Los diagnósticos de trastornos mentales y las prescripciones de medicamentos entre los niños en edad escolar se han disparado en las últimas dos décadas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) informa de que el 20 % de los niños padece trastornos mentales – como la depresión, la ansiedad, TDAH y el autismo – en un momento dado.
Se trata de un problema importante en el Reino Unido, donde uno de cada ocho niños de entre cinco y 19 años ha sido diagnosticado con un trastorno emocional o de conducta. Incluso los niños de tan solo cinco años enferman: según los informes más recientes, el 6 % de los niños de cinco años padece un trastorno mental. Los desafíos son aún mayores para los niños de familias de bajos ingresos, que tienen cuatro veces más probabilidades de desarrollar problemas de salud mental que sus compañeros con mejor situación económica.
Si bien el entorno familiar, los amigos, las redes sociales y la imagen corporal influyen en la salud mental de los niños, un informe reciente de The Children’s Society revela que más jóvenes se sienten infelices con la escuela que en cualquier otro ámbito de sus vidas. Sin embargo, cada vez más investigaciones de todo el mundo demuestran que las escuelas pueden ayudar realmente a los niños a llevar vidas más felices, siempre que valoren esos resultados.
Bajo presión
En términos generales, el sistema educativo del Reino Unido, al igual que muchos otros del mundo, está orientado a la competencia. Las clasificaciones internacionales, como el Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA) de la OCDE, evalúan el rendimiento de las escuelas, lo que genera presión sobre los directivos, los docentes y el alumnado. Como resultado, las escuelas parecen dar más valor al rendimiento académico de los estudiantes que a su salud mental y bienestar, lo que se refleja no solo en la forma en que se enseña a los estudiantes, sino también en la manera en que se les evalúa.
Los docentes también se enfrentan a una gran presión para garantizar que sus alumnos obtengan las calificaciones más altas posibles. Esto también contribuye al deterioro de la salud mental de los profesores, y muchos desarrollan problemas de salud mental, como el agotamiento (burnout), que afecta negativamente a su rendimiento y puede llevarlos, en última instancia, a abandonar la profesión.

Si bien existen requisitos para que las escuelas del Reino Unido enseñen a los alumnos a mantenerse sanos física y mentalmente, es evidente que no es suficiente. Con demasiada frecuencia, las exigencias académicas a los alumnos provocan un sentimiento de rivalidad, en lugar de enseñarles a disfrutar de la vida y a cultivar emociones positivas. Sin embargo, el rendimiento educativo no tiene por qué ir en detrimento de la felicidad y el bienestar de los niños.
Los sistemas educativos, incluido el del Reino Unido, tienen capacidad para responder a la creciente crisis de salud mental entre los niños. Y las investigaciones demuestran que promover la salud mental y el bienestar en las escuelas, al mismo nivel que competencias básicas como las matemáticas y la lectoescritura, tiene un impacto positivoen la autoestima, el rendimiento académico, las relaciones sociales, la motivación y las perspectivas profesionales del alumnado.
El modelo nórdico
Para ver cómo las escuelas pueden enseñar a los alumnos a ser felices, conviene fijarse en los sistemas educativos de algunos de los países más felices del mundo. Por ejemplo, los cinco países nórdicos –Dinamarca, Noruega, Suecia, Finlandia e Islandia– figuran entre los diez países más felices, según el Informe Mundial sobre la Felicidad.
Es bien sabido que los países nórdicos dan mayor énfasis al aprendizaje socioemocional, que proporciona a los niños las habilidades y los conocimientos necesarios para reconocer y gestionar las emociones de forma eficaz. Esto constituye la base del bienestar, y puede mejorar significativamente el rendimiento académico del alumnado.
Los países nórdicos también valoran más los juicios de los docentes que los exámenes nacionales, y las escuelas no son evaluadas ni clasificadas, como ocurre en el Reino Unido o en Estados Unidos. Esto evita que el sistema educativo ejerza una presión innecesaria sobre las escuelas, lo que reduce la rivalidad, el estrés y la ansiedad entre el alumnado, y reduce los índices de agotamiento entre los docentes.
Encontrar la felicidad
Cuando se trata de gozar de buena salud y felicidad, las investigaciones sugieren que el dinero solo importa hasta cierto punto. Lo que más importa es desarrollar el autoconocimiento, es decir, saber cómo uno piensa, actúa y gestiona sus propias emociones, y las relaciones sociales positivas. Esto se observa en algunos países latinoamericanos. Por ejemplo, Costa Rica y México también obtienen buenas puntuaciones en el Índice Mundial de la Felicidad y figuran entre los países más felices según el Índice del Planeta Feliz (que tiene en cuenta el bienestar, la esperanza de vida y la desigualdad, así como la huella ecológica).
Estas naciones tienen una cultura de fomento de redes sociales de amigos, familias y vecindarios. Pese a vivir en el continente más desigual del mundo, las investigaciones indican que los latinoamericanos son extremadamente resilientes, es decir, tienen la capacidad de superar con éxito la adversidad y disfrutar de la vida a pesar de las circunstancias difíciles.
Según informes recientes de la ONU, las escuelas de América Latina también hacen un buen trabajo en el fomento de la resiliencia entre los niños. La sostenibilidad ambiental también es un elemento clave de las políticas educativas en países como Costa Rica. Esto promueve la empatía hacia los demás miembros de la sociedad, una competencia fundamental del aprendizaje socioemocional.
Mi propia investigación ha constatado que los sistemas educativos tanto de países en desarrollo como desarrollados dan valor a la formación de ciudadanos responsables mediante la valoración de la igualdad, la armonía y la diversidad, entre otros aspectos. Sin embargo, ninguno de los países incluidos en el análisis –China, Inglaterra, México y España– parece conceder un valor explícito a la salud mental en sus sistemas educativos.
Los sistemas educativos de todo el mundo pueden abordar la crisis de salud mental entre los niños, si se proponen hacerlo. Y los países que priorizan la felicidad y el bienestar de los niños ofrecen un buen punto de partida. Al promover relaciones positivas en lugar de la rivalidad, y el aprendizaje en lugar de las clasificaciones, los niños de todo el mundo pueden tener la oportunidad de prosperar.


