Crecí a la sombra de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de la Guerra Fría.
El trabajo de mi padre como funcionario del Servicio Exterior me brindó la oportunidad de contemplar la historia de cerca, de una manera desgarradora: nunca olvidaré caminar con él por las playas de Normandía y ver los cascos calcinados de las lanchas de Higgins aún en aquellas costas, apenas unos años después de que tantos jóvenes fueran a la tumba para que el mundo pudiera ser libre. Del mismo modo, nunca olvidaré la inquietante sensación de cruzar en bicicleta la Puerta de Brandeburgo desde Berlín Occidental hacia el Este y ver el contraste entre quienes eran libres y quienes estaban atrapados tras el Telón de Acero.
Lo que me llama la atención ahora, tantos años después, es que una generación de líderes ganó no solo una guerra, sino también la paz. Lo hicieron juntos. Estados Unidos y nuestros socios trabajaron para crear alianzas que trajeron prosperidad y estabilidad a Europa occidental, Japón y Corea del Sur. Antiguos enemigos se convirtieron en nuevos aliados y, juntos, sentaron las bases de un nuevo sistema económico mundial que hizo al mundo más próspero. Y aun mientras la Guerra Fría hacía estragos, los líderes encontraron formas de cooperar en el control de armamentos y evitar un Armagedón nuclear.
En resumen, al construir instituciones internacionales y alianzas estratégicas eficaces e indispensables, no solo evitamos otra guerra mundial catastrófica; finalmente pusimos fin a la Guerra Fría y elevamos el nivel de vida de cientos de millones de personas en todo el mundo.
Esa es la extraordinaria historia del siglo XX. La pregunta ahora es qué historia surgirá en el siglo XXI.
Hoy, el orden mundial afronta nuevos desafíos. La agresión rusa inquieta a los aliados. Los extremistas que secuestran la religión amenazan a gobiernos y personas en todas partes. La tecnología está acelerando un cambio en el equilibrio de poder entre los gobiernos y los gobernados que ofrece tanto oportunidades para la rendición de cuentas democrática como obstáculos para una política inclusiva.
Hemos pasado de un mundo en el que el poder residía en jerarquías a uno en el que habita en redes. La diplomacia aún no se ha adaptado. Las instituciones y alianzas internacionales surgidas en los años de posguerra requieren tanto mantenimiento como modernización.
Ante toda esta turbulencia, algunos sugieren que Estados Unidos debería replegarse. No es nada nuevo. Algunos defendieron lo mismo después de la Segunda Guerra Mundial. Volvieron a defenderlo hace 25 años, tras la caída del Muro de Berlín. Entonces estaban equivocados, y ahora también lo están.
La necesidad de liderazgo nunca ha sido mayor, y Estados Unidos nunca ha estado más comprometido con el mundo. Nuestro papel en la primera transición pacífica y democrática de Afganistán nos recuerda a todos que, tras haber invertido tanta sangre y recursos para ayudar a los afganos a tener la oportunidad de triunfar en la batalla, el mundo tiene igual responsabilidad de ayudar a sus líderes a tener éxito en el gobierno.
Sabemos que la destrucción del 100% de las armas químicas declaradas de Siria no habría ocurrido sin una diplomacia directa y práctica, y sin perseverancia; del mismo modo, la inmoral y horripilante guerra civil de Siria no terminará sin un compromiso equivalente. También en Asia, donde el presidente Barack Obama y el presidente chino Xi Jinping acaban de anunciar ambiciosos compromisos para abordar el cambio climático, recordamos lo que los países pueden lograr juntos con un liderazgo genuino, y cuánto liderazgo adicional se requiere para alcanzar con éxito un acuerdo climático en París el próximo año.
El mundo ha cambiado y estamos cambiando con él. Las líneas del mapa ya no contienen las amenazas más graves, y los actores ya no están divididos ordenadamente en dos bandos.
En el siglo XXI, todo está cerca. Por eso el mundo necesita una diplomacia de coalición. Ningún país puede derrotar al terrorismo por sí solo. Ningún país puede resolver por sí solo la amenaza existencial del cambio climático. Ningún país puede erradicar la pobreza extrema, combatir posibles pandemias o mejorar la seguridad nuclear por sí solo.
Ninguno de nosotros puede vivir una vida más segura y próspera dándole la espalda al mundo. Debemos construir sobre nuestra historia de colaboración con los aliados formando nuevas coaliciones: con gobiernos, con la sociedad civil y, sí, con la gente común.
Un buen ejemplo es el esfuerzo internacional para hacer frente a la maligna brutalidad del Estado Islámico en Irak y Siria. Se están utilizando herramientas políticas, humanitarias y de inteligencia de más de 60 países para apoyar una acción militar unificada. El éxito no depende de lo que un país, ni siquiera un puñado de países, pueda hacer por sí solo, sino de lo que todos podamos lograr avanzando juntos contra esta amenaza común.
En otro frente igualmente importante, Estados Unidos trabaja con las Naciones Unidas para movilizar una respuesta mundial al peligro que representa el virus del Ébola. He hablado personalmente con más de 50 líderes extranjeros, y todos coincidimos en que solo coordinando nuestras acciones podemos detener la devastación en África occidental y frenar la propagación del Ébola.
Estamos avanzando en ambos asuntos, pero queda mucho por hacer. Reunir a países con intereses contrapuestos y recursos diversos es una tarea ardua. Exige una intensa labor diplomática y requiere recurrir a relaciones que se han construido y mantenido durante décadas, así como a alianzas con nuevos socios. Pero, al superar las diferencias y coordinar los esfuerzos para derrotar al Estado Islámico y vencer al Ébola, estamos reforzando el apoyo a un orden mundial basado en soluciones colectivas a problemas comunes.
La cooperación es igual de vital para reforzar los principios económicos fundamentales sobre los que Estados Unidos y otros países construyeron su prosperidad de posguerra. En ningún país la frustración puede crecer más rápido que las oportunidades. Por ejemplo, las negociaciones sobre la Asociación Transpacífica (TPP) reflejan la determinación del presidente Obama de alcanzar un acuerdo con países que representan un tercio del comercio mundial y el 40% del PIB mundial.
Los beneficios —tanto para Estados Unidos como para nuestros socios— son enormes. Se estima que el TPP podría aportar 77.000 millones de dólares al año en ingresos reales y respaldar 650.000 nuevos empleos solo en Estados Unidos. La Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión, que se negocia con la Unión Europea, ofrece otro gran paso hacia el aumento del comercio.
Ya sea para la seguridad mutua o la prosperidad compartida, las alianzas genuinas no se construyen de la noche a la mañana. Se necesitan una diplomacia paciente y una voluntad colectiva para promover objetivos comunes. Los objetivos de Estados Unidos siguen siendo los mismos desde hace décadas: paz, prosperidad y estabilidad para Estados Unidos y para nuestros socios de todo el mundo.
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate. La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.
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Autor: John Kerry es secretario de Estado de Estados Unidos. Anteriormente fue senador por Massachusetts y presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado.
Imagen: Un hombre mira una pantalla frente a una sucursal de United Overseas Bank (UOB), en el distrito financiero de Singapur. REUTERS/Vivek Prakash


