Por qué debemos defender un comercio más libre

Por qué debemos defender un comercio más libre
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El comercio ocupa un lugar destacado en la agenda de Estados Unidos, Europa y gran parte de Asia este año. En EE. UU., donde la preocupación ha aumentado debido a las débiles cifras comerciales recientes, el presidente Barack Obama está presionando al Congreso para que le conceda la Autoridad de Promoción Comercial (TPA, por sus siglas en inglés), antes conocida como autoridad de vía rápida, a fin de concluir la megaalianza regional Acuerdo Transpacífico (TPP) con 11 países de Asia y América Latina. Sin la TPA, los socios comerciales se abstienen de ofrecer sus mejores concesiones, pues temen, con razón, que el Congreso quiera «volver a sacar tajada» cuando se le pida ratificar cualquier acuerdo.

Al promover el TPP, Obama tiende a destacar algunas de las características que lo distinguen de pactos anteriores, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Entre ellas figuran los compromisos de los países del Pacífico en materia de medio ambiente y la ampliación de los derechos laborales exigibles, así como el argumento geopolítico a favor del muy comentado «reequilibrio» estratégico de Estados Unidos hacia Asia.

Al igual que ocurre con los productos de consumo, el lema «¡Nuevo y mejorado!» vende. El TLCAN y otros acuerdos comerciales anteriores son impopulares. Así que el argumento de la administración Obama parece ser: «Hemos aprendido de nuestros errores. Este acuerdo los corregirá».

Pero la premisa es errónea: los acuerdos anteriores sí beneficiaron a Estados Unidos (y a sus socios). El argumento más sencillo a favor del TPP es que probablemente se obtengan beneficios económicos similares.
Por supuesto, los argumentos económicos sobre las ganancias del comercio se remontan a la teoría clásica de la ventaja comparativa de David Ricardo. Los países obtienen el mayor beneficio cuando producen y exportan aquello que producen y exportan relativamente mejor, e importan aquello que otros países producen relativamente mejor.

Además, el comercio impulsa la productividad, razón por la cual, en promedio, las empresas exportadoras pagan salarios más altos que las demás: se estima que son un 18 % más altos en el caso de la industria manufacturera estadounidense. Y el poder adquisitivo de los ingresos aumenta gracias a la posibilidad de los hogares de consumir productos importados a menor precio. El ahorro de costos es especialmente grande en alimentos y ropa, compras que representan una proporción mayor del gasto de los hogares de ingresos bajos y de clase media.

Hace mucho que los debates comerciales estadounidenses se plantean en torno a la pregunta de si una política aumentará o reducirá el número de empleos. Esta preocupación es prima hermana del antiguo enfoque mercantilista, centrado en si una política mejorará o empeorará la balanza comercial. Podría definirse a un «mercantilista» como alguien que cree que las ganancias corresponden únicamente al país que disfruta de un superávit comercial mayor, mientras que el socio comercial que registra un déficit proporcionalmente mayor sufre las pérdidas.

Incluso con este tipo de razonamiento, se podría defender las negociaciones comerciales en curso desde una perspectiva «estadounidense». El mercado de Estados Unidos ya está bastante abierto; participantes del TPP como Vietnam, Malasia y Japón mantienen barreras arancelarias y no arancelarias más altas contra algunos productos que Estados Unidos quisiera venderles que las que Estados Unidos impone a sus productos. Por tanto, la liberalización beneficiaría más a las exportaciones estadounidenses a Asia que a las exportaciones asiáticas a Estados Unidos.

El final de la década de 1990 ofrece un buen ejemplo de cómo funciona la teoría comercial en el mundo real. El volumen del comercio aumentó rápidamente, en parte gracias al TLCAN de 1994 y a la creación, en 1995, de la Organización Mundial del Comercio, sucesora del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio.

Durante este período, las importaciones estadounidenses crecieron más rápidamente que las exportaciones. Pero la ampliación del déficit comercial no tuvo efectos negativos sobre la producción ni el empleo. El crecimiento del PIB real (ajustado por inflación) promedió el 4,3 % durante 1996-2000, la productividad aumentó un 2,5 % al año y los trabajadores recibieron su parte de esas ganancias, ya que la remuneración real por hora subió a un ritmo anual del 2,2 %. A finales de 2000, la tasa de desempleo había caído por debajo del 4 %, su nivel mínimo posible.

Un saldo comercial más sólido a finales de la década de 1990 no habría contribuido al crecimiento de la producción ni a la creación de empleo, que avanzaban a toda máquina. Cualquier aumento adicional de la demanda de exportaciones netas solo se habría satisfecho atrayendo a trabajadores desde la producción de otra cosa. Por eso, las ganancias del comercio se tradujeron en un aumento de los salarios reales, en lugar de seguir incrementando el número de empleos.

Es cierto que resulta más difícil defender un comercio más libre —en particular, la liberalización unilateral— cuando el desempleo es alto y la producción está por debajo de su potencial, como ocurrió tras la crisis financiera y la recesión de 2007-2009. En esas circunstancias, la lógica mercantilista tiene algo de verdad: los superávits comerciales contribuyen al PIB y al empleo, a costa de los países con déficit.

Por supuesto, si un país impone barreras a las importaciones, es probable que sus socios comerciales tomen represalias con políticas propias de «empobrecer al vecino», lo que deja a todos en peor situación. Por eso, el argumento a favor de la renuncia multilateral al proteccionismo es tan sólido durante las recesiones como siempre. Por ejemplo, en respuesta a la recesión mundial de 2008-2009, los líderes del G-20 acordaron abstenerse de imponer nuevas barreras comerciales. Contra muchos pronósticos cínicos, Obama y sus homólogos cumplieron con éxito este compromiso y evitaron que se repitiera el desastre que provocó en la década de 1930 la imposición de aranceles a las importaciones por parte de Estados Unidos.

En cualquier caso, la lógica mercantilista ya no es pertinente. La tasa de desempleo de Estados Unidos ha caído muy por debajo del 6 %: no se ha alcanzado el pleno empleo, pero se está cerca. Si la producción y el empleo estuvieran creciendo este año tan rápidamente como en 2014, probablemente la Reserva Federal habría considerado necesario empezar a subir los tipos de interés ya en junio. Tal como están las cosas, casi con toda seguridad la Fed retrasará un poco más la subida de los tipos. Si los acuerdos comerciales impulsan las exportaciones estadounidenses más que las importaciones, probablemente la Fed tendrá que frenar la economía mucho antes.

Pero la conclusión es que, si Estados Unidos puede aumentar las exportaciones de automóviles a Malasia, las agrícolas a Japón y las de servicios a Vietnam, los salarios reales subirán más que el empleo. Por eso, si se permite que avance, el TPP, al igual que los acuerdos comerciales anteriores, ayudará a que los ingresos medianos reales de Estados Unidos vuelvan a una tendencia ascendente.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde estas opiniones.

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Autor: Jeffrey Frankel, profesor de la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard, fue anteriormente miembro del Consejo de Asesores Económicos del presidente Bill Clinton.

Imagen: Un buque portacontenedores sale de Burrard Inlet, en Vancouver, Columbia Británica. REUTERS/Andy Clark.

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