¿Son compatibles los derechos humanos y la religión?

¿Son compatibles los derechos humanos y la religión?
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En la mayoría de las sociedades occidentales, el lenguaje político es el del liberalismo, y el individuo ocupa el centro de la visión liberal del mundo. El liberalismo reconoce y celebra la libertad de elección individual, porque reconoce al individuo por encima del colectivo. Esto ha dado a la sociedad un nuevo modelo de libertad, junto con un nuevo orden social en el que la religión ya no ocupa un papel tan elevado.

El auge del gobierno democrático, el concepto de sociedad civil y el reconocimiento de todo tipo de derechos humanos, incluidos los derechos de género y sexuales, forman parte de esta nueva conciencia política y moral. En ella, la sociedad subraya la dignidad y la democracia como elementos integrales del florecimiento humano, aunque estos conceptos sigan siendo objeto de debate en cuanto a su significado y alcance. En todo el mundo, el lenguaje de los derechos humanos, incluida su dimensión internacional a través de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, ha cautivado nuestra imaginación y ha moldeado la política y el derecho globales.

Si el lenguaje de los derechos humanos parece culturalmente moderno, el lenguaje religioso, que a menudo apunta a un mundo más allá de la lucha terrenal por los derechos, parece no moderno. Esto significa que la religión, en toda su diversidad, no siempre encuentra un lugar significativo en el plano constitucional y político, aunque sí lo encuentre en el social. Sin embargo, también vivimos en un mundo de comunidades diaspóricas en crecimiento, en las que todas las religiones están presentes en todas partes, a menudo bajo regímenes en gran medida laicos. La fe religiosa no ha disminuido con la aparición del Estado-nación, las migraciones masivas y la globalización, aunque las estructuras y jerarquías clericales tradicionales se hayan erosionado gradualmente.

De hecho, las tradiciones religiosas han experimentado en los últimos tiempos la transformación más radical para adaptarse a nuestro mundo cambiado, dando lugar a voces múltiples y marginales. Muchos sostienen que las nociones modernas de igualitarismo y justicia ya están presentes en sus escrituras, y que en realidad son la política y el patriarcado los que han negado a las personas su plena dignidad y capacidad de agencia moral. Otros afirman que el deber de una persona es, ante todo, para con las leyes eternas de Dios, mientras que los derechos humanos modernos son ideas culturalmente relativas que solo pretenden ser universalmente válidas. Las personas varían en su interpretación de su religión y de sus ideales. No existe una única comprensión de la relación entre la religión y los derechos humanos.

Pero si se considera que los derechos humanos son más importantes que los preceptos religiosos, ¿cuál es el lugar de la fe religiosa en la vida pública? La religión se expresa tanto en la práctica como en el pensamiento. Una cosa es decir que nuestras convicciones religiosas no deben afectar negativamente al marco político ni al bien común de la sociedad. Otra muy distinta es sostener que las normas universales de los derechos humanos no deberían dejar espacio para la conciencia religiosa. Sin embargo, esto es precisamente lo que ocurre en muchas partes del mundo, donde las comunidades religiosas sienten que sus voces son silenciadas o desestimadas.

¿Puede el Estado proteger la libertad religiosa cuando existen distintas formas de definir la religión y distintas formas de practicar la misma fe? ¿Puede la religión vivida en todas sus manifestaciones estar realmente siempre protegida por la ley? Sea cual sea nuestro enfoque, debemos tener cuidado de no polarizar el debate entre la religión y los derechos humanos.

En la medida en que la política moderna emplea el lenguaje de los derechos, los principios ideológicos son centrales en ella. Como ha sostenido el antropólogo Talal Asad, «los derechos civiles y los derechos humanos no son meros hechos jurídicos neutrales, sino valores profundamente moralistas que se invocan constantemente para orientar y criticar la política moderna». Los derechos humanos son una lucha y una aspiración en muchas partes del mundo donde hay pobreza, desigualdad, violencia y degradación. Así, me parece que si la religión quiere contar una historia distinta a la que cuenta el Estado, no puede descartar los derechos humanos como algo opcional o irrelevante. La ética religiosa debe complementar, no chocar, con el discurso basado en los derechos, utilizando un lenguaje que sea significativo, no solo autoritario. Solo entonces la religión surgirá con fuerza y justicia como un bien público y no simplemente como una pasión privada.

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Autor: Mona Siddiqui es catedrática de Estudios Islámicos e Interreligiosos en la Universidad de Edimburgo y vicepresidenta del Global Agenda Council on the Role of Faith.

Imagen: Un niño mira velas en una iglesia de El Salvador. REUTERS/Roberto Escobar.

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