Los niños son optimistas por naturaleza, y eso es un arma de doble filo

Children's natural naivety changes as they learn more about the world.Image: REUTERS/Shannon Stapleton
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Quizá dudaría en juzgar el carácter de alguien basándose en un primer encuentro. La mayoría de los adultos probablemente querrían ver cómo se comporta un desconocido en distintas circunstancias para decidir si esa persona es amable, desagradable o digna de confianza.

Los niños pequeños son mucho menos cautelosos al juzgar el carácter. A menudo muestran un sesgo de positividad: una tendencia a centrarse en acciones positivas o a procesar selectivamente la información que favorece juicios positivos sobre uno mismo, los demás e incluso los animales y los objetos.

¿Por qué importa que los niños vean el mundo de color de rosa? Los niños excesivamente optimistas pueden encontrarse, sin darse cuenta, en situaciones peligrosas, o quizá no puedan o no quieran aprender de los comentarios constructivos. Y en una época de «noticias falsas» y multitud de fuentes de información, es más importante que nunca criar pensadores críticos sólidos que se conviertan en adultos capaces de tomar decisiones informadas sobre su vida. Los psicólogos como yo investigamos este optimismo que parece surgir muy pronto en la vida para comprender mejor cómo funciona, y cómo y por qué acaba disminuyendo con el tiempo.

Pequeños optimistas inteligentes

En muchos sentidos, los niños son pensadores sofisticados. En la primera infancia, recopilan cuidadosamente datos de su entorno para construir teorías sobre el mundo. Por ejemplo, entienden que los seres animados, como los animales, funcionan de manera muy distinta a los objetos inanimados, como las sillas. Incluso los niños en edad preescolar distinguen entre expertos y no expertos, y entienden que los distintos tipos de expertos saben cosas distintas; por ejemplo, los médicos saben cómo funciona el cuerpo humano y los mecánicos, cómo funcionan los automóviles. Los niños también llevan un registro de la precisión de las personas para decidir si pueden confiar en ellas como fuentes de aprendizaje para cosas como los nombres de objetos desconocidos.

Este nivel de escepticismo es impresionante, pero escasea mucho cuando se pide a los niños que emitan juicios valorativos en lugar de neutrales. En este caso, los niños muestran pruebas claras de un sesgo de positividad.

Por ejemplo, mis colegas y yo hemos demostrado que a los niños de entre 3 y 6 años solo les hace falta ver una conducta positiva para juzgar que un personaje de un cuento es amable, pero necesitan ver varias conductas negativas para juzgar que un personaje es desagradable. También he descubierto que los niños rechazan las descripciones negativas de rasgos de desconocidos (como «desagradable») aunque provengan de personas con credibilidad para juzgar el carácter, pero aceptan fácilmente las descripciones positivas de rasgos (como «amable»).

Aunque los niños utilizan eficazmente la información sobre la experiencia en ámbitos no valorativos, como cuando aprenden sobre razas de perros, se muestran reacios a confiar en expertos que hacen valoraciones negativas. Por ejemplo, mi laboratorio descubrió que los niños de 6 y 7 años confiaban en las descripciones positivas de un animal desconocido (como «amistoso») hechas por un cuidador del zoológico, pero desestimaban las descripciones negativas (como «peligroso»). En cambio, confiaban en una persona no experta que ofrecía descripciones positivas.

En otra investigación, los niños desconfiaron de la valoración negativa de una obra de arte hecha por un experto y, en cambio, confiaron en un grupo de personas no expertas que la juzgaron positivamente. Además, los niños en edad preescolar suelen valorar positivamente su propio desempeño al resolver problemas y dibujar, incluso después de que les hayan dicho que un compañero lo había hecho mejor.

En conjunto, las investigaciones revelan que el sesgo de positividad aparece ya a los 3 años, alcanza su punto máximo en la niñez media y solo se debilita al final de la infancia.

¿Por qué empezamos la vida viendo el mundo de color de rosa?

Los psicólogos no saben con certeza por qué los niños son tan optimistas. Es probable que se deba, en parte, a las experiencias sociales positivas que la mayoría de los niños tiene la suerte de vivir al comienzo de su vida.

A medida que crecen, los niños se enfrentan a realidades más duras. Empiezan a observar diferencias en el desempeño de las personas, incluidos sus compañeros, y eso les da una idea de su posición respecto a los demás. Con el tiempo, reciben comentarios valorativos de sus maestros y comienzan a vivir una mayor variedad de experiencias relacionales negativas, como el acoso.

Aun así, los niños suelen seguir siendo obstinadamente optimistas pese a las pruebas en contra. Aquí pueden intervenir distintas fuerzas: como la positividad está tan arraigada en la mente de los niños, quizá les cueste prestar atención a las pruebas contradictorias e incorporarlas a sus teorías provisionales sobre las personas. Además, a los niños estadounidenses se les enseña a no decir cosas desagradables sobre los demás y quizá duden de las intenciones de quienes, con buena voluntad, expresan verdades difíciles. Esto podría explicar que los niños den prioridad a la benevolencia frente a la experiencia cuando aprenden información nueva.

La forma en que se presenta la información negativa puede influir en que logre superar el sesgo de positividad de un niño. En un estudio de mi laboratorio, presentamos los comentarios negativos como orientados a mejorar («hay que trabajarlo» en lugar de «muy mal»). En este caso, los niños estaban más dispuestos a aceptar las evaluaciones negativas y entendían que los comentarios pretendían ayudarles. Es probable que los niños se beneficien más de los comentarios constructivos cuando entienden que buscan ayudarles y cuando los padres y maestros hacen hincapié en el proceso de aprendizaje en lugar del logro.

El sesgo positivo se modera con el tiempo

¿Deberían preocuparse los cuidadores por el sesgo de positividad? En general, probablemente no.

Una ventaja es que anima a los niños a probar cosas nuevas sin miedo y puede contribuir al aprendizaje. Los niños que se acercan a los demás con una actitud positiva tienen más probabilidades de adaptarse bien a la vida escolar y de tener más éxito social.

Pero en una época en la que se habla de «bebés genio», los padres y educadores deben tener presente que los niños no son tan sofisticados como podrían parecer, al menos en lo que respecta a los juicios valorativos. También es importante no dar por sentado que los niños mayores necesariamente manejan mejor que los pequeños este tipo de juicios. Hablar con los niños sobre sus creencias puede ayudarles a pensar qué pruebas las respaldan y a reflexionar sobre la información disponible.

A la hora de enseñar a los niños a aceptar comentarios negativos sobre sí mismos, probablemente convenga adoptar un enfoque moderado. Si se cría a los niños en un entorno afectuoso donde, con el tiempo, se les enseña a aceptar que no siempre son los mejores o que a veces necesitan hacerlo mejor, quizá estén más preparados para afrontar los inevitables golpes duros de la vida. Todos acabamos convirtiéndonos en adultos desencantados más pronto que tarde.

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