Por qué el mundo debería acoger con satisfacción la participación de China en la gobernanza global

Por qué el mundo debería acoger con satisfacción la participación de China en la gobernanza global
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Vaya a Asia y oirá un coro cada vez más numeroso de inquietudes ante la posibilidad de que China esté construyendo una esfera de influencia en la región. Para promover la inversión extranjera china, está el Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), en el que el Gobierno está a punto de adquirir una participación del 30 %. También está la iniciativa china «Un cinturón, una ruta» para construir un Cinturón Económico de la Ruta de la Seda

que se extienda por Asia Central, y una Ruta Marítima de la Seda que conecte China con el Sudeste Asiático, el océano Índico, Oriente Medio y, en última instancia, Europa.
En el ámbito financiero, China promueve un uso internacional más amplio de su moneda, el renminbi. Además, afirma cada vez más sus intereses por medios militares, fortificando las disputadas islas Spratly y construyendo pistas capaces de recibir aviones de combate.

Al considerar estas iniciativas, es importante adoptar una perspectiva matizada. No cabe duda de que los nuevos puestos de avanzada insulares de China en el mar de China Meridional suponen una amenaza no solo para la seguridad de Vietnam, Filipinas y otros países vecinos, sino también para sus derechos sobre los recursos minerales y pesqueros. La comunidad internacional tiene un interés común en desalentar este tipo de actividades.

Pero las iniciativas económicas de China, que prometen beneficios tanto en el país como para sus socios, son otra cuestión. Para China, el AIIB y los proyectos de la Ruta de la Seda ofrecen alternativas a la inversión nacional improductiva. Sentar las bases para un mayor comercio entre China, el sur de Asia y las economías emergentes de Asia Central ofrece al sector de la construcción chino una salida mejor que construir más ciudades fantasma en el país.

Por su parte, los países de estas otras regiones también se beneficiarán del aumento del comercio. Un banco de infraestructuras liderado por China que ayude a satisfacer sus amplias necesidades en este ámbito podría integrar más profundamente a estos países no solo con China, sino también con el resto del mundo.

La preocupación es que China, como mayor accionista y contribuyente del AIIB, domine el banco y distorsione su toma de decisiones. El resultado, dicen los escépticos, es que los proyectos ferroviarios y viales financiados por el AIIB solo conducirán a China, mientras que los países receptores se volverán más dependientes —y no solo económicamente— de su poderoso financiador.

Pero el hecho de que más de 50 países, incluidas economías avanzadas con valores democráticos, se hayan incorporado al AIIB significa que será posible supervisar sus acciones. China promete que el nuevo banco será abierto y transparente. Se le debería conceder el beneficio de la duda, al menos hasta que haya pruebas en contra.

Del mismo modo, debería fomentarse la internacionalización del renminbi en lugar de resistirse a ella. Sin duda, un uso internacional más amplio del renminbi como moneda para el comercio y la inversión transfronterizos aumentará la dependencia de otros países del crédito denominado en renminbi en tiempos de crisis. Reconociéndolo, el Banco Popular de China ha negociado líneas de intercambio de divisas con otros bancos centrales y ha designado a uno de los cinco grandes bancos comerciales estatales del país como banco oficial de compensación para liquidar transacciones en renminbi en diversos centros financieros extranjeros.

Mientras tanto, China ha pedido al Fondo Monetario Internacional que incluya el renminbi en la cesta de monedas que componen los Derechos Especiales de Giro, la unidad de cuenta del Fondo. Es un resultado que los demás deberíamos celebrar, porque daría a China una participación mayor en una institución multilateral que supervisa el funcionamiento del sistema monetario mundial.

La internacionalización del renminbi también es deseable en la medida en que ofrece al mundo otra fuente de liquidez global además del dólar. Cuando las cosas van mal en el ámbito financiero en Estados Unidos, como ocurrió en 2008, otros países podrán recurrir a una reserva de crédito de emergencia.

De hecho, China ha designado bancos de compensación y negociado líneas de intercambio de divisas con países no solo de Asia, sino también de Europa y del hemisferio occidental. En lugar de intentar crear un bloque monetario en Asia, China parece buscar elevar el renminbi a la categoría de verdadera moneda mundial que algún día podría rivalizar con el dólar. Dadas las ventajas de contar con más de un prestamista de emergencia y múltiples fuentes de liquidez internacional, esto solo puede ser algo positivo para el resto del mundo.

No cabe duda de que China está cobrando confianza y afirmándose con más contundencia. Cuando las acciones de China amenacen a sus vecinos, como ocurre con sus reivindicaciones territoriales en el mar de China Meridional, deberán ser objeto de fuertes sanciones y resistencia. Pero cuando sus políticas prometan beneficios económicos para otros países, como en el caso de la financiación de infraestructuras a través del AIIB y de la iniciativa de la Ruta de la Seda, deberían fomentarse. Lo mismo ocurre con iniciativas como la internacionalización del renminbi, que integrará más profundamente a China en la economía mundial y le dará una participación mayor en la estabilidad del sistema internacional.

En lugar de replegarse por miedo, la comunidad internacional debería fomentar la participación constructiva de China. El primer paso hacia ese objetivo debería ser adoptar una perspectiva más matizada de las recientes iniciativas chinas.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Barry Eichengreen es profesor de Economía en la Universidad de California, Berkeley; titular de la cátedra Pitt de Historia e Instituciones Estadounidenses en la Universidad de Cambridge; y antiguo asesor sénior de políticas del Fondo Monetario Internacional.

Imagen: Un hombre observa el distrito financiero de Pudong, en Shanghái. REUTERS/Carlos Barria.

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