Esta es la mejor manera de encontrar aceptación en cualquier grupo

People tended to like others who showed the emotional states that they themselves wished to feel.Image: REUTERS/Tyrone Siu
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Según una investigación, las personas están dispuestas a ofrecer más dinero a quienes muestran expresiones emocionales similares. Esas expresiones son incluso factores más poderosos que la raza o el sexo.

Dado que la cultura impulsa nuestra tendencia a valorar emociones similares en los demás —un fenómeno denominado «coincidencia del afecto ideal»—, la investigación aclara una nueva forma en que la cultura puede influir en las donaciones y, potencialmente, ofrecer a las organizaciones información sobre sus iniciativas filantrópicas.

En investigaciones anteriores, Jeanne Tsai, profesora asociada de Psicología de la Universidad de Stanford, examinó la relación entre cultura y emoción centrándose en estadounidenses de ascendencia europea y asiáticos orientales.

Esa investigación sugiere que, mientras que los estadounidenses de ascendencia europea suelen querer sentir entusiasmo (estados positivos de alta activación), los asiáticos prefieren sentir calma (estados positivos de baja activación). Así, las personas tendían a apreciar a quienes mostraban los estados emocionales que ellas mismas deseaban sentir: la «coincidencia del afecto ideal».

Esto llevó a Tsai y a sus coautores a preguntarse si la coincidencia del afecto ideal podía influir no solo en el agrado, sino también en la disposición a asignar dinero real a una persona desconocida.

El «juego del dictador»

En el primer estudio, los investigadores analizaron grupos de estudiantes universitarios estadounidenses de ascendencia europea y coreanos. Tras medir su afecto real (cómo se sienten las personas) y su afecto ideal (cómo quieren sentirse), pidieron a los participantes que jugaran una serie de juegos del dictador: un juego en el que una persona (el «dictador») decide si reparte su dinero con otros jugadores (los posibles destinatarios).

Aunque a los participantes siempre se les asignó el papel de dictador, distintos posibles destinatarios aparecían representados mediante avatares generados por computadora que variaban en cuanto a expresión emocional, raza y sexo. Después, los participantes calificaron cuánto confiaban en cada uno de los posibles destinatarios que habían conocido.

Los investigadores descubrieron que, mientras que los estadounidenses de ascendencia europea daban más a los destinatarios cuyas expresiones transmitían entusiasmo (es decir, sonrisas abiertas que mostraban los dientes), los estudiantes coreanos daban más a quienes transmitían calma (es decir, sonrisas con la boca cerrada). Además, los estadounidenses de ascendencia europea consideraban más dignos de confianza a los destinatarios entusiasmados, mientras que los coreanos confiaban más en los que transmitían calma.

Sin embargo, compartir la misma raza o sexo tuvo poco efecto en el reparto o en la confianza atribuida.

«Estos hallazgos sugieren que la expresión emocional —y que coincida o no con el afecto ideal de las personas— puede desempeñar un papel más poderoso en el reparto de recursos que incluso la raza o el sexo», afirma Tsai, directora del Laboratorio de Cultura y Emoción de Stanford.

¿En quién se puede confiar?

Entonces, ¿qué aspecto de la coincidencia del afecto ideal podía motivar a las personas a compartir con los demás? ¿Se debía a cómo las hacía sentir una persona desconocida con un afecto coincidente o a la creencia de que compartían valores? Para averiguarlo, los investigadores realizaron un segundo estudio en el que estadounidenses de ascendencia europea y coreanos jugaron repetidas partidas del juego del dictador, esta vez mientras se sometían a una resonancia magnética funcional (fMRI). Después, los participantes volvieron a calificar la confiabilidad de los posibles destinatarios y otras características, como la amabilidad y la inteligencia.

Según Tsai, cuando los participantes veían rostros cuyas expresiones coincidían con su afecto ideal, las imágenes revelaban una disminución de la actividad en la unión temporoparietal derecha del cerebro, asociada a percibir que los demás tienen creencias distintas. Una interpretación de esta disminución de la actividad es que los participantes suponían que los destinatarios compartían sus valores. Esta interpretación concuerda con el hecho de que los participantes tendían a confiar y compartir más con los destinatarios cuyo afecto ideal coincidía con el suyo.

Tsai afirma que, tradicionalmente, a los investigadores les ha resultado difícil identificar qué expresiones emocionales generan confianza. Esto podría deberse a que varían según la cultura. Estos hallazgos ayudan a explicar por qué las personas de distintas culturas podrían confiar en personas con diferentes expresiones emocionales.

«En conjunto, estos datos sugieren que parte del poder de la coincidencia del afecto ideal radica en que envía una señal implícita de que otra persona comparte nuestras creencias y valores, lo que a su vez hace que parezca más digna de confianza y fomenta las donaciones», afirma Tsai.

Superar las fronteras

El estudio, publicado en Social Cognitive and Affective Neuroscience, cuestiona las nociones establecidas por la investigación sobre la identidad grupal, es decir, las señales que las personas utilizan para identificarse como miembros de un grupo. En concreto, los hallazgos sugieren que las señales moldeables relacionadas con valores emocionales compartidos pueden imponerse a otras más estáticas, como el sexo y la raza.

Los resultados indican que, al relacionarse con otras culturas, las personas pueden superar las categorías tradicionales comprendiendo y expresando valores emocionales compartidos. Dado que las expresiones emocionales son más fáciles de modificar, los hallazgos apuntan a formas más flexibles de fomentar la confianza y el intercambio entre culturas.

El Instituto de Investigación en Ciencias Sociales de Stanford, el Centro de Stanford para la Imagen Cognitiva y Neurobiológica, la Fundación Educativa Kwanjeong y la Fundación Nacional para la Ciencia respaldaron el trabajo.

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