En 2002, cuando me fui de la India para cursar estudios en Europa y Estados Unidos, hubo muchos que se mostraron escépticos ante mi decisión. En aquel momento, las economías emergentes impulsaban el auge de la producción y el comercio mundiales. Y Goldman Sachs —un banco de inversión para el que trabajaría más adelante— acababa de acuñar el término BRIC, que definía a Brasil, Rusia, India y China como potencias permanentes de la economía mundial. Sudáfrica se unió más tarde al grupo.
En 2015, cuando regresé a la India, aquella euforia parecía haber tocado fondo.
Esta semana, el Banco Mundial advirtió de una desaceleración estructural, a medida que las naciones en desarrollo ceden al mundo desarrollado su papel principal en el crecimiento mundial. El crecimiento de las economías emergentes cayó a apenas un 3,5 % durante el primer trimestre de 2015. Si se excluye la contribución de China de esta cifra, el crecimiento medio del PIB de las economías emergentes se acerca al 0 % en 2015. El proceso de enriquecimiento de las economías emergentes —impulsado en gran medida por la manufactura orientada a la exportación— se ha vuelto más complejo, ya que estas economías ahora se están alejando de la manufactura. La caída del crecimiento del comercio mundial en general también significa que hay menos posibilidades de que los países en desarrollo, aparte de China, puedan exportar para alcanzar la prosperidad.
Una razón importante de esta debilidad es que pocos de estos países han invertido en los desafíos más complejos de promover un entorno de aprendizaje que celebre la creatividad, la curiosidad y el riesgo; cambiar un sistema educativo basado en los exámenes y la memorización que moldea a sus jóvenes; o diseñar regulaciones que desarrollen sectores de servicios con alto valor añadido.
Incluso ahora, estos países difícilmente pueden construir las economías diversas y de alta productividad a las que aspiran, a menos que tengan el valor de dar unos cuantos pasos importantes para reformar de raíz el entorno que forma a sus jóvenes:
Eliminar el miedo a las respuestas equivocadas
Nuestras escuelas están creando clones. El sistema educativo basado en la memorización, predominante en los países emergentes, prepara al niño para el fracaso, porque hace que crezca con miedo a dar una respuesta equivocada y suspender el examen.
El niño crece intentando siempre tener razón. Se prefiere el camino trillado y se infravalora la curiosidad.
Este sistema educativo da a entender que solo hay dos tipos de personas: las inteligentes y las no inteligentes. Y la consecuencia es que muchas personas brillantes creen que no lo son porque alguna vez se juzgó que sus respuestas eran equivocadas.
La mayoría de las economías desarrolladas educan ahora a sus hijos de una manera que los anima a plantear tanto las preguntas acertadas como las equivocadas. La función principal de las escuelas en las economías emergentes debe cambiar para dotar a los niños de un apetito por aprender que dure toda la vida. Solo entonces se impulsarán de verdad el emprendimiento y un liderazgo auténtico en la economía.
Enseñar a abandonar una carrera profesional
Los jóvenes de las economías emergentes crecen acumulando líneas en su currículum en vez de experiencias de vida. ¡Una vida preciosa desperdiciada por preocuparse por una hoja de papel! La razón de esto, en gran medida, suele ser una estructura social muy clasista, arraigada en el sistema educativo y manifiesta en las altas expectativas de los padres, así como en la gran presión de grupo para entrar en la universidad más exclusiva y conseguir un empleo allí.
La sociedad transmite a los jóvenes que, si trabajan duro, responden bien a las preguntas y obtienen un título universitario, conseguirán un empleo y ascenderán en la escala social. Hay que educar a los jóvenes para que no crean eso.
Sin duda, es mejor tener un título que no tenerlo, pero si el camino para obtenerlo silencia todo lo que una persona considera importante, entonces garantiza una vida de mediocridad o fracaso. La estética y las artes son ámbitos en los que los sentidos funcionan al máximo, mientras que un sistema educativo que adormece lo que una persona lleva dentro es un buen ejemplo de anestesia.
Las economías emergentes necesitan reformar estos sistemas educativos anestesiantes. En cambio, debemos enseñar a nuestros jóvenes a ser «desertores de carrera»: personas con ganas de vivir con autenticidad, abandonar la carrera de ratas y asumir el riesgo de seguir su verdadera vocación en su trabajo. La educación desempeña un papel importante a la hora de inculcar en cada persona la sensibilidad para saber hacia dónde apunta su brújula interior, y el valor para actuar en consecuencia.
Es gracias a la pasión de estas personas —y de las organizaciones que muchas de ellas acaban creando— que las economías emergentes pueden avanzar hacia la innovación a gran escala y el ingenio económico.
Hacer tiempo para la serendipia y la amistad
En muchas economías emergentes seguimos educando a los niños como si viviéramos en la era industrial: les pedimos que formen filas rectas, les decimos que no deben hacer preguntas, hacemos que se especialicen en una materia y organizamos todo su proceso de aprendizaje según el año de su fabricación (su fecha de nacimiento). Se hace creer al niño que no tiene tiempo que perder en conversaciones fuera del programa de estudios.
¿Cómo podemos esperar que colaboren de adultos cuando su educación se ha impartido en un entorno así? ¿Imaginamos que estos niños crecerán con una disposición abierta a compartir con los demás y una curiosidad genuina por las personas de otras culturas?
Fomentar una mentalidad colaborativa es especialmente crucial en las economías emergentes, donde es más probable que las personas se vean atrapadas en opciones laborales motivadas por los ingresos y el estatus, redes sociales que refuerzan la autopromoción y una actitud más orientada a la supervivencia y a la defensiva que a la colaboración.
Una solución es que los educadores hagan hincapié en las conversaciones informales y los encuentros fortuitos. Lo mejor de la vida ocurre por casualidad. Las amistades, una mayor comunicación y la colaboración entre países solo pueden ayudar a quienes viven en distintas economías emergentes a aprender nuevas formas de afrontar muchos de sus desafíos comunes.
Recientemente, los líderes de las naciones BRICS resolvieron recuperar su lugar como potencia económica mundial y anunciaron durante la Cumbre BRICS de 2014 en Brasil la creación de un banco de desarrollo de 100.000 millones de dólares. Una muestra menos visible, pero estratégicamente crucial, de su esfuerzo colaborativo en ese mismo foro fue la decisión de trabajar juntos para desarrollar sus sistemas educativos. En 2013, los ministros de Educación de los BRICS se reunieron por primera vez en la sede de la UNESCO en París para debatir oportunidades de cooperación en educación.
Pero el problema es que intentamos afrontar el futuro haciendo lo que hicimos en el pasado: inyectar más dinero en programas antiguos, usar un enfoque basado en datos para evaluar el desarrollo de las vidas de los jóvenes y medir el éxito por el número de alumnos en las escuelas. De esta manera, nos aseguramos de que los corazones y las mentes de niños brillantes se conviertan en clones apagados, que luego se transforman en una estadística en mejora.
Autora: Miniya Chatterji es directora de Sostenibilidad del grupo de empresas Jindal Steel and Power Ltd y exalumna del programa Global Leadership Fellows del Foro Económico Mundial.
Imagen: Alumnos de primaria hacen ejercicios en el pasillo y en un aula mientras evitan las actividades al aire libre debido al intenso esmog, en Pekín, 11 de octubre de 2014. REUTERS/Stringer

