Hoy en día, realizar una inversión –ya sea en acciones, bonos, inmuebles, oro, billetes de lotería o la última startup– es rápido y sencillo. Sin embargo, cuando se trata de invertir en personas, los dividendos no siempre son tan claros, ni tampoco lo es la forma de medir los rendimientos.
Uno podría mostrarse doblemente cauteloso ante la inversión en personas que han sido arrancadas de sus hogares, despojadas de sus medios de vida y posesiones, posiblemente separadas de sus familias y obligadas a empezar desde cero. Sin embargo, en realidad, los refugiados son una de las mejores inversiones que existen. Educar a quienes han sido desplazados por conflictos y trastornos no es un gasto, sino una oportunidad de oro.
Para la mayoría de las personas en las economías avanzadas, la educación es el medio para alimentar la curiosidad, descubrir las pasiones y aprender a valerse por uno mismo, navegando por el mundo laboral y la vida cívica y social. Para los refugiados, la educación cumple las mismas funciones, pero además hace mucho más. Es el camino más seguro para recuperar el sentido de propósito y la dignidad tras el trauma del desplazamiento. También es –o al menos debería ser– una vía hacia la autosuficiencia económica. En un momento en que los gobiernos malgastan billones de dólares en conflictos, invertir en quienes han sido desplazados por la fuerza es una decisión evidente.
En su último informe anual informe sobre la educación de los refugiados, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) constata que los avances en la matriculación escolar han brindado oportunidades que cambian vidas a decenas de miles de niños, adolescentes y jóvenes refugiados. La proporción de refugiados matriculados en la educación primaria ha aumentado del 61 % al 63 % en el último año, mientras que la matriculación en la educación secundaria ha subido del 23 % al 24 %. Lo más destacado es que la proporción de refugiados que acceden a la educación superior ha alcanzado el 3 %, tras haberse estancado en el 1 % durante varios años.
La educación superior es lo que convierte a los estudiantes en líderes. Al aprovechar la creatividad, la energía y el idealismo de los jóvenes refugiados, les permite convertirse en referentes y les proporciona los medios para amplificar sus voces y propiciar un cambio generacional acelerado.
Dicho esto, el bajo nivel de matriculación en la educación secundaria debería preocuparnos. La proporción de refugiados matriculados en la educación secundaria (24 %) es más de dos tercios inferior al nivel de los no refugiados a escala mundial (84 %). Este déficit tendrá efectos devastadores. Sin el peldaño de la educación secundaria, los avances logrados en el último año serán efímeros. El futuro de millones de niños refugiados se perderá.
Consideremos el caso de Gift, un niño sursudanés que vive ahora en la República Democrática del Congo, que estaba tan decidido a ir a la escuela que aprendió francés y diseñó su propia lámpara solar para estudiar después del anochecer. Sus esperanzas de avanzar a la educación secundaria probablemente se vean truncadas, porque simplemente no existen escuelas de ese nivel en su zona.
Del mismo modo, Hina, que destacaba en la educación primaria, descubrió después que solo una de las 500 plazas disponibles en una escuela secundaria de Peshawar estaba abierta a una refugiada como ella. Y yo mismo he sido testigo de situaciones similares en Bangladés, donde demasiados niños refugiados no pueden asistir a escuelas oficiales ni seguir un plan de estudios acreditado.
Como si no fuera ya suficientemente grave que a los niños refugiados se les niegue una vía hacia la educación superior, técnica y profesional, la falta de educación secundaria también aumenta la probabilidad de que sean captados para el trabajo infantil o para actividades delictivas. Cuando las niñas asisten a la escuela, es menos probable que se les obligue a contraer matrimonio temprano o a quedarse embarazadas.
A menos que la comunidad internacional garantice el acceso universal a una educación secundaria inclusiva, no logrará cumplir varios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU. Además de ODS 4 (para “garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y promover oportunidades de aprendizaje permanente para todos”), los compromisos mundiales de erradicar la pobreza, promover el trabajo decente y reducir la desigualdad también se verán en peligro.
Por tanto, es imprescindible que los niños refugiados se integren en los sistemas educativos nacionales, donde puedan obtener certificaciones reconocidas. En el aula, los niños y jóvenes refugiados pueden desarrollar su potencial en una convivencia pacífica entre ellos y con los niños locales. En un mundo en el que el conflicto parece surgir con más facilidad que la paz, esta es una lección inestimable.
Invertir en la educación de los refugiados es una responsabilidad colectiva con recompensas colectivas de gran alcance. Por ello, los gobiernos, las empresas, las instituciones educativas y las organizaciones no gubernamentales deben unirse para mejorar la oferta educativa en todos los niveles (especialmente en el secundario) y garantizar que los refugiados tengan el mismo acceso que los ciudadanos del país de acogida.
La ambición del ACNUR para la próxima década, tal como se detalla en nuestra estrategia Educación de los refugiados 2030, es que los refugiados alcancen la paridad con sus pares no refugiados en la educación preprimaria, primaria y secundaria, y que aumenten su matriculación en la educación superior hasta el 15 %. Por ello, me enorgullece anunciar el lanzamiento formal del Programa de Educación Secundaria para Jóvenes, ,una nueva iniciativa para mejorar las oportunidades de educación secundaria para los refugiados. Tras haber puesto en marcha programas piloto en Kenia, Ruanda, Uganda y Pakistán desde 2017, ahora planeamos ampliar la iniciativa de forma sustancial en los próximos años.
El foco estará en la inversión en docentes y escuelas, y en facilitar esquemas comunitarios para aumentar la matriculación y atraer apoyo financiero para las familias refugiadas. Al incrementar la matriculación en la educación secundaria, podemos aumentar la probabilidad de que tanto los refugiados como sus pares de las comunidades de acogida progresen hacia estudios superiores. Si los jóvenes refugiados confían en que es posible completar una educación completa, estarán más motivados para asistir a la escuela y permanecer en ella. Y, como el programa está orientado tanto a los refugiados como a la comunidad en general, todos los niños se beneficiarán de las nuevas oportunidades que surjan.
Con el Foro Mundial sobre los Refugiados que se celebrará en diciembre, mi esperanza es que los gobiernos, el sector privado, las organizaciones educativas y los donantes se unan en apoyo de esta iniciativa. La colaboración y el sentido de responsabilidad compartida están en el centro del Pacto Mundial sobre los Refugiados. A través de la educación, los jóvenes refugiados estarán más preparados para contribuir a construir un mundo resiliente, sostenible y pacífico. No podría haber un retorno de la inversión mayor que ese.

