A qué universidad fuiste no importa. He aquí por qué.

Graduating students of the City College of New York sit together in their caps and gowns as they listen to U.S. first lady Michelle Obama's address during the College's commencement ceremony in the Harlem section of Manhattan, New York, U.S., June 3, 2016. REUTERS/Mike Segar - RTX2FKNP
Ivy League grads do better than anyone else, but going to an Ivy League school isn't the reason why.Image: REUTERS/Mike Segar
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En general, los graduados de Harvard ganan más dinero y consiguen mejores empleos que quienes se gradúan, por ejemplo, en una universidad pública estatal promedio.

Al fin y al cabo, cursan un programa académico de rigor excepcional y reciben formación de algunos de los mejores académicos del mundo: están prácticamente destinados al éxito.

Pero, en realidad, las cosas no funcionan así.

La razón por la que, por lo general, los graduados de la Ivy League obtienen mejores resultados que los de las universidades públicas estatales no es su educación en la Ivy League. Es que son más inteligentes y tienen más talento que los demás, y por eso fueron admitidos en la Ivy League desde el principio.

Seth Stephens-Davidowitz, antiguo científico de datos de Google y economista formado en Harvard (por supuesto), desarrolla esta idea en su nuevo libro, «Everybody Lies». El libro explora los innumerables usos de los macrodatos —desde las búsquedas anónimas en Google hasta el lenguaje que usa la gente en sus primeras citas— y lo que revelan sobre el comportamiento humano.

Me quedé asombrado cuando llegué al pasaje de «Everybody Lies» en que Stephens-Davidowitz explicaba que la universidad a la que vas no importa, en parte porque la ciencia que lo respalda es muy sencilla y en parte porque no es un hallazgo nuevo.

Stephens-Davidowitz hace referencia a un artículo de 2002 de Stacy Dale, de Mathematica Policy Research, y Alan B. Krueger, de la Universidad de Princeton, que concluyó que las universidades de élite «suelen admitir a estudiantes con mayor capacidad para obtener ingresos».

Como explica Stephens-Davidowitz en el libro, los investigadores analizaron datos de miles de estudiantes de secundaria: a qué universidades solicitaron admisión, en cuáles fueron admitidos, a cuáles asistieron, cuál era su entorno familiar y qué ingresos tuvieron de adultos. En concreto, examinaron los ingresos de 1995 de personas que habían empezado la universidad en 1976.

Esta es la parte sencilla pero brillante: como explica Stephens-Davidowitz, los investigadores «compararon a estudiantes de entornos similares que habían sido aceptados por las mismas universidades, pero eligieron centros distintos. Algunos estudiantes admitidos en Harvard asistieron a Penn State… En otras palabras, según los comités de admisión, estos estudiantes tenían tanto talento como quienes fueron a Harvard. Pero vivieron experiencias educativas distintas».

Resulta que, más adelante en la vida, ambos grupos de estudiantes acabaron teniendo ingresos similares.

En 2011, los investigadores estudiaron una muestra aún mayor: analizaron los ingresos de 2007 de unos 19.000 adultos que habían empezado la universidad en 1989, y obtuvieron resultados similares.

Estos hallazgos son ejemplos perfectos del aforismo favorito de los aspirantes a científicos: correlación no es causalidad.

En otras palabras: sí, los graduados de la Ivy League obtienen mejores resultados que los demás, pero estudiar en una universidad de la Ivy League no es la razón. Hay un tercer factor —la inteligencia y el talento que ya tenían— que explica el resultado.

O, como dijo Stephens-Davidowitz en la entrevista con Business Insider, los estudiantes de las universidades de élite «suelen tener más talento. No es que la universidad les haya aportado algo».

Sin embargo, curiosamente, la investigación constató que los estudiantes de entornos de bajos ingresos sí solían beneficiarse de asistir a una universidad de élite, lo que indica que afirmar que «la universidad que elijas no importa» no es una regla universal.

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