La crisis siria plantea profundos interrogantes morales sobre la forma en que se gobierna hoy nuestro mundo. A diferencia de la era de la Guerra Fría, con su diplomacia entre Estados, el poder se ha dispersado cada vez más. Ha crecido el papel de las organizaciones e individuos no estatales, desde las organizaciones no gubernamentales (ONG) hasta las empresas y los terroristas, que a menudo pueden actuar con mayor rapidez que los Estados. En efecto, nuestro es un mundo globalizado, en el que las soluciones sostenibles deben combinar el enfoque «de abajo arriba» de las organizaciones no estatales con la influencia «de arriba abajo» de las estructuras de gobernanza estatales.
Además, las comunidades religiosas tienen una presencia cada vez mayor en la escena mundial. En cierto modo, encarnan la característica anterior, ya que son globalmente «de abajo arriba» (con miembros que sirven en diversos gobiernos), pero su lealtad última está dirigida a algo superior al «de arriba abajo» del Estado.
Hasta ahora, la crisis siria nos enseña al menos cuatro lecciones. En primer lugar, mientras el sistema estatal westfaliano no es capaz de actuar de manera concertada, el vacío resultante permite que determinados Estados ejerzan una influencia considerable. En segundo lugar, lo que al inicio de la Primavera Árabe era un conflicto político se ha convertido en uno religioso.
En tercer lugar (y relacionado con lo anterior), numerosos actores suníes y chiíes no estatales, entre los que se cuentan terroristas motivados por su propia interpretación del islam, algunos de ellos respaldados por otros Estados, se han organizado para combatir en Siria. Los clérigos suníes y chiíes llaman a la yihad unos contra otros, mientras los cristianos huyen, lo que atrae la atención de Occidente.
En cuarto lugar, no ha existido un grado aparente y correspondiente de organización entre las comunidades religiosas para elaborar y coordinar una solución política práctica, frente a su influencia en las capitales de todo el mundo. Tampoco parece que los Estados se hayan acercado a las comunidades religiosas, por desconocimiento, incapacidad o falta de voluntad para considerarlas importantes en la crisis.
Este último punto merece una reflexión adicional en una era global y religiosa, mientras la crisis siria continúa, la región de Oriente Medio y el Norte de África (MENA) sigue siendo inestable y la religión desempeña un papel decisivo en el futuro de lugares como el África subsahariana, Sri Lanka y Myanmar.
Si la religión forma parte del problema, ¿puede formar parte de la solución? ¿Puede lo mejor de la fe derrotar a lo peor de la religión? ¿Pueden los esfuerzos prácticos de consolidación de la paz multirreligiosa y las estructuras permanentes prevenir la violencia de motivación religiosa?
Por ejemplo, a principios de este año, poco después de la intervención francesa en Malí contra las filiales de Al Qaeda, participé en un diálogo con líderes salafistas de toda la región MENA (convocado por una ONG y financiado por un Estado). Algunos de los salafistas sugirieron que podrían haber actuado como mediadores en el conflicto de Malí, pero nadie se lo pidió. Mientras tanto, argumentaron, la intervención francesa se había convertido en la principal herramienta de reclutamiento de Al Qaeda.
Que uno esté de acuerdo con esta lógica es lo de menos; lo importante es si la mentalidad de cada cual está abierta a este tipo de oportunidades ajenas a la diplomacia tradicional. Todo ello nos lleva a una última pregunta: ¿están las organizaciones pacíficas de base religiosa preparadas para participar en el ámbito diplomático de los Estados, y están los diplomáticos estatales preparados no solo para recibir, sino también para aprovechar de forma proactiva estas posibilidades?
Si queremos encontrar respuestas a estas preguntas, estas deberán basarse en la educación y la formación, idealmente con funcionarios gubernamentales y líderes de comunidades religiosas reunidos en la misma sala, aprendiendo unos de otros. Por ejemplo, en julio, el Instituto de Servicio Exterior de Estados Unidos (donde este país forma a sus diplomáticos) celebró un seminario de un día sobre la lucha contra el extremismo violento. Asistieron más de 100 personas. No solo estuvieron representadas varias agencias gubernamentales, sino que el 40 % del público procedía de distintas comunidades religiosas y ONG. Aprender juntos reduce con frecuencia los estereotipos, al tiempo que crea relaciones que pueden servir de base para futuras alianzas innovadoras.
Mientras tanto, ¿qué ocurriría si el diálogo salafista en el que participé fuera una estructura permanente? O bien, ¿qué pasaría si estos diálogos se institucionalizaran más a nivel mundial, con un conocimiento mutuo e incluso interconectados, ofreciendo un «espacio» para las relaciones, la formación y la educación, así como un punto de referencia («go-to») para las consideraciones de política práctica de los gobiernos?
Y ¿qué ocurriría si existiera un lugar para estudiar de forma permanente estas cuestiones? Por ejemplo, el modelo de Kosovo es un caso interesante (al considerar el caso de Siria). No solo una fuerza multinacional, en la que participaron los rusos, creó un contexto de paz tras una guerra que se había vuelto religiosa, sino que líderes capaces de ese país están construyendo ahora las instituciones estatales que protegen un país multirreligioso y multiétnico. ¿Podría ser un hogar para un «centro de excelencia» sobre estas cuestiones, que facilite un espacio seguro para el debate, la investigación, la formación y la educación, y que dé lugar a una nueva red mundial de diplomáticos gubernamentales y de base religiosa, que combine el enfoque de arriba abajo del gobierno con el de abajo arriba de la base social?
Si queremos mejorar el estado del mundo, tendremos que admitir la fe como un factor, para el que todas las partes deberán prepararse.
Autor: Chris Seiple es presidente del Institute for Global Engagement y es miembro del Global Agenda Council on the Role of Faith.
Imagen: Personas rezando durante un servicio religioso. REUTERS/Thomas Peter.

