¿Cómo podemos enseñar a nuestros hijos a ser morales?

Children are silhouetted against the setting sun as they play on a ground on the outskirts of Agartala, capital of India's northeastern state of Tripura, April 23, 2015. REUTERS/Jayanta Dey TPX IMAGES OF THE DAY - GF10000070049
Children should be taught about right and wrong, but what other morals do they need to know?Image: REUTERS/Jayanta Dey
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En Inglaterra, las escuelas están obligadas por ley a promover el desarrollo moral del alumnado. Sin embargo, hay poco acuerdo sobre lo que esto implica. La mayoría reconoce que la moralidad es importante y debe enseñarse, pero el consenso pronto se desmorona cuando se trata de definir qué es y cómo enseñarla.

En los últimos años se han producido importantes avances en el ámbito de la «educación en valores». En 2014, el Gobierno publicó orientaciones para las escuelas sobre cómo promover los «valores británicos fundamentales» de la democracia, el Estado de derecho, la libertad individual, el respeto mutuo y la tolerancia. Además, desde 2015 ha invertido alrededor de 10 millones de libras en subvenciones para apoyar proyectos de educación del carácter, cuyo objetivo es ayudar a los niños a ser «personas equilibradas, seguras de sí mismas, felices y resilientes».

Pero, sean cuales sean los méritos de estas iniciativas, tienen poco que ver con la enseñanza de la moralidad. De hecho, una de las razones de la confusión general sobre la educación moral es que los valores morales no se han distinguido claramente de otros tipos de valores.

Quien no valora la democracia, sin duda se equivoca en algo, pero esa falta no es moral. Y los rasgos de carácter que promueve el Gobierno —la determinación, la resiliencia, la confianza y la ambición— sin duda son necesarios para sobrevivir en tiempos económicos implacables, pero difícilmente son requisitos de la moralidad.

¿Qué son los valores morales?

En mi nuevo libro sostengo que tener un valor moral significa adherirse a una norma de una manera determinada. Una norma es una regla que especifica algo que debe hacerse o no hacerse. Adherirse a una norma implica tener la intención de cumplirla, adquirir el hábito de hacerlo y sentirse mal cuando no se cumple.

Por ejemplo, una persona se adhiere a la norma «no mentir» cuando procura no mentir, suele no hacerlo y lamenta las mentiras que dice.

La adhesión a una norma es moral cuando reúne otras dos características. En primer lugar, quien se adhiere a ella no solo intenta cumplirla, sino que también quiere que todos los demás la cumplan. En segundo lugar, considera que las infracciones de la norma merecen un castigo o una condena.

La estabilidad de los grupos sociales humanos depende de que las personas se adhieran al menos a algunas normas de esta manera. Como mínimo, deben comprometerse a no matar ni causar daño, robar ni extorsionar, mentir ni engañar; y a tratar a los demás con justicia, cumplir sus promesas y ayudar a quienes lo necesitan. Estas normas constituyen el núcleo de la moral común.

Cómo enseñarles

Las escuelas tienen un papel que desempeñar en la transmisión de la moral común a la próxima generación. Para ello, deben ofrecer dos tipos de educación moral.

El primero es la «formación moral»: cultivar en los niños las intenciones, los sentimientos y los hábitos propios de la adhesión moral. Esto implica orientar moralmente a los niños, premiarlos por hacer lo correcto y castigarlos por hacer lo incorrecto, además de dar ejemplo de buena conducta y de reacciones adecuadas ante la conducta de los demás.

Al experimentar cómo se regula su comportamiento, los niños aprenden a autorregularse. Y, al imitar las reacciones morales de los demás, aprenden a reaccionar de esas mismas maneras.

El segundo tipo de educación moral es la «indagación moral»: involucrar a los niños en debates y reflexiones sobre la naturaleza y la justificación de los valores morales. Los docentes deben asegurarse, mediante una intervención explícita o una orientación sutil, de que la indagación moral ponga de manifiesto la justificación de la moral común. Es fundamental que los niños lleguen a comprender para qué sirve la moralidad y por qué exige lo que exige.

Por supuesto, además de transmitir la moral común, las escuelas también deben ayudar a los niños a abrirse camino entre los campos minados de la controversia moral. Muchas normas morales son objeto de intensos desacuerdos, y no corresponde a las escuelas decidir si están justificadas o no. En estos casos, la indagación moral debe adoptar la forma de una exploración abierta, con el objetivo de capacitar a los niños para que formen sus propias opiniones fundamentadas.

Promover el desarrollo moral del alumnado es difícil, pero los desafíos que plantea no son insuperables. Lograr que los niños se adhieran a la moral común y comprendan sus razones es una tarea que las escuelas no deben eludir: la sociedad depende de ello.

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