Por qué el mundo necesita cooperación en inversión y comercio

Por qué el mundo necesita cooperación en inversión y comercio
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Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, hace 70 años, gran parte del mundo —incluidas la Europa industrializada, Japón y otros países que habían estado ocupados— quedó dividida desde el punto de vista geopolítico y lastrada por una pesada deuda soberana, mientras muchas de las principales economías estaban en ruinas. Cabría haber esperado un largo período de escasa cooperación internacional, crecimiento lento, alto desempleo y privaciones extremas, debido a la limitada capacidad de los países para financiar sus enormes necesidades de inversión. Pero eso no fue lo que ocurrió.

En cambio, los líderes mundiales adoptaron una perspectiva a largo plazo. Reconocieron que las perspectivas de reducción de la deuda de sus países dependían del crecimiento económico nominal y que sus perspectivas de crecimiento económico —por no mencionar la continuidad de la paz— dependían de una recuperación mundial. Así que utilizaron —e incluso estiraron— sus balances para invertir, al tiempo que se abrían al comercio internacional y contribuían así a restablecer la demanda. Estados Unidos —que afrontaba una deuda pública considerable, pero había perdido pocos activos físicos— asumió naturalmente un papel de liderazgo en este proceso.

Dos características de la recuperación económica de posguerra llaman la atención. En primer lugar, los países no consideraron que su deuda soberana fuera una limitación vinculante, sino que apostaron por la inversión y el crecimiento potencial. En segundo lugar, cooperaron entre sí en múltiples frentes, y los países con los balances más sólidos impulsaron la inversión en otros lugares, atrayendo inversión privada. El inicio de la Guerra Fría pudo haber fomentado este enfoque. En cualquier caso, no fue una situación en la que cada país actuara por su cuenta.

La economía mundial actual presenta notables similitudes con el período inmediatamente posterior a la guerra: el alto desempleo, los elevados niveles de deuda —que siguen aumentando— y la escasez mundial de demanda agregada están limitando el crecimiento y generando presiones deflacionarias. Y ahora, como entonces, el nivel y la calidad de la inversión han sido sistemáticamente insuficientes, y el gasto público en capital tangible e intangible —un factor fundamental para el crecimiento a largo plazo— se ha mantenido desde hace tiempo muy por debajo de los niveles óptimos.

Por supuesto, también hay nuevos desafíos. La dinámica de la distribución del ingreso ha cambiado desfavorablemente en las últimas décadas, obstaculizando el consenso sobre la política económica. Y el envejecimiento de la población —resultado del aumento de la longevidad y el descenso de la fecundidad— está presionando las finanzas públicas.

No obstante, los ingredientes de una estrategia eficaz para impulsar el crecimiento económico y el empleo son similares: deben utilizarse los balances disponibles (soberanos y privados) para generar demanda adicional y aumentar la inversión pública, aunque eso implique un mayor apalancamiento. Investigaciones recientes del FMI sugieren que, dada la capacidad excedentaria, los gobiernos probablemente se beneficiarían de multiplicadores sustanciales a corto plazo. Más importante aún, el énfasis en la inversión mejoraría las perspectivas de crecimiento sostenible a largo plazo, lo que permitiría a los gobiernos y los hogares llevar a cabo un desapalancamiento responsable.

Del mismo modo, la cooperación internacional es hoy tan fundamental para el éxito como lo era hace 70 años. Dado que los balances (públicos, cuasipúblicos y privados) con capacidad para invertir no están distribuidos uniformemente por el mundo, hace falta un esfuerzo mundial decidido —que incluya un importante papel de las instituciones financieras multilaterales— para despejar los canales de intermediación obstruidos.

Hay muchos incentivos para que los países colaboren, en lugar de recurrir al comercio, las finanzas, la política monetaria, las compras del sector público, la política fiscal u otras herramientas para perjudicarse entre sí. Al fin y al cabo, dada la interconexión que caracteriza los sistemas económicos y financieros globalizados actuales, una recuperación plena en cualquier lugar es prácticamente imposible sin una recuperación de base amplia en casi todas partes.

Sin embargo, en los últimos años, el mundo ha optado en gran medida por una cooperación limitada: los países creen no solo que deben valerse por sí mismos, sino también que sus niveles de deuda imponen un límite estricto a la inversión que genera crecimiento. La consiguiente insuficiencia de inversión y la depreciación de la base de activos de la economía mundial están frenando el crecimiento de la productividad y, por tanto, socavando las recuperaciones sostenibles.

Ante la ausencia de un vigoroso programa internacional de reinversión, se está utilizando la política monetaria para apuntalar el crecimiento. Pero, por lo general, la política monetaria se centra en la recuperación interna. Y, aunque las medidas no convencionales han reducido la inestabilidad financiera, sigue siendo dudosa su eficacia para contrarrestar las presiones deflacionarias generalizadas o restablecer el crecimiento.

Mientras tanto, se limita a los ahorradores, se distorsionan los precios de los activos y se refuerzan los incentivos para mantener o incluso aumentar el apalancamiento. Las devaluaciones competitivas, aunque no sean objetivos declarados por los responsables de formular políticas, resultan cada vez más tentadoras, si bien no resolverán el problema de la demanda agregada.

Esto no quiere decir que una «normalización» repentina de la política monetaria sea una buena idea. Pero, si se pusieran en marcha programas de inversión y reforma a gran escala como complemento de las medidas no convencionales de política monetaria, la economía podría avanzar hacia una senda de crecimiento más resiliente.

A pesar de sus evidentes beneficios, este enfoque internacional coordinado sigue siendo esquivo. Aunque se están negociando acuerdos comerciales y de inversión, su alcance es cada vez más regional. Mientras tanto, el sistema multilateral de comercio se está fragmentando, junto con el consenso que lo creó.

Dado el grado de interconexión e interdependencia que caracteriza la economía mundial actual, cuesta comprender la reticencia a cooperar. Un problema parece ser la condicionalidad: los países no están dispuestos a comprometerse con reformas fiscales y estructurales complementarias. Esto es especialmente evidente en Europa, donde se sostiene, con cierta justificación, que sin esas reformas el crecimiento seguirá siendo anémico, lo que mantendrá o incluso agravará las restricciones fiscales.

Pero, si la condicionalidad es tan importante, ¿por qué no impidió la cooperación hace 70 años? Tal vez resultaba inverosímil que economías gravemente dañadas, con perspectivas limitadas de recuperación independiente, dejaran pasar la oportunidad que ofrecía la cooperación internacional. Quizá todavía lo sea. De ser así, crear hoy una oportunidad similar podría cambiar los incentivos, desencadenar las reformas complementarias necesarias y encaminar la economía mundial hacia una recuperación más sólida a largo plazo.

Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate . La publicación no implica que el Foro Económico Mundial respalde las opiniones expresadas.

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Autor: Michael Spence, premio Nobel de Economía, es profesor de Economía en la Escuela de Negocios Stern de NYU, investigador distinguido visitante del Council on Foreign Relations, investigador sénior de la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, presidente de la Junta Académica del Fung Global Institute en Hong Kong y presidente del Consejo de Agenda Global sobre Nuevos Modelos de Crecimiento del Foro Económico Mundial.

Imagen: Unos kayakistas disfrutan de los últimos rayos de luz del día mientras reman junto a un barco anclado frente a Ciudad del Cabo. REUTERS/Mike Hutchings.

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