el rastreo, el seguimiento y la limpieza de los espacios comunes para la salud y la seguridad de todos; hasta los recursos tecnológicos disponibles en aulas y laboratorios. Mientras tanto, la comunicación con estudiantes, familias, profesorado y personal ha sido abierta, continua y fluida.
Muchas voces en el ámbito de la educación superior han aprovechado, en estas últimas semanas, el concepto de «innovación disruptiva» de Joseph Bower y Clayton Christensen para explicar la situación actual y prescribir sutilmente tiempos turbulentos para el statu quo de las universidades.
Como escribieron los dos autores en un artículo de Harvard Business Review de 1995: «Las empresas deben dar a los directivos de la innovación disruptiva plena libertad para desarrollar el potencial completo de la tecnología, incluso si ello significa acabar con el negocio principal. Para que la corporación sobreviva, debe estar dispuesta a ver morir unidades de negocio.»
Por lo tanto, sería prudente ser cautelosos al abandonar el modelo convencional, presencial y socializador de las universidades, ya que adoptar sin reservas la «tecnología disruptiva» obligará a muchos a cuestionar lo que saben y hacen, haciendo que este período de cambio sea aún más desafiante para la educación superior.
Los expertos llegaron a una conclusión sobre este problema en un reciente seminario web organizado por Harvard Business Publishing: la tecnología de aprendizaje no debe concebirse como una mera utilidad, sino como una oportunidad académica. Para que la innovación tenga lugar realmente, cambiar algunos de los procesos de las universidades es clave. Por ello, los discursos inspiradores de cambio no bastan si no van seguidos de una cultura interna de acción y ejemplo.
Lo que parece haberse convertido en un consenso es que el primer componente institucional que debe priorizarse en este momento en cualquier universidad es la enseñanza y el aprendizaje. Una comprensión y aplicabilidad óptimas de las «ciencias del aprendizaje» (neurociencia y psicología cognitiva) son clave a medida que pasamos de las clases presenciales a las combinadas e híbridas: la visualidad, la narrativa, la socialización y la interacción, en cada programa de estudios. Por ello, el diseño instruccional, la producción multimedia y el análisis de datos parecen fundamentales en esta etapa.
El contenido académico no mejora solo por estar alojado en un sistema de gestión del aprendizaje (LMS, por sus siglas en inglés) y difundirse a través de una gestión global de programas en línea (OPM, por sus siglas en inglés). Por ello, todas las universidades que se encuentran ahora en una transición hacia el aprendizaje virtual deberían reorientarse, enfatizar y generar una actitud y capacidad proactivas y colaborativas para aprender junto con los estudiantes y para ellos. Si recurrimos a Alvin Toffler, adoptaremos en ese momento una filosofía y una agilidad organizativa inspiradas en el principio de «desaprender para reaprender lo que una vez aprendimos», lo que implica casi trastocar el orden natural.
Los académicos de todas las disciplinas deberán estar motivados, orientados y bien preparados, a medida que sus cursos y programas se adapten y rediseñen –lo que supondrá una inteligente renovación pedagógica–, y deberemos asumir que están verdaderamente interesados en adquirir el arte de la formación a distancia y el compromiso del estudiante.
Aprovechar la cultura virtual para las universidades inducida por el virus requerirá tanto una implementación imaginativa y creativa como un liderazgo abierto y una mentalidad innovadora, ya que aún tenemos mucho que aprender sobre nuestro futuro inquietante y confuso a corto y medio plazo. Sin embargo, debemos tener presente que ser capaces de ofrecer calidad docente e investigadora en un entorno virtual o semivirtual, respetando el distanciamiento físico, no será lo mismo que la experiencia anterior, plena y vibrante, de la vida universitaria en el campus y en las residencias.
Las universidades siempre serán el pilar fundacional de la educación superior y la lente necesaria para imaginar su futuro. Pese al impacto de la COVID-19 y al caos que puede causar en su modus operandi; no podemos permitirnos subestimar ni olvidar la resiliencia que las universidades han demostrado a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, en los próximos meses presenciaremos nuevas medidas estratégicas y tácticas, mientras esta pandemia siga su marcha impredecible, erosionando la paz, el control y la comodidad.


