Este mes, el tipo de cambio del yen japonés frente al dólar estadounidense cayó por debajo de los 125 yenes, su nivel más bajo en 13 años, antes de recuperarse hasta casi los 122 yenes tras una declaración del gobernador del Banco de Japón, Haruhiko Kuroda, quien afirmó que no esperaba una depreciación adicional. Sin embargo, como Kuroda aclaró más tarde, las autoridades monetarias japonesas no pretenden predecir, y mucho menos controlar, los movimientos de los tipos de cambio. En cambio, el objetivo del BOJ —como el de cualquier banco central eficaz— es garantizar la combinación adecuada de empleo e inflación.
Por supuesto, la política monetaria de un país sí afecta a los tipos de cambio a corto plazo. Pero solo lo hace en relación con la política monetaria de otros países pertinentes. En el caso del Japón actual, el tipo de cambio está determinado menos por su propia expansión monetaria que por el giro de Estados Unidos hacia el endurecimiento monetario, tras un período en el que la flexibilización cuantitativa masiva (QE) de la Reserva Federal de Estados Unidos ejerció una presión alcista sobre el yen.
Un país también puede influir en el tipo de cambio a corto plazo interviniendo directamente en el mercado de divisas. Pero esas intervenciones son complejas, entre otras cosas porque deben tener en cuenta la relación entre el enfoque de política monetaria del país y el de otros países pertinentes. Además, si, por ejemplo, Estados Unidos apunta a un tipo de 100 yenes por dólar, mientras que Japón apunta a 120 yenes por dólar, el resultado podría ser no solo un aumento de las tensiones entre Estados Unidos y Japón; unos objetivos cambiarios incompatibles también podrían desencadenar una volatilidad más amplia en los mercados, con efectos de contagio en otras economías.
En vista de esto, la política monetaria sigue siendo el factor más eficaz para impulsar los movimientos de los tipos de cambio. La clave para garantizar un equilibrio cambiario satisfactorio es que los países adopten políticas destinadas a lograr una combinación deseable de inflación y empleo internos. Si, por ejemplo, alcanzar los objetivos internos de inflación y empleo requiere una mayor expansión monetaria —que ejercerá una presión a la baja sobre la moneda local y reforzará la competitividad internacional de la economía—, otros países quizá tengan que aplicar su propia expansión monetaria para mantener tasas internas óptimas de inflación y empleo.
Eso es precisamente lo que ocurrió tras la crisis económica mundial. Estados Unidos, en un esfuerzo por evitar la deflación y frenar el aumento del desempleo, inició un programa masivo de QE, al que siguió el Reino Unido. Al principio, el Banco de Japón dudó en ajustar su política monetaria en consecuencia, lo que permitió que el yen se apreciara; esa decisión sumió en la recesión a la economía del país, estancada desde hacía mucho tiempo.
Afortunadamente, cuando el primer ministro Shinzo Abe llegó al poder en 2013, reconoció la necesidad de una expansión monetaria y la convirtió en una de las tres «flechas» de su estrategia —bautizada como Abenomics— de reforma y recuperación económicas. Gracias a este cambio de enfoque, Japón pudo frenar la apreciación del yen y avanzar hacia un crecimiento más sólido, sin menoscabar la capacidad de Estados Unidos ni del Reino Unido para perseguir sus propios objetivos de política monetaria.
La capacidad de realizar tales ajustes es el sello distintivo del sistema de tipos de cambio flexibles; de hecho, durante más de cuatro décadas ha demostrado una y otra vez ser la clave de la estabilidad macroeconómica mundial. Ya en el período posterior a la Primera Guerra Mundial, los países que adoptaron una política monetaria independiente se recuperaron más rápido que los que permanecieron sujetos al patrón oro.
Sin embargo, algunos economistas y periodistas temen que, al intentar obtener una ventaja en los mercados mundiales, los países recurran a devaluaciones competitivas y provoquen una inflación a gran escala. Estas preocupaciones incluso han llegado a los debates sobre los acuerdos de libre comercio megaregionales —a saber, la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión entre Estados Unidos y la Unión Europea, y la Asociación Transpacífica— que actualmente se están negociando. Muchos piden ahora que se incluyan disposiciones exigibles que prohíban la llamada «manipulación cambiaria».
Incluir esas disposiciones sería un error, entre otras cosas porque las cuestiones cambiarias son intrínsecamente ajenas a los acuerdos comerciales. De hecho, ese enfoque —que podría hacer descarrilar acuerdos que aportarían beneficios considerables a las economías implicadas— se basa en una falacia. A menos que los países recurran a la intervención directa para perseguir objetivos cambiarios contradictorios, es muy improbable que se produzca una «guerra de divisas» que genere una inflación generalizada. Si cada país adapta su política monetaria a sus objetivos macroeconómicos internos, los tipos de cambio alcanzarán de forma natural un estado de eficiencia de Pareto (o máxima).
El economista Jeffrey Frankel ha calificado la manipulación cambiaria de quimera y ha declarado que «vincular los esfuerzos para prevenir la manipulación cambiaria con los acuerdos comerciales siempre ha sido una mala idea, y sigue siéndolo». Tiene razón. Hacerlo contravendría la regla más fundamental de un régimen de tipos de cambio flexibles: que cada economía puede fijar y perseguir sus propios objetivos de política monetaria.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: Koichi Hamada, asesor económico especial del primer ministro japonés Shinzo Abe, es profesor emérito de Economía en la Universidad de Yale y en la Universidad de Tokio.
Imagen: Un buque portacontenedores sale de Burrard Inlet, en Vancouver. REUTERS/Andy Clark.


